“Ante el nombre Israel, todo está permitido”

Es imposible ya no percatarse del antisemitismo. Tanto, que hasta un informe de Naciones Unidas da cuenta de ello. Y no se trata de un déjà vu; sencillamente es lo que siempre estuvo, apenas disimulado detrás de la vergüenza y la culpa, de los eufemismos que está creó para sí hasta tanto decir los viejos libelos no provocara rechazo sino un asentimiento indisimulado, y , como decía Jean-Claude Milner (Las inclinaciones criminales de la Europa democrática), detrás de “la indulgencia de los fuertes ante las incongruencias antisemitas de unos pocos oprimidos”. Después de todo, uno odio milenario ha encontrado las maneras de subsistir y prosperar, incluso en países donde la presencia de judíos es nula o anecdótica.

Pero, como decía Abraham Bengio, “el efecto sedante del Holocausto se ha acabado” en una entrevista publicada por el diario ABC en mayo de 2019. Ya no hacen falta circunloquios, susurros ni rubores, es nuevamente el tiempo de los Protocolos de los Sabios de Sion sin máscaras ni afeites del disimulo. Es decir, no son resabios de una ideología, de una aversión, o de una pulsión que se creía domeñada; es el sentimiento original que, acaso, se ha extendido aún más auxiliado por el fingimiento de su fin o de su concluyente inefectividad.

Así, el nombre judío se convierte, otra vez, en anatema y sentencia: la más acabada diana. Después de todo, los judíos siguen existiendo en el mundo, y hasta su número se acerca al que sumaban antes de la Shoa. ¿Cómo no iba girarse el odio hacia ellos otra vez? ¿Cómo no culparlos de todo y, aún, de más? ¿Cómo no usufructuar al antisemitismo como una suerte de engranaje central o único de un consenso que hermane a Oriente Próximo con Occidente (y a ambos consigo mismos)?

Pero se ha revelado insuficiente el “antisemitismo por interpuesta entidad o ‘causa’”. Incapaz de refrenar la pulsión, por qué no ejercer el odio al judío; si, después de todo, dos veces milenario, ya es muy difícil separarlo (superarlo) de la cultura que lo engendró: inextricablemente unido a ella – y, ahora también, a la medio oriental.

El tiempo, la negación (del Holocausto) y la coartada que vino a representar Israel (gran pecado judío, el de luchar exitosamente por su propio Estado; por su pervivencia, en definitiva), lo borraron todo y dejaron el pasado como una mancha irreconocible – y, encima, parece pretenderse, los judíos han volcado el tintero que lo ha dejado todo ilegible.

El nombre ante el que todo está permitido

Especialmente la existencia del estado judío ha servido al antisemitismo para reconciliarse consigo mismo; para justificarse retroactivamente. Porque este estado representa, parafraseando a Milner, el olvido que no se ignora; y porque permite, a su vez, y paradójicamente, ignorar ese olvido, transformándolo en desmemoria y en disfraz para el antisemitismo. El paradigma europeo, siguiendo al propio Milner, ofrecía el método: muy resumidamente, la derrota es siempre más noble que la victoria; una derrota militar puede devenir siempre en victoria moral (o política), y derrotas militares repetidas tienden, por acumulación, a la instalación de una legitimidad política. Y, precisamente, el lingüista y filósofo francés explicaba que “hay un paradigma palestino; enteramente derivado del paradigma europeo, relectura de las guerras de liberación mediante… El paradigma palestino se funda en la [siguiente] tesis: los objetivos de la guerra sólo se alcanzan con la derrota militar, siempre y cuando esta se repita. Multiplicar los muertos indefensos, alardear del armamento precario, elegir las tácticas de la derrota, programar la inorganización material y moral de las propias poblaciones y, para terminar, rizar el rizo y reactivarla, convirtiendo la violencia más ciega en testimonio de que se es el más débil”. Es decir, el más “justo”, el más “legítimo”. Las llamadas “intifada de los cuchillos” y “marcha(s) del retorno” son un ejemplo acabado de la aplicación tajante de este paradigma: pseudoacontecimientos diseñados hacia una audiencia occidental; porque la “victoria”, en última instancia, será sancionada o ratificada por Occidente.

