El periodismo (abochornado) ante sí

“Cuando seas mayor, Momo, te darás cuenta de que hay marcas externas de respeto que no quieren decir nada…”, Romain Gary (La vida ante sí)

Acaso crean los profesionales que cubren los eventos relacionados con Israel, que el aplauso breve – un eco, más bien – que se ofrendan entre sí, y que les conceden sus seguidores, es el espejo que define su quehacer. Pero es, precisamente, la cobertura, o su simulacro, la que lo retrata cabalmente.

Ante sí, no hay afeites posibles. Y el reflejo que emite este cristal implacable, es el que proyectan quienes ante él se enfrentan: le queda holgado el periodismo a buena parte del periodismo actual, como el traje de un hombre con el que un niño se disfraza de niño.

De poco vale que le repitan a sus audiencias – muy probablemente menos conspicuas de lo que creen; y por ello mismo, quizás, más ruidosas, teatrales, en sus asentimientos – que es tan importante para ellas, para todos, vamos, ese pequeño país tan, tan… judío; que lo que hace (lo que dicen que hace, más bien) ese pequeño estado tan, tan… judío, es trascendente para el mundo, para su supervivencia moral. De poco vale esa repetición. El traje queda grande y deja en evidencia las menudencias de un periodismo que se falta el respeto y se lo falta a la audiencia que no busca en sus crónicas una confirmación de sus creencias.

Espejito, espejito mágico; ¿quién es el más probo periodista de este mundo?

Jean-François Revel (How Democracies Perish) denominaba “pensamiento falsificado” al hecho de desnaturalizar la base de la discusión con “hechos” inexistentes. Algo muy similar a lo que se ha visto recientemente con las pseudoinvestigaciones – en tanto y en cuanto partían de una conclusión adoptada de antemano; amén de hacerlo sobre la base de escasísimas, o nulas, evidencias concretas – sobre la muerte de la corresponsal de Al Jazeera, Shireen Abu Akleh (en una tarea o destino peligroso, según el Committee to Protect Journalists): una y otra vez, se repetían los mismos supuestos y rumores ventajosos, a la vez que se descartaban los testimonios y supuestos que invalidaran el resultado pre-asumido. Una atención obsesiva que no les ha ofrecido a otros profesionales muertos en el cumplimiento de su profesión o debido a su carácter de periodistas (42 en lo que va de 2022 según el mencionado comité; entre ellos, varios de ellos asesinados en México).

Lo que hace pensar que la tan mentada “verdad” perseguida no era siquiera un producto accesorio de la pretendida cobertura.

En este caso, como en tantos otros – por ejemplo, en la doblemente (por fraudulenta y por banalizar aquello de lo que se apropia) infame acusación (un pseudoacontecimiento, una campaña) de “apartheid” contra Israel -, se sigue casi un patrón que: una ONG, un organismo parcial, corrompido, un ente o una organización de entre un número limitado, dice “x” (siendo esta una afirmación adversa al estado judío), y “x” es entonces repetido por los medios de comunicación sin agregar ni quitar una coma. Pasadas unas semanas, alguna otra ONG o ente insistirá en forma de “nuevo” reporte que los medios reproducirán disciplinadamente. Y así, repetidamente; citándose unas a otras; y así, una y otra vez los medios “cubriendo” sin verificación, sin contextualización, vamos, sin nada más que ejerciendo de fotocopiadora de los comunicados de prensa de esas organizaciones, y mediante la reiteración acrítica, “validándolos”, presentándolos como un “consenso”. Una y otra vez. El periodista devenido en amplificador y “homologador” de la “verdad” y las “buenas causas”. Un activista o, en el mejor de los casos, un tonto útil.

Espejito, espejito…

Esta, ya metodología, de la repetición y la citación cruzada hace que, como decía Revel, el conocimiento retrospectivo de la verdad (cuando este se da, claro), no pueda reparar el daño causado por años de ignorancia debida a la tendencia a mantener los hábitos de pensamiento incluso después de que se hayan abandonado las premisas en las que se basaban.

