LA LIBERTAD DE PRENSA: “Los límites del discurso educado: ¿exponer gente a ideas maléficas o exponer ideas maléficas como… maléficas? *”

Por Barry Rubin

Publicado por el Gloria Center (http://www.gloria-center.org/) y traducido del inglés por ReVista de Medio Oriente el 5/9/09
[Nota de ReVista: Este artículo ofrece una lúcida discusión sobre la Libertad de Prensa, derecho al que apelaran tres diferentes medios de difusión en el último mes parajustificar la publicación de artículos profundamente problemáticos al respecto:
el Los Angeles Times, sobre su artículopor elprofesorNeve Gordon, israelí que promulga el boicot a Israel (20/8/09),
elAftonbladet de Suecia sobre su artículo por Donald Bostrom que culpa a Israel de matar palestinos para traficar con sus órganos (17/8/09),
y El Mundo de Madrid sobre su entrevista con el negacionista del holocausto David Irving en conmemoración del inicio de la Segunda Guerra Mundial (12/9/09).]
Luego de publicar un artículo de opinión escrito por un profesor israelí radical, el editor de las páginas editoriales de el Los Angeles Times, Jim Newton dijo: “Si Hitler hubiera enviado un fragmento de Mi Lucha en los años ’30 (Lo hubiera publicado) porque el mundo se hubiera beneficiado de la exposición a ideas maléficas.”

Este es un tema interesante para discutir aunque primero debería indicarse que Newton expresó incorrectamente su respuesta, un error un tanto serio para un periodista y editor profesional. Quizás se trató de un lapsus freudiano.

Presumiblemente el mundo se podría haber beneficiado de la exposición a los argumentos de Hitler como malignos y deshonestos. Pero el mundo, tomando la propia frase de Newton, se beneficia de la “exposición a ideas maléficas”, ¿no es esto darle una mayor audiencia?

No. Después de todo, aquellos que propagan ideas maléficas lo hacen precisamente para ganar a aquellos que los están escuchando. El mundo sí estuvo expuesto a las ideas maléficas del fascismo. Uno de los resultados principales fue que contó con el apoyo de millones de personas en muchos países.

Y esto mismo es lo que ciertamente está sucediendo hoy en día con el equivalente contemporáneo de ‘ideas maléficas’.

Los medios no solamente publican sino que además refuerzan las ideas maléficas en muchas ocasiones. El error de Newton muestra el problema: los medios no exponen las ideas maléficas como tales. Lo que hacen es presentarlas como correctas y precisas o aceptables o al menos como otra opinión creíble.

El argumento de Newton también llama la atención por otro motivo: los límites de lo que se ha llamado el “discurso educado”.

En las sociedades con libre expresión de palabra, por lo menos hasta recientemente, cualquier cosa se podía decir. La influencia perniciosa del concepto del “discurso de odio”, primero aplicado a la negación del Holocausto, ha sido terrible en limitar la discusión libre y abierta. En Canadá, nominalmente uno de los países con más libertad de prensa, uno puede ser enjuiciado y sentenciado por decir o escribir algo que un grupo encuentre ofensivo.

Newton se opone a esta idea, correctamente en mi opinión, y defiende el concepto de libre expresión de ideas. Pero nuevamente, el no está implicando que publicaría a Hitler porque el dictador alemán tenía el derecho de expresar sus ideas sino precisamente para exponerlas como maléficas. ¿Cómo sabe uno que las de Hitler son ideas maléficas?

¿Significa esto que el periódico tiene también que publicar otro material, por ejemplo una introducción crítica, para explicar que se trata de ideas maléficas?

¿O el sentido común y la cultura política innata de los lectores les dice que se trata de ideas maléficas? Seguramente no todos las hubieran visto como tales, por ejemplo Pat Buchanan, el principal admirador de Hitler americano contemporáneo o David Irving, su contraparte británico.

(Quiero hacer una digresión por un momento. El libro Mi lucha de Hitler es una lectura interesante que yo analicé en mi libro Dictadores modernos para mostrar su paralelo con el pensamiento comunista y el islámico. Esto no es para decir que las tres doctrinas son similares pero sí comparten mucho en su acercamiento básico a las políticas, racionalidad y crítica de las democracias occidentales, y prescriben la dictadura que controla la sociedad y sus instituciones.)

Cuando se trata de los canales de comunicación limitados por el tiempo y el espacio –diarios, servicios de televisión por cable, radio, televisión y libros- se deben hacer elecciones. La gente que hace elecciones decide qué será publicado, impreso, puesto en el aire o pasado por televisión.