A su vez, proseguía Milner, Europa se alimenta de esto – amén de alimentarlo a través de ayudas financieras y apoyos políticos directos o a través de ONG – “pues encuentra así la confirmación de su paradigma dilecto: ‘la victoria es vergonzosa, la derrota es noble; el fuerte como tal es injusto, el débil como tal es justo’”. Y, cabría agregar, porque corrobora su antiquísimo pathos. El filósofo alemán Herbert Marcuse, quizás quien más marcó el camino de la izquierda actual, decretaba en su libro La tolerancia represiva un estado de catástrofe social y política generalizada en occidente, de manera que podía recetar la represión (con la supresión de la libre expresión y la libre reunión) contra el sistema que juzgaba represor y que se deseaba derribar. Así podía decir que “es menester ayudar a las reducidas e impotentes minorías que luchan contra la falsa conciencia: su existencia continuada es más importante que el mantenimiento de derechos y libertades de que se abusa y que otorgan poderes constitucionales a quienes oprimen a tales minorías. Ya debería ser evidente que el ejercicio de los derechos cívicos por parte de quienes no los tienen exige como condición previa que se retiren esos mismos derechos a quienes impiden su ejercicio, y que la liberación de los condenados de este mundo exige la opresión no sólo de sus viejos, sino también de sus nuevos amos”.

El “amo”, el “represor”, por excelencia en el imaginario colectivo occidental – y ahora también en el medio oriental – es el judío. O, pasado por el tamiz de la “corrección política” (o del artificio lingüístico), Israel, los sionistas (esa otra mala palabra).

Después de todo – concluyendo con Milner -, “en el programa de Europa de los siglos XX y XXI, el Estado de Israel ocupa exactamente la misma posición que ocupaba el nombre judío en la Europa anterior a la cesura del 39-45. La de obstáculo”. Ante el nombre judío, decía el intelectual francés, aún se guarda alguna compostura – ello es, cuando no se está en Durban (donde, según Gerald Steinberg, en el Foro de ONG, ONG occidentales lanzaron, luego de demonizar al estado judío como “apartheid”, el antisemita movimiento de BDS contra Israel), en los suburbios o en las aulas. En cambio, ante el nombre israelí, todo está permitido, se esté donde se esté; incluso, utilizar los mismos libelos y estereotipos del antisemitismo clásico. Porque “en Durban, en París y en muchos otros lugares, lo mismo que en la lengua de la Biblia y de todos los escritores antiguos y modernos, occidentales y orientales, [el nombre Israel es] la designación colectiva y distributiva de los portadores del nombre judío”. De manera que el nombre Israel “autoriza al pasado más oscuro a repetirse como futuro radiante… Gracias a un significante que lo designa disimulándolo, o que lo disimula designándolo, el nombre judío habrá desempeñado una vez más su papel histórico”.

Y al frente de esta lucha contra “el mal”, contra el “obstáculo” para la “paz mundial”, para la “concordia” – en definitiva, para la consumación de la utopía de un mundo sin desigualdades – se encuentra la izquierda, que ha hecho de dichas ideas su bandera o, acaso más ajustadamente, su máscara electoral.

A derecha, sí; pero también, y mucho, a izquierda

Un avance del informe del Reportero Especial para la libertad de credo o religión de las Naciones Unidas, Ahmed Shaheed (Eliminación de todas las formas de intolerancia religiosa, 23 de septiembre de 2019) señalaba “con gran preocupación que la frecuencia de los incidentes antisemitas parece estar aumentando en magnitud en varios países donde los observadores intentan documentarlo…; y que la prevalencia de actitudes antisemitas y el riesgo de violencia contra personas y lugares judíos parece ser significativo en otros lugares, incluyendo países con poca o ninguna población judía”.

Además, el informe afirmaba que “los objetivos, actividades y efectos del movimiento de BDS son fundamentalmente antisemitas”, y “también toma[ba] nota de numerosos informes de un aumento en muchos países de lo que a veces se llama antisemitismo de ‘izquierda’, en el que individuos que afirman tener puntos de vista antirracistas y antiimperialistas emplean narrativas o tropos antisemitas en el curso de la expresión de su ira contra las políticas o prácticas del Gobierno de Israel. En algunos casos, las personas que expresan tales opiniones han participado en la negación del Holocausto; en otros, han mezclado el sionismo [precisamente, otro de los nombres ante el que todo está permitido], el movimiento de autodeterminación del pueblo judío, con el racismo; han afirmado que Israel no tiene derecho a existir; han acusado a quienes expresan su preocupación por el antisemitismo de actuar de mala fe… Recuerda además que el Secretario General Guterres ha caracterizado los ‘intentos de deslegitimar el derecho de Israel a existir, incluidos los llamamientos a su destrucción’ como una manifestación contemporánea del antisemitismo”.

