Ataque y exclusión: la estrategia de varias ONG y organismos contra Israel

El relativista no siente la necesidad de fundamentar nada: se contenta con hacer una afirmación tras otra. Todo sería cuestión de ‘discursos’, [o ‘narrativas’; incluso de ‘sensibilidades’] nada sería cuestión de verdad ni, por lo tanto, de confrontar las ideas acerca del mundo con el mundo mismo”, Mario Bunge

El discurso de los derechos humanos – explicaban Zohar Kampf y Tamar Katriel (Political Condemnations: Public Speech Acts and the Moralization of Discourse) se construye en gran parte mediante el uso de la retórica epidíctica -la retórica de la alabanza y la culpa. Un ejemplo destacado de la “epidíctica de la culpa”, sostenían, es el uso de la estrategia denominada “movilización de la vergüenza”, que ha sido identificada como “la práctica predominante de las organizaciones de derechos humanos”. Esta estrategia, decían, “funciona como un ritual discursivo de exclusión”, y tiene en principio una doble articulación: al dirigirse al transgresor, busca provocar un sentimiento de reconocimiento y remordimiento por su parte; y al dirigirse al público en general, busca movilizar su apoyo a la evaluación negativa de la conducta del transgresor.

Mas, si de un estado, y sólo uno, se dice – no una, sino vez tras vez; aún en contra de los hechos – que es lo más parecido al mal absoluto, lo que se busca no es la vergüenza sino algo bien distinto.

Ese estado y esa circunstancia no son hipotéticos. Que ONG y organismos internacionales que dicen velar por los derechos humanos se dedican a lo diametralmente opuesto tampoco es una hipótesis.

Con Israel se busca la constante e hiperbólica evaluación negativa que produzca su acorralamiento, su aislamiento. Porque, no habiendo, por ejemplo “apartheid” – tema de la última campaña de demonización y exclusión -, nada puede enmendarse en ese sentido. Y es que se recurre al término no como concepto apropiado, sino sólo como acabado dispositivo para deshonrar. La acusación, cualquiera que sea, es una herramienta más en la larga historia de señalamiento y oprobio. Lo paradójico – o cínico, más bien – es que se utiliza precisamente el término “apartheid para segregar a un estado, para atribuir cualidades perversas y, así, deslegitimarlo; para ubicarlo, en definitiva, en una posición en que los ataques (todo tipo de ataques) contra mismo queden plenamente justificados o, como mínimo, disculpados.

Pero estas organizaciones y entes deben ofrecerle alguna contraprestación al asentimiento de las audiencias: el sentimiento de superioridad moral no está mal. Después de todo, degradar al otro para mostrarse virtuosos es un procedimiento harto conocido que ofrece un beneficio por partida doble: toda vez que colocar al otro en una posición moral inferior – lo que deja la virtud a precio de saldo -, lo relega también a una situación desfavorable para protestar por ese trato.

Entre otras, Amnistía Internacional, Human Rights Watch y el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas están a la vanguardia de la aplicación de esta misma técnica contra Israel. Informe a informe, denuncia a denuncia, se esfuerzan por deslegitimar al estado judío ante la llamada comunidad internacional. Mas, en su caso no sólo se realiza como una manera de adjudicarse una excelencia ética – aunque esta es imprescindible para poder señalar sin contestación – y de mostrarse expeditas ante quienes las financian (un mundo opaco el de las cuentas de más de una ONG), sino para dejar a Israel ya no en el banquillo de los acusados, sino, puesto que estas ya han emitido un veredicto, librado a las lógicas (y “justificadas”) consecuencias que se desprenden de la imagen, del estereotipo, elaborado en forma de “informe”: ante el arquetipo de la injusticia, de la vileza, sólo puede prescribirse su eliminación.

Si se nombra a estas ONG y a dicho consejo, se debe a su relevancia en tanto y en cuanto, usufructuarias de una ya muy pasada reputación (en el caso de las ONG), y (en el otro caso) al hecho de ser parte de un organismo internacional supuestamente probo e imparcial; al punto que se pretende que sus nombres son una credencial suficiente para confiar en su juicio – o, dicho de otra manera, en sus dudosos métodos, en su parcialidad, su posicionamiento ideológico, entre otros. Con esta excusa, los medios se abalanzan a publicar sin contrastación mediante cualquier reporte sobre Israel que publiquen, por peregrino que sea. Esto, a su vez, “valida” como veraz el contenido de dichos documentos ante la audiencia.

Ni más ni menos que pseudoacontecimientos: acontecimientos confeccionados que buscan generar experiencia.