Esta misma cuestión se aplica al tratamiento que hace el gobierno sueco cuando acusa a Israel de matar a palestinos, robar y comerciar sus órganos. Los oficiales suecos se describen a sí mismos orgullosamente como defensores de la libertad de expresión. En realidad, el dinero del gobierno sueco pagó al autor que hizo estas acusaciones escandalosas y también financió la publicación de su trabajo. El gobierno sueco no eligió apoyar a alguien para que escriba un libro defendiendo a Israel o para señalar los muy reales crímenes de los terroristas y radicales dentro del Islam.

Aquí no estamos hablando de libertad de expresión sino de elecciones hechas por oficiales del gobierno y por editores.

¿Cómo realizan estas decisiones?

Estas elecciones están supuestamente gobernadas por la ética y la práctica profesional. Un factor que determina qué historias son publicadas es su relevancia, otro es el balance (es decir la representación de distintos puntos de vista); otro punto es la equidad que da una respuesta razonable a aquellos criticados. El “derecho del público a saber” lo que sus propio gobierno e instituciones están haciendo es otra consideración. Crear ratings o vender diarios a través de sensacionalismo o interés humano, también es parte de esta mezcla.

Sin embargo hay un límite, límites más allá de los cuales no se representan opiniones. Hoy en día, estos límites incluyen todo lo que sea considerado racista, sexista, homofóbico, islamofóbico entre otras categorías.

Dudo en incluir en esta lista la palabra ‘antisemitismo’ ya que en alguna forma se encuentra incluida y en otras no. De hecho, la aceptación de reclamos antisemitas y argumentos para su publicación ha visto un crecimiento sostenido o por lo menos el término se ha definido como fuera de circulación: judíos asesinan a niños para tomar su sangre, ¿antisemita?; judíos israelíes asesinan niños para tomar su sangre, ¿no antisemita?; una caricatura mostrando al Primer Ministro Ariel Sharon comiendo a un niño palestino ganó un prestigioso premio en el Reino Unido.

Un periódico creíble no debería usar espacio para publicar artículos diciendo que el mundo es plano, que extraterrestres viven entre nosotros, o que hay brujas operando en jurisdicciones locales. Hay un rango de temas que se consideran absurdos e indignos de ser publicados. Los estándares supuestamente tienen que dejar de lado lo irracional.

La irracionalidad ha jugado un papel importante en la historia del antisemitismo. Los judíos (también llamados “otros”), seres diferentes e incomprendidos, eran capaces de cualquier cosa fuera de la norma de otros humanos: del envenenamiento de fuentes, de asesinar a Dios o dioses; de conspirar para conseguir la hegemonía del mundo; de controlar todo en bambalinas.

Es común escuchar que la crítica de Israel no se equipara con antisemitismo. Eso es cierto. Pero lo que también es igualmente cierto es que la forma en que Israel es criticado, las mentiras, demonismo y el tratamiento con estándares dobles con que se trata al país replica el histórico antisemitismo.

Los más extremos van a aceptar escenarios irracionales como el de Israel matando a gente para robar sus órganos ó controlar los medios del mundo. Los más moderados solamente van a aceptar escenarios que sean más racionales pero que todavía incluyan masacres sin pruebas, crímenes de guerra sin evidencia. Es más, aún con la evidencia de lo contrario, las opiniones permanecen iguales; se ve a Israel y a los judíos en general como malignos, o por lo menos como extraños e impredecibles.

Tomen por ejemplo la llamada “masacre de Jenin”. La historia de este no-evento es bizarra. Después de una operación israelí contra terroristas en Jenin, un individuo palestino de historia desconocida culpó a las tropas israelíes de haber masacrado a docenas de palestinos.

No había entonces, ni la hay ahora, ni un pequeño elemento de evidencia que diera razón a esta acusación, sin embargo los medios internacionales se volvieron locos con la historia. Después de esto los oficiales de la Autoridad Palestina retomaron la historia y la continuaron explotando.

Aún la ONU, no exactamente amiga de Israel, concluyó que la historia era un engaño, sin embargo millones de personas lo creyeron. De hecho, no hace mucho tiempo hablé con un ex productor de televisión ahora miembro de la junta directiva que maneja la televisión en un país anglosajón, quien permanece firmemente convencido de que la historia es cierta.