La política inglesa ofrece quizás el caso más notorio, con el endémico antisemitismo del partido Laborista liderado por Jeremy Corbyn. Pero lo que parecería – al menos a tener del silencio mediático anterior (e incluso, presente) – una novedad, no lo es en absoluto. Lo valores de igualdad, solidaridad y confraternidad que la izquierda esgrime como una identidad, se anulan en cuanto el sujeto enfrente es judío. Entonces la maquinaria de la hipocresía, el doble rasero y la acrobacia moral se ponen en marcha: a la manera de 1984 valen la perversa fabricación y la cínica distorsión.

Mas, esta tendencia, actualmente muy extendida y manifiesta en la izquierda, no es nueva. La Dra. Sharon Goldman, vicepresidenta y directora del Programa de Estudios Israel-América del Shalem College de Jerusalén explicaba (The real reason the left hates Israel) que la relación entre grupos de izquierda y activistas antiisraelíes se remonta a décadas atrás, a finales de la década de 1960, cuando se desarrollaron alianzas en torno a una interpretación posmodernista y anticolonialista compartida del mundo. De ahí, pues, el uso y abuso de los términos como “colonias” y “colono” exclusivamente en el marco de este conflicto – donde, claro, los judíos son los “colonialistas”.

Además, ahondaba, la excesiva demonización de Israel sólo puede ser entendida en el contexto de la histórica formación de la izquierda actual. En los 1960 y 1970, apuntaba, “el auge del terrorismo se enmarcó en el lenguaje de una lucha política global contra el imperialismo y el colonialismo occidentales…. bajo la rúbrica de la lucha contra la injusticia global. Se formó una alianza profana entre terroristas nacionalistas y étnicos y militantes antibélicos”, y los terroristas fueron elogiados como héroes de la liberación.

El mundo dividido entre justos e injustos (entre débiles y fuertes). El mundo del paradigma europeo que justamente describía Milner. Y, apuntaba Goldman, entre aquellos que estaban del “lado correcto”, estaba la Organización para la Liberación de Palestina (OLP; que en su carta dice que “Palestina – con las fronteras que tenía durante el mandato británico – es la patria del pueblo árabe palestino”) y el Frente Popular para la Liberación Palestina (FPLP; considerado grupo terrorista por la Unión Europea).

Así, postulaba Goldman, “las alianzas de la izquierda más radical se formaron décadas atrás – adoptando la narrativa de la necesidad de derribar los injustos poderes coloniales – con los grupos militantes palestinos”. De manera que las acciones terroristas emprendidas por los grupos palestinos en ese momento se justificaron como necesarias para “despojarse del yugo del colonialismo occidental”.

Todo esto, concluía la académica, no ocurrió en el vacío, sino que recibió el impulso de una corriente filosófica: el postmodernismo; que “es un movimiento… que se desarrolló en el último siglo en torno al rechazo de las verdades objetivas. Teóricos posmodernistas como Jacques Derrida y Michel Foucault argumentaron que lo que se presenta como verdad o conocimiento por parte de los que están en el poder es en realidad sólo una construcción, que se utiliza como una forma de control social”.

Sinónimo

El nombre Israel (y sionismo) ha venido a significar lo mismo que el nombre judío: problema. Un problema que exige una solución.

“El régimen sionista es un verdadero tumor canceroso en esta región que debe ser cortado– espetaba en 2012 el Ayatolá Jamenei –. Y definitivamente será cortado”.

Más recientemente, en noviembre de 2018, el presidente iraní Hassan Rohaní también se refería a Israel como un tumor canceroso”.

La constitución de Fatah (movimiento mayoritario dentro de la OLP), describe elocuentemente su objetivo en el artículo XII de su constitución, llamando a la “completa liberación de Palestina, y a la erradicación de la existencia económica, política, militar y cultural sionista”.

Un problema, sí. Que exige una solución drástica. Y, sobre todo, definitiva.

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