El producto de estas organizaciones no es, entonces, el informe de turno en sí, sino, por sobre todas las cosas, el concepto negativo que promueven, que funciona como un eslogan para provocar en la audiencia un estado de ánimo negativo respecto de Israel – además, claro está, de una intransigencia a prueba de razones y la evocación de un odio que precede en mucho a aquello que pretende abordarse en ese momento dado.

En definitiva, atacar y demonizar para aislar; y procurar que esa exclusión acalle argumentos y hechos, y que domestique discordancias, para eventualmente suprimir al sujeto del “informe”. Y a eso, créase o no, se lo continúa llamando amparo de los “derechos humanos” – lo que casi implica que hay vía libre para los sátrapas de toda índole.

Desvirtuada virtud: el manido recurso de la “moral”

Apuntaba Paul Rozin, (The Process of Moralization) que “a medida que una entidad adquiere un estatus moral, influye en la sociedad y en la vida de los individuos de maneras diferentes y más poderosas”.

Y añadía que algunos de los resultados que pueden obtenerse a través de la moralización son, entre otros: acciones a nivel gubernamental, que otras instituciones se vean inclinadas a apoyar cambios a nivel social y a nivel de las preferencias individuales; la censura moral individual se ve autorizada – así, en cualquier situación se puede “expresar irritación o indignación” ante, por ejemplo, un israelí y/o un judío. Además, hay que tener en cuenta que el proceso de moralización promueve la “sobre-justificación” (de los propios actos y de los de aquellos que participan de esa moralidad: por ejemplo, la violencia palestina).

Finalmente, decía que un factor que parece fomentar el “éxito” de una expansión moral – esto es, propiciar el establecimiento de un nuevo tipo de violación moral – es la asociación de un grupo estigmatizado o marginal con la actividad en cuestión.

“Encontrar que algo es repugnante [y el término “apartheid” sin duda es un impecable catalizador o disparador para lograrlo] es no desear tener ninguna relación con ello… El asco es un amplificador moral y una indicación de los sentimientos morales…”, explicaba.

Privilegiar a los intestinos como baremo moral – sencillo instrumento, si los hay; qué es eso de andar preguntándose, inquiriendo, estudiando, contrastando; dudando – parece un paso ideal para demarcar tajantemente el límite entre el “nosotros” y el “otro”.

Y es que, como comentaban Simone Schnall et.al. (Disgust as embodied moral judgment), el modelo social intuicionista sostiene que no todas las emociones negativas son iguales; el asco, la ira y el desprecio juegan un papel principal como motivadores de la condena de los otros.

“Colono”. “Segregador”. “Asesino”. “Ocupante” … Elija cada uno la emoción negativa que más le guste.

El rechazo viene bien para delimitar, pero hace falta algo más.

Un poco de ira. Guillem Rico, Marc Guinjoan y Eva Anduiza (The Emotional Underpinnings of Populism: How Anger and Fear Affect Populist Attitudes) indicaban que el enojo es una emoción moral, agudizada por la percepción de que un hecho es injusto o ilegítimo, lo que constituye una ofensa denigrante contra la autoestima.

A su vez, este sentimiento se encuentra acompañado de la sensación de que uno tiene la capacidad de para hacer frente a la situación. Por lo que, esta emoción negativa motiva a actuar contra el agente responsable.

Pero no sólo ello. La ira facilita algo más la tarea de adoctrinar, de conducir voluntades (o docilidades). Y sí, no hemos cambiado de tema, seguimos con ONG y organismos internacionales en mente.

Aquellos que están airados, decían Carey E. Stapleton y Ryan Dawkins (Catching My Anger: How Political Elites Create Angrier Citizens), están menos abiertos a nueva información porque la forma en que perciben, procesan e interpretan nueva información está motivada por objetivos partidistas; con lo que tienen menos probabilidades de verse expuestos a argumentos contra su posición.

Rico et al. agregaban que, al igual que la ira, el populismo conlleva una interpretación causal, por lo que se culpa a un agente externo de la obstrucción de la consecución de los propios objetivos. Y citaban a Hamelleers et al. (They Did It” The Effects of Emotionalized Blame Attribution in Populist Communication), que afirmaban que el “populismo trata inherentemente de atribuir la culpa a otros, mientras absuelve de la responsabilidad” a los propios. Lo que tantas ONG y organismos (y medios de comunicación), casi como una suerte de “populismo solidario” buscan instalar entre la audiencia internacional: Israel es el culpable – y la historia, y los hechos, claro está, quedan cancelados.

Y al culpable…

Bueno, la atribución causal, proseguían Rico y sus colegas, viene acompañada de un juicio normativo: el suceso negativo no debería haber ocurrido por motivos morales. Y así, la “legítima” atribución de culpa promueve la acción contra el ofensor.