Hay literalmente cientos de historias como estas usadas como propaganda que se producen mes a mes. Como si se tratara de ver objetos voladores, algunas pueden ser ciertas pero ninguna se ha probado. De vez en cuando una particularmente escandalosa, como la del caso sueco del robo de órganos, se expone y el daño se hace sin falta.

Esto parece no responder al caso de Los Angeles Times. Siempre es tentador publicar una historia en la que “un hombre muerde a un perro”: un profesor israelí pide el boicot a Israel.

El medio (en este caso el Los Angeles Times) no es inocente por varias razones. Primero, fija el tono del debate. La elección es entre: ¡Israel debería ser boicoteada! O ¡No, no debería serlo! En lugar de: ¡La Autoridad Palestina debería ser presionada para ser moderada! ¡No, no debería serlo! El contexto es: Israel es o no es una nación de criminales de guerra, no el caso equivalente sobre la Autoridad Palestina.

En segundo lugar incrementa el acceso para que extremistas y lunáticos cuenten sus mentiras explícitas, como en el caso del artículo de opinión del New York Times [y Clarín, nota del traductor], en el que se incluyeron citas inventadas atribuidas a oficiales israelíes.

Volviendo a Newton y a la publicación de la analogía de Hitler, el problema hoy en día no es darle a Hitler una plataforma sino hacerlo con sus equivalentes contemporáneos (el régimen iraní, Hamas, Hezbollah, Libia, etc.) en un contexto que implique que éstos tienen la razón. Por supuesto, por razones ideológicas Hitler no es una persona que se preste a tal tratamiento, y quizás deliberadamente se elija por esa razón. El área real de amenaza no es la extrema derecha sino en la extrema izquierda, o entre los radicales del Islam.

Aquí hay otro problema. Ya que las fuentes palestinas, árabes y pro-Islam han sido tan probadamente poco confiables en sus reclamos sobre Israel en el pasado, ¿no deberían ser tratadas como tales?

Cuando Newton escribe sobre Hitler, el está diciendo que o bien el contexto o bien el conocimiento de los lectores les dirán que Hitler está mintiendo o en lo incorrecto. Pero el contexto sobre la cobertura de Israel es tal que valida reclamos falsos mientras comprende que la cultura de Medio Oriente y las políticas están muy alejadas de la experiencia de los lectores para ser juzgadas por ellos mismos. Es más, mientras (los lectores) apliquen su propia experiencia a estas situaciones, se desviarán seriamente del tema.

Si, sin embargo, los medios americanos publicaran el tipo de cosas que se publican sobre los Estados Unidos en árabe, entonces los lectores lo rechazarían. Por ejemplo, al-Ahram, el periódico de más venta en Egipto, regularmente publica artículos que indican que los Estados Unidos apoya el terrorismo internacional. Los libros de texto egipcios sostienen que militares de los Estados Unidos atacaron Egipto en 1967 y destruyeron la fuerza aérea del país. Los medios iraníes, sirios y de Arabia Saudita publican cosas peores.

Pero los medios occidentales pueden salirse con la suya con este tipo de artículos sobre Israel porque en gran medida no es solamente “otro” país sino también “otra” gente. Los medios normalmente creen que el mundo se beneficiará de una “exposición a ideas maléficas”. Desafortunadamente, estas mismas ideas son descritas en las páginas de los diarios como buenas.

La verdad es que en muchos asuntos, el balance y la equidad se han dejado de lado. Los periodistas y editores no solamente tienen fuertes ideas políticas sino que también han abandonado los estándares profesionales promulgándolos de manera vergonzosa en sus artículos. Ya que los periodistas y editores no tienen miedo de ser castigados perdiendo sus trabajos o dañando su reputación, no hay nada que los detenga.

Mientras Newton y otros periodistas nieguen que hay un problema, aunque éste sea tan evidente como la existencia de la gravedad, ¿qué esperanza y remedio puede haber para tratarlo?

Barry Rubin es director de Global Research in International Affairs (GLORIA) Center, y editor del Middle East Review of International Affairs (MERIA) Journal. Sus últimos libros incluyen: Lebanon: Liberation, Conflict, and Crisis (Palgrave Macmillan); Conflict and Insurgency in the Contemporary Middle East (Routledge); The Israel-Arab Reader (Viking-Penguin), The Truth About Syria (Palgrave-Macmillan); A Chronological History of Terrorism (Sharpe); y The Long War for Freedom: The Arab Struggle for Democracy in the Middle East (Wiley).

* http://www.gloria-center.org/Gloria/2009/09/polite-discourse.html

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