Así, lo dudoso, el rumor, la sospecha, las aventuras ególatras de los barruntos y las obsesiones, terminan siendo más abundantes y pertinentes que los hechos concretos – que, cada vez más, y con suerte, apenas si sirven como disparador. El resultado no solo es el señalamiento de Israel, sino el accesorio auxilio contemporizador y/o justificador de prácticas totalitarias (como las del grupo terrorista Hamás y la propia Autoridad Palestina) y de ideologías supremacistas y oscurantistas (como las de Hamás y las de Fatah). Todo en nombre de una moral que dice estatuirse contra todo ello – una moral que, por otra parte, parece tener más de armazón construido a posteriori alrededor de un ego ideológico o de la ideología ególatra.

De ahí, espejito, espejito, el silencio voluntario y necesario sobre Fatah – y su organización terrorista, la autodenominada Mártires de Al Aqsa -, la Autoridad Palestina, Hamás, Yihad Islámica palestina: sobre sus fines, sobre lo que sucede en los territorios bajo su control; sobre el estado de los derechos humanos, las condiciones económicas y sociales impuestas por esos regímenes. Que los propagandistas palestinos y pro-palestinos censuren esto, es lógico, previsible; pero no lo es cuando quienes dicen dedicarse al periodismo son los que lo hacen con tanto o más ahínco – tanto, que resulta mayor el silencio en el que entierran el amordazamiento de la disidencia por parte de Hamás o de la Autoridad Palestina. Un silencio con reminiscencias de complicidad; y que memora el significado de aquella tenebrosa frase de Juan Domingo Perón: “Al amigo, todo; al enemigo, ni justicia”.

Consecuentemente, espejito, espejito, la corroboración ha sido rebasada y suplantada por la necesidad ideológica y emotiva, por el afán de notoriedad, de clics; de ser, en definitiva, “influencers”: porque entonces el periodista, en muchos casos, no es más que un difundidor, un amplificador; cuando no un activista pobremente disimulado – que recurre invariablemente a las mismas “fuentes” (voces, habitualmente, que dicen propaganda, desinformación) partidistas.

Si ciertos particulares u organizaciones marginales, vinculadas a lo meramente especulativo, conspirativo, al libelo – a la ficción, en definitiva -, han alcanzado una credibilidad similar a la de los profesionales de la comunicación, no se debe, muy probablemente, a que el nivel de credulidad general haya sufrido un incremento, sino a que estos últimos han rebajado el periodismo a ese nivel – o van camino de hacerlo. Después de todo, el constante “Confía en mí, soy yo, y soy moralmente superior”, como prueba de idoneidad profesional no sólo no alcanza, sino que agota e, incluso, deviene una advertencia para quien busca información y no el cuento de la buena pipa de la conciencia moral de la sociedad.

Lo trágico del asunto es que, lo que sucede en un ámbito – en la cobertura sobre el conflicto árabe-israelí y, más precisamente, sobre Israel -, termina por percolar a otras secciones. A fin de cuentas, es una práctica de lo más sencilla: reproducir lo que dicen (valoran, exageran) unos – aquellos que, según el confortable y elemental esquema ideológico particular, son los “buenos”-; obviar lo que dicen los otros (los “malos”), y añadir los juicios propios y la moraleja sugerida, el significado asignado al texto.

Refería Marcel Broersma (The Unbearable Limitations of Journalism), que “para distinguirse de los chismes, panfletos, boletines y otros productos informativos de la primera época moderna, los periódicos prometían suministrar información fiable en lugar de opiniones o ficción”. Al parecer hay una regresión o una de esas nostalgias de lo que, como dice la canción, no se ha vivido; poque la opinión inunda tanto las crónicas informativas sobre Israel, que ya no se sabe si es noticia, inocentada o panfleto.

Espejito, espejito… Mejor no digas nada.

O sí, refleja, aunque sólo sean unos pocos indicios de explicación, de exposición.