La “maldad” de Israel es puesta, pues, en contraste contra la “inocencia” de los palestinos.

Mas, el enojo, por intenso que sea, antes o después se desinfla. Por ello, hay que hacerlo transcender más allá del momento, del supuesto incidente. El odio, en cambio es permanente – al menos más duradero que quienes los ejercen – o a ello parece aspirar.

Para que surja se precisa la reiteración, la salmodia contra el “otro”, como en una eterna ceremonia de la nada. Urge repetir el retrato negativo inequívoco, casi absoluto (a eso se aspira siempre) de Israel.

Ese persistente prejuicio

De acuerdo con Agneta Fisher y sus colegas (Why We Hate), el “conocimiento” acumulado el pretendido “comportamiento inmoral y violento de un grupo externo afecta a la evaluación del comportamiento futuro, confirmando así el sentimiento de que el grupo externo es una entidad maliciosa homogénea”.

Y es que, como explicaban, las valoraciones realizadas desde el odio “se dirigen al objetivo del odio en sí mismo, más que a acciones específicas llevadas a cabo por ese objetivo. […] El otro no sólo actúa maliciosamente, es malicioso.”

En este sentido, la creencia de que el otro grupo personas es una homogeneidad perversa, de las características extremamente negativas, decía Fisher et al., es estable. Y tanto: el antisemitismo dura ya unos dos milenos y goza de una salud envidiable. Esto, señalaba, implica que, por tanto, no tiene ningún sentido “intentar corregir o mejorar el comportamiento del grupo externo, y como tal, sólo parecen aplicables las reacciones más extremas”.

En este sentido, Florette Cohen Abady (ThePsychologyofModern Antisemitism:Theory, Research, and Methodology) apuntaba que una vez establecida la categoría mental “Judíos”, se agrupa a todos los miembros de este pueblo – y, podría extenderse, a todas sus instituciones y entidades – en el grupo simplificado “Judíos”, a la vez que se minimizan las diferencias individuales entre sus miembros y se exageran las diferencias con los no-judíos.

De ello resulta que probablemente no exista a día de hoy, como tampoco en el pasado, un grupo de personas al que el odio haya separado tan absoluta y drásticamente de las sociedades en que vivían, como los judíos. Actualmente, ese trato se reserve para un único estado; que vaya coincidencia, es el único estado judío del mundo.

Y es que este estado ha, digamos, violado no sólo parte del ideario del antisemitismo, sino la conveniencia del desprecio y la utilización como cabeza de turco de un grupo de personas que históricamente se habían encontrado siendo una minoría abrumadora y en una posición de desvalimiento casi total ante aquellos que, aborreciéndolos, impunemente los vejaban.

Un estado que ha a persistido a los numerosos ataques de coaliciones árabes, a los atentados terroristas palestinos, a las infamias lanzadas en el seno de la ONU, a la miríada de organizaciones y organismos que mienten consenso sobre las fabricaciones más peregrinas. Un consenso que con suerte es apenas un simulacro de razón y universalidad – pues pertenece, como mucho, al ámbito de la estadística. Porque, además, un consenso no constituye la soberanía de la razón cuando se trata de un acuerdo de tenebrosas necesidades; cuando, asimismo, las audiencias que asienten lo hacen a partir de un material incompleto, adulterado y arbitrario, o cuando ni siquiera saben que brindan su asentimiento.

El “consenso” se continúa, o amplía, con la “validación” continua del material en muchos de los medios de comunicación. Se trata, realmente, de una mera repetición sin corroboración, igualmente plagada de omisiones; es decir, de una imposición: la saturación de las audiencias creando la ilusión de una “relevancia” extraordinaria.

En el caso de los más recientes “informes”, el supuesto consenso no es siquiera sobre el hecho porfiado en sí, sino sobre la culpabilidad (manufacturada) del estado judío; porque, está visto, los hechos son insustanciales cuando el objetivo es convertir la voz de quien se señala, se difama, en un silencio; su voluntad de existir, en una transgresión imperdonable.

Es que, en el fondo, cómo osa defenderse y prosperar ese pueblo que servía como el más acabado elemento para eximir de responsabilidades, para ser utilizado de dispositivo para purgar tensiones. Hay que erradicar ese estado que les brinda esa anómala posición: es decir, esa entidad que hurta a los judíos de la arbitrariedad de las mayorías tan necesitadas de una bolsa de boxeo. El pueblo judío, como sostenía Paul O’Brien, director ejecutivo de Amnistía Estados Unidos, no deberían tener un estado. O, dicho de otra manera, entre todos los pueblos, los judíos son los únicos que no tienen derecho a su autodeterminación. Ni más ni menos que lo que pide el extremista movimiento de BDS.

