Callar, una manera de complicidad periodística

La censura da su venia a los cuervos y atormenta a las palomas”, Juvenal

Un lugar sagrado judío. Judíos atacados a tiros por un grupo de palestinos la noche del 29 de junio de 2022. El suceso, evidentemente, fue esquivado por la (muy, pero que muy) amplia mayoría de medios en español. El mismo lugar que poco antes había sido profanado por atacantes palestinos.

Los medios, así, no sólo no informan, sino que son parte activa del conflicto: aquella que acaba por desarrollador un papel central en la amplificación la propaganda palestina y que crea los silencios necesarios para hacerla creíble, seductora.

Y es que dar cuenta del hecho, daña en mucho la “narrativa” absolutista que pretende instalarse: los palestinos como víctimas inocentes, que no han dicho que no a un estado en 1947 ni hasta el menos en otras dos oportunidades, y los israelíes como arquetipos del mal, como… el nefasto estereotipo persistente de los judíos, vamos.

Haber informado sobre el suceso habría significado mencionar, como apuntaba Joe Truzman en su cuenta de Twitter, analista e investigador de la Fundación para la Defensa de las Democracias, las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa habían emitido un comunicado responsabilizándose por el ataque contra los visitantes judíos a dicho santuario – arrojando explosivos y disparando contra los vehículos que los llevaban.

Entonces, habría que haber explicado que dichas brigadas son un grupo terrorista de la muy “moderada” Fatah, de Mahmoud Abbas, que perpetúa su poder muy “democráticamente” en la Autoridad Palestina.

No vea usted como la “realidad” manufacturada sufriría. Así pues, ya que eso del periodismo es algo un tanto sui generis – es decir, es lo que digan, quienes dicen ejercerlo, que es (siempre desde la más estricta moral estatuaria del “yo, informador-salvador”).

Profanando, vandalizando (y silenciando más)

La noche del domingo anterior, relataba el Times of Israel, unos 100 palestinos irrumpieron en el lugar y destrozaron objetos en su interior, y le prendieron fuego, antes de ser dispersados por las fuerzas de seguridad palestinas.

El sitio no solo es venerado por judíos. Cristianos y musulmanes también lo reverencias. Bueno, después de todo, la mezquita de al-Aqsa ha servido algunos musulmanes para guardar piedras y cócteles molotov, para lanzar bombas incendiarias y fuegos artificiales desde su interior, para andar con calzado sobre sus alfombras…

Como sea, no es la primera vez que palestinos profanan el lugar sagrado. El analista de CAMERA David Litman apuntaba recientemente que, apenas unos días antes de Pesaj (la pascua judía), el 9 de abril, palestinos atacaron y dañaron severamente la Tomba de José. Ya en septiembre de 1996 una turba de palestinos había atacado y arrojado bombas de fuegos contra el sitio, asesinando a seis israelíes. Los ataques de los años 2000 y 2011, decía, condujeron, cada uno, a la muerte de un israelí. Múltiples ataques con artefactos incendiarios tuvieron también lugar en 2015 y 2016 – en este año, además, en agosto, tuvo lugar un ataque con armas de fuego que hirió a un israelí.

Sistemáticos. Los ataques y los silencios.

Ahora, ¿cómo puede llamarse periodismo a la cobertura sobre el conflicto y sobre Israel, si los periodistas hacen lo posible por emparentarla con la censura al servicio de la propaganda antiisraelí? Y no, no vale el fraudulento comodín de la “moral”: la que tiene que calla en unos los que dice criticar en otros, no es tal cosa. Ya lo decía Rafael Sánchez Ferlosio, citando a Max Weber: “Si hay algo abyecto… es la utilización de la ética como instrumento para tener razón”.

En eso andan. En eso y en callar tanto- tanto, que han devenido cómplices.