  1. Realidad vs. Representación

Entre una realidad que se ha vuelto prácticamente inaccesible y nuestra realidad, postulaba Jean Baudrillard (Realidad y representación), “se ha interpuesto una especie de mediasfera, de suerte que ya no nos ocupamos de la realidad, sino de la información”. Y añadía que, si bien la deontología de los medios de comunicación dice que la información da cuenta de la realidad, esto es completamente falso, porque, sostenía, “esta información, esas pantallas, los medios de comunicación, nos mantienen definitivamente alejados de la realidad”.

Por sobre la realidad, entonces, está lo que se dice de esta. Por sobre los hechos, lo que se da cuenta de ellos. A través del discurso periodístico que, como decía Samuel Mateus (Journalism as a field of discursive production – performativity, form and style), interpreta la realidad social y, a su vez, se impone sobre esta, se ofrece el mundo para ser visto.

Pero no hay “mundo”, sino apenas fugaces reflejos de mínimas porciones fragmentadas.

Es más, tal como explicaba el profesor Marcel Broersma (The Unbearable Limitations of Journalism), ni los eventos ni los hechos de los que se dice dar cuenta tienen importancia intrínseca alguna, sino que simplemente obtienen su relevancia porque han sido justamente seleccionados por los periodistas que adhieren cultural e ideológicamente a un determinado criterio de selección.

“Millones de personas participan en este ritual a gran escala de creación de significado por parte de los medios de comunicación. No es el mundo material y real el que guía sus opiniones – manifestaba Broersma -, sino las representaciones del mundo social en los medios de comunicación. Los acontecimientos particulares sólo son evidentes para un público más amplio una vez que pasan a formar parte de un discurso periodístico. Estos medios de comunicación … determinan lo que la gente piensa y cómo actúa, y dan forma al debate público”.

Broersma daba un paso más (From, Style and Journalistic Strategies) y afirmaba que los textos periodísticos deben entenderse como “interpretaciones estratégicas de la [realidad] que ofrecen al intérprete la posibilidad de afirmar su autoridad moral. Este efecto se multiplica porque, una vez publicadas, las noticias pasan inevitablemente a formar parte de discursos o mitos más amplios que trascienden su contenido individual”, contribuyendo al a un metarrelato sobre los valores culturales.

Es evidente – como se verá en la segunda parte de este artículo, cuando se aborde el tema de las fuentes como “subsidiarias” del periodismo – el interés de organizaciones, entidades, organismos y empresas por estar en los medios, por “ser noticia”, por que sus declaraciones, sus puntos de vistas sean cubiertos; con el objetivo de que sus voces se instalen como valor, como verdad (por más ilusoria que esta sea); como realidad.

En su homenaje a los ganadores del Premio Pulitzer de 1979 – citaba Broersma (The Unbearable Limitations of Journalism) -, el periodista estadounidense David Broder señalaba:

“Me gustaría que dijéramos… que el periódico que es entregado en la puerta de su casa es una representación parcial, apresurada, incompleta, inevitablemente algo defectuosa e inexacta, de algunas de las cosas de las que nos hemos enterado en las últimas veinticuatro horas; distorsionada, a pesar de nuestros mejores esfuerzos por eliminar el grosero sesgo…”.

Pues, imaginad cuando no existen ni tales empeños…

En su lugar, parecería que muchos profesionales creen que hacen lo que hacen, no para dar cuenta objetiva – o, si se prefiere, honesta, imparcial; sin agendas soslayadas – de lo que ocurre, custodiar a quienes de antemano consideran desamparados o víctimas (y, en este sentido, adjudicar responsabilidad, culpabilidad). En tanto que otros, que suelen solaparse casi perfectamente con los anteriores, creen que están donde están para dar cuenta de sus experiencias personales como periodistas – es decir, la noticia son ellos y sus impresiones (siempre empapaditas de moral).