Como se señalaba anteriormente, no se pretende, pues, una enmienda. Es lo que crea la “lógica” del odio. Y, mientras el antisemitismo sirve como una suerte de clave para interpretar la información, las acusaciones, y el mismísimo conflicto – es decir, para descifrar a Israel -, se va creando la situación que posibilite, sino el apoyo, al menos sí la indiferencia, ante los embates para terminar con el estado judío.

Después de todo, como reveló un estudio realizado en diez países europeos por Edward Kaplan y Charles Small, de la Universidad de Yale (Anti-Israel Sentiment Predicts Anti-Semitism in Europe) , existe un vínculo o correlación entre posturas antisraelíes y antisemitismo, al explicar que aquellos que muestran “un sentimiento antisraelí extremo tienen aproximadamente seis veces más probabilidades de albergar opiniones antisemitas que los que no culpan a Israel de las medidas estudiadas, y que entre los encuestados que critican profundamente a Israel, la fracción que alberga opiniones antisemitas supera el cincuenta por ciento”. Es decir, que “los puntos de vista antisemitas aumentan consecuentemente según el grado de sentimiento antisraelí”.

Los “Derechos Humanos” en la ONU: una comedia sin risas

Florette Cohen Abady (The Psychology of Modern Antisemitism: Theory, Research, and Methodology) comparó el caso de Israel con otros conflictos para analizar el escrutinio de este país por parte la ONU, y encontró que:

Aunque el número de muertes de civiles en este periodo es, en términos absolutos, el más bajo para Israel (y la cifra para Israel incluye las muertes de civiles israelíes, así como las de civiles árabes); el escrutinio de la ONU [sobre Israel] es en realidad el más alto en términos absolutos. De media, para los cinco países de la comparación, la ONU produjo unos 4 documentos por cada 10.000 muertes civiles (726 documentos por 1.639.000 muertes). En el caso de Israel, la proporción es de aproximadamente 1 documento por cada 9 muertes (752 documentos por 7.100 muertes).

Dicho de otro modo, la ONU elaboró más documentos sobre Israel que sobre los otros cinco países combinados. La ONU tiene aproximadamente 239 veces más probabilidades de elaborar un documento resultante de una muerte civil que involucre a Israel que de producir uno sobre los otros cinco países examinados. Por lo tanto, estos datos apoyan la afirmación de que la ONU examina [o, más bien, obsesivamente aumenta para señalar] la situación de los derechos humanos en Israel mucho más que en otros países.

Algo que no sorprende a esta altura. Después de todo, como recordaba el analista de CAMERA David Litman, a lo largo de los años, la ONU ha llegado a inventar un significado de “refugiados” separado para los palestinos, ha declarado que “sionismo” significa “racismo” y, más recientemente, algunos funcionarios de dicho organismo han intentado redefinir el derecho del pueblo judío a su autodeterminación como “apartheid”.

En el último “informe” del Relator Especial de la ONU “sobre la situación de los derechos humanos en el territorio palestino ocupado desde 1967”, Michael Lynk, decía Litman, niega a los judíos su historia al identificarlos como invasores extranjeros al servicio de potencias extranjeras, en lugar de ser originarios de la Tierra de Israel. Allí se declara, precisamente, – advertía la organización NGO Monitor – “que Israel es una ‘potencia extranjera codiciosa’ que debe ‘abandonar el sueño febril del colonialismo de los colonos y reconocer la libertad del pueblo indígena’”. Qué importa que los palestinos no son un pueblo indígena de la región, cuando se quiere incidir sobre los viejos, aunque harto conocidos, libelos contra los judíos. Qué importa cuando se calla tanto para elaborar una “realidad” alternativa.

Lynk, que según Hillel Neuer, director de UN Watch, desempeñó un papel destacado en varios lobbies árabes en Canadá; entre ellos, en CEPAL, que promovía eventos de la “semana del apartheid israelí”. Además, explicaba, “Lynk se sumó a peticiones antiisraelíes y a conferencias sobre ‘un Estado’ que pretendían eliminar a Israel”. Como el director de la ONG Amnistía Internacional Estados Unidos.

Qué más puede esperarse de un Consejo en el que entre sus miembros – de más que dudoso respeto por los derechos humanos – cuenta con la República Popular China y la Federación de Rusia

Y, como un truculento bonus: Irán, que encarcela mujeres por el mero hecho de quitarse el velo (obligatorio) en público, fue premiado por la ONU con un puesto por cuatro años en la Comisión de la Condición Jurídica y Social de… la Mujer.

