Mencionar un título, un cargo. Relacionarlo con un informe. Afirmar lo de siempre porque lo dice la poseedora de ese título y autora de ese informe. Es decir, un acto de auto-validación. Eso hacía el diario El País en un texto escueto, aunque suficiente para incidir en lo de siempre: demonización y deslegitimación.
No hay bajeza más radical que aquella se muestra abierta, orgullosamente. Y en periodismo, o en aquello que se sirve de este como vehículo para la propaganda, no hay, seguramente, nada más abyecto que la inversión y manipulación histórica, es decir, la fabricación, para construir una “opinión”, una “realidad”
Es sencillo tomar a la audiencia de las narices y conducirla hacia la “opinión”, hacia la “realidad” deseada. Basta un titular que funcione como clave de interpretación; un destacado y primer párrafo que expliquen ese código, como para que no quede lugar a dudas; y las omisiones que sostengan el andamiaje
La cobertura no resulta ser tal cosa, sino una forma de amplificar un señalamiento, de centrar una demonización. Porque el titular es, invariablemente, “Israel culpable; Israel pérfido”
El periódico mexicano La Jornada tiene un severo problema de… ¿Cómo llamarlo? Digamos que algo así como una obsesión con el estado judío se le ha metido en el ojo de su cobertura
Entre los ejemplos de antisemitismo contemporáneo que recoge la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA, por sus siglas en inglés) figuran los viejos mitos sobre una supuesta conspiración judía mundial o la idea de que los judíos controlan los medios de comunicación, la economía, los gobiernos o las instituciones clave de la sociedad.
Demasiados medios, “periodistas”, ONG, agencias internacionales y gobiernos actúan hoy como lo hicieron los soviéticos frente al desastre nuclear en Chernóbil: ocultando la nube que avanza. Vociferan y patalean que el problema es Israel, mientras ignoran deliberadamente el islamismo radical promovido por Teherán y Catar; mientras la