Como sea, en el mejor de los casos, la audiencia tiene ante sí, a diario, una representación de la realidad. De un trozo muy reducido de esta – despegado de ella. Con lo que siempre rondará el riesgo de que en muchos casos esta representación no sea más que, parafraseando a José Antonio Sánchez (La representación de lo real), una excusa, incluso una trampa, “cuando de lo que se trata es precisamente de renunciar a una construcción de los hechos con sentido, es decir, de una realidad compartida o susceptible de ser compartida”.

Lo que se compartirá, por tanto, será apenas lo concebible; es decir, aquello que una sociedad, o parte de ella – en virtud de unos códigos compartidos, de unos antecedentes comunes aludidos – ve como posible, como creíble o, más precisamente, natural, por estar ajustado a su cosmovisión y a sus prejuicios.

Decía el físico y filósofo argentino Mario Bunge en su libro A la caza de la realidad que, de acuerdo al teorema de Thomas, no reaccionamos a los hechos sociales, sino al modo en que los “percibimos” – y, en realidad, al modo en que los imaginamos, conceptuamos y evaluamos. Ello se explicaría por el hecho de que la cadena real no es el proceso directo de dos pasos situación → acción; sino, más bien, la cadena indirecta <situación, grupo> → percepción → decisión → acción.

A esta cadena, para aplicarla al periodismo, parece necesario agregarle la posibilidad de sesgo – que, como definían Pamela J. Shoemaker y Stephen D. Reese (Mediating the Message), es la tendencia sistemática a favorecer un a una parte o una posición sobre otra -, como un elemento de “ruido” o “distorsión” que afectan a la percepción y a los subsiguientes eslabones de la cadena.

  1. Parciales

Los medios de comunicación – observaban Pamela Shoemaker y Stephen Reese (Mediating the Message) – le dan importancia a algunas personas y grupos presentándolos con frecuencia y en posiciones de poder; a la vez que marginan a otros ignorándolos o presentándolos de forma menos ventajosa y como ajenos a las convenciones. En este último sentido, los autores comentaban que “el tratamiento de las desviaciones es, por tanto, una característica importante del contenido de los medios de comunicación”, de manera que, “por ejemplo, Stanley Cohen señalaba que, al tratar los grupos desviados, los medios de comunicación británicos suelen ‘sobreinformar’ exagerando la gravedad de los hechos, la violencia ocurrida y los daños causados”.

Bienvenidos a la cobertura sobre Israel – acaso, y de acuerdo a la desproporcionada atención, y al carácter (a veces brutalmente) negativo de la misma, el arquetipo del “desviado”, del “mal”.

Israel es, así, y como ya se señalara en CAMERA Español en otras oportunidades, sinónimo de “colono”, “ocupante”, ahora, también, “apartheid”. Es, en definitiva, el marco que lo pretende retratar, encasillar. Y es que, de acuerdo Samuel Mateus (Journalism as a field of discursive production – performativity, form and style), el discurso periodístico afecta a la comprensión de la realidad e influye en el modo en que se discuten los temas abordados: en qué términos, sus valores, sus consecuencias. Estableciendo estos términos y valores, los periodistas a la vez construyen su autoridad moral que a su vez les otorga poder social.

Decir sin decir; esto es, fingir que no existe tal cosa como un sesgo, una parcialidad e, incluso, un activismo ideológico o político, es sencillo. Basta con compartir los mismos antecedentes comunes, los mismos guiños culturales, vamos, los mismos sobreentendidos, para que cualquier símbolo verbal termine por servir para que emisor y receptor descifren el mismo significado: así, Israel y judío serán términos intercambiables; es decir, lo que uno y otro representan en el imaginario colectivo reforzado con alguno que otro siglo de prejuicios. De manera que el conflicto árabe-israelí es quizás uno los territorios más favorables para significar mucho sin necesidad de pronunciarlo o plasmarlo explícitamente.

Volviendo a Marcel Broersma (The Unbearable Limitations of Journalism), el profesor explicaba que la principal diferencia entre los estilos periodísticos reflexivo e informativo es que en el estilo reflexivo la verdad sólo puede encontrarse en una visión de la realidad social, mientras que el estilo informativo implica que la verdad puede encontrarse en la propia realidad social (los hechos). Así, puntualizaba, el estilo periodístico reflexivo está estrechamente relacionado con un modelo de periodismo partidista que presenta la realidad en el marco ideológico de un grupo social o político.