En el reino del revés, cantaba María Elena Walsh, “un ladrón es vigilante y otro es juez/Y… dos y dos son tres”.

Decía Jean François Revel (La obsesión antiamericana) algo que perfectamente puede aplicarse a Israel: “Hay una gran diferencia entre ser [antiisraelí] y ser crítico de [Israel]. Una vez más: las críticas son apropiadas y necesarias, siempre y cuando se basen en hechos y aborden abusos reales, errores reales, excesos reales… Pero críticas de este tipo – balanceadas, justas y bien fundadas – son difícil de encontrar…”. Una gran diferencia, sí.

Secuestro de los derechos humanos

Las mencionadas ONG – y no escasas más – y el Consejo de… – ¿de qué, realmente? – de la ONU, además de otros de sus órganos, se parecen cada vez más a una suerte de Internacional Populista de las Emociones antisemitas.

Después de todo, visto lo visto, la mayor parte de su trabajo parece ser producir estados de ánimo, emociones, opiniones – especialmente, una emoción, una opinión: una obsesión. No producen igualdad, justicia. Ni siquiera lo fingen. Hace mucho que no es su labor. Repiten los mimos informes una y otra vez; que es como decir que producen los mismos silencios, coincidentes faltas a la verdad, idénticos falseamientos.

De manera que el término “apartheid” – o “colonizador”, las peregrinas referencias al “derecho internacional”, entre los habituales – no se trae a colación como una aplicación cabal, justificada de su contenido, sino precisamente como un estímulo emocional. En otras palabras, le hurta al mismo la connotación emotiva, a la vez que descarta (o pervierte) la precisión de su definición: su significado. Es decir, se trabaja, a partir de la apropiación y adulteración del concepto, sobre el imaginario: en definitiva, lo que se presenta es la justificación para la exclusión vestida de lucha contra la misma. Se trata de un burdo, pero peligroso, cinismo, porque el fin que persigue no tiene nada de inocente ni de inofensivo: es la eliminación de un estado.

Así pues, estos “informes”, elaborados sobre una base fraudulenta, no hacen otra cosa que analizar sus propias emociones y prejuicios respecto de Israel porque, en definitiva, es ese el material que utilizan como base para sus dictámenes, ese material el que requiere que la realidad sea alterada.

A esto viene a sumarse el hecho de que numerosos medios toman este producto – sin molestarse en revisar sus contradicciones, sus problemas metodológicos, las omisiones, las fabricaciones, los intereses políticos e ideológicos etc. – y, tal como está, lo transfieren en forma de noticia a sus audiencias. Este paso, se pretende, hace que una serie definiciones o, más bien, denuncias (difamaciones), sobre un cierto grupo de personas o sobre un estado en particular adquiera, implícitamente, valor no sólo de verdad sino de realidad: el grupo o individuo es lo que dicen que es sólo por la ejecución de esa vocalización, de esa publicación. Magia ideológica. Y, además, se asegura, esto crea una suerte de “jurisprudencia” sobre el asunto – sobre el grupo o el individuo.

Magia. Pero la de los ilusionistas. Porque aquí tampoco importa la realidad, sino las impresiones, las emociones. Estas, a fuerza de repetición, devendrán “hechos” – elementos que los suplantan, aunque sin dejar jamás de ser mera apariencia, mero abracadabra.

Todo esto no sería más que una triste nota de color. El problema es que algunas ONG y muchos órganos de la ONU, el Consejo de Derechos Humanos uno de los más conspicuos, parecen estar sirviendo como medios para hacer del antisemitismo algo no sólo aceptable – el sistemático y exclusivo señalamiento de Israel, a esta altura, no puede disfrazarse de nada más –, sino como una expresión natural, apropiada y hasta necesaria, toda vez que le han dado el barniz de ser manifestación de una defensa de los derechos humanos y de una oposición al sionismo – el movimiento nacional judío transformado en un “extremismo”, en un paradigma del “colonialismo”, la “opresión” y la “segregación racial”.

Así termina por recetarse la exclusión de este estado. Judío. Todo construido sobre una cínica mezcla de fabricación, tergiversación, exageración, obcecación y repetición y repetición y más reiteración.

Ahora, pues, se puede volver a manifestar, ejercer, abiertamente aquel prejuicio viejo pero vital, con la excusa de la “honorable” oposición a un estado – basta decir “sionista”, “Israel” en lugar de “judío”; y si uno se equivoca, se obvia. El estado de aquellos que tanto y tan bien han servido de excusa a la cobardía que teme el reflejo de su circunstancia en el espejo de los días.