La cobertura en español sobre Israel recuerda sin duda al viejo estilo reflexivo que, como comentaba el propio Broersma (From, Style and Journalistic Strategies), pretendía educar, instruir y persuadir a sus lectores sobre determinados puntos de vista políticos o socioculturales. “Este enfoque partidista hacía que los periodistas contaran a sus lectores lo que debían saber desde el punto de vista de un partido político o de un movimiento social. Informar de las noticias se consideraba menos importante que juzgar el mundo social desde el punto de vista de un movimiento político o social… centrado en las opiniones más que en las noticias…”.

Este partidismo, afirmaban Thomas Patterson y Wolfgang Donsbach (News decisions: Journalists as Partisan Actors), afecta significativamente las decisiones informativas de los periodistas, incluso cuando trabajan en organizaciones comprometidas con el principio de neutralidad partidista. “Sus predisposiciones partidistas – ampliaban – afectan a las decisiones que toman, desde las historias que seleccionan hasta los titulares que escriben… [y] procede de la forma en que están predispuestos a ver el mundo político”. Además, apuntaban, las opiniones de los periodistas afectan a la interpretación de los hechos.

Eso sí, cuando se señala esta problemática, decían Patterson y Donsbach, se tacha de interesada y a veces se presenta como un ataque a la libertad de prensa y una amenaza a su objetividad – una que, por cierto, en este caso no se practica mayormente ni por equivocación

Un estribillo que suena conocido.

¿No es cierto, espejito, espejito?

Ni una

La Carta Mundial de Ética para Periodistas de la FIP “completa y amplía, en su nueva versión, la Declaración de Principios de la FIP sobre la Conducta de los Periodistas (1954), conocida como la ‘Declaración de Burdeos’”.

Esta declaración internacional, se indica, “especifica las directrices de conducta de los periodistas en la investigación, edición, transmisión, difusión y comentario de noticias e información, y en la descripción de los acontecimientos por cualquier medio”. Entre sus normas, figuran:

  1. Respetar la verdad de los hechos… constituye el deber primordial del periodista.
  2. … el o la periodista … se asegurará de distinguir claramente la información de la opinión.
  3. El o la periodista no informará sino sobre hechos de los cuales él/ella conozca el origen, no suprimirá informaciones esenciales… Él/ella será cuidadoso en el uso de los comentarios y documentos publicados en las redes sociales.
  4. La noción de urgencia o inmediatez en la difusión de la información no prevalecerá sobre la verificación de los hechos, las fuentes
  5. … se esforzará… en rectificar de manera rápida, explícita, completa y visible cualquier error o información publicada y revelada inexacta.
  6. … hará todo lo posible por no facilitar la propagación de la discriminación…
  7. El o la periodista considerará como faltas profesionales graves: … la distorsión mal intencionada; la calumnia, … la difamación y las acusaciones sin fundamento.
  8. El o la periodista no debe utilizar la libertad de prensa en beneficio de intereses de terceros….

En lo que a la cobertura sobre Israel hace, casi un aplazado casi perfecto…

Martín Oller Alonso y Katrin Meier señalaban en La idea de objetividad de los periodistas dentro de la cultura periodística de España y Suiza, que Gaye Tuchman había formulado cinco estrategias profesionales, a partir de las que plantea la forma en que “la objetividad debe ser entendida como un “ritual estratégico” encargado de justificar a los periodistas y a su actividad profesional”; entre ellos:

  1. “presentación de varias perspectivas”, donde los periodistas deben intentar conseguir plasmar en sus informaciones varios puntos de vista sobre un tema;
  2. “presentación de hechos comprobados” …, estos son siempre verdad independientemente de lo mencionado por las fuentes;
  3. “separación de la información y de la opinión”.

Pues eso… Espejito, espejito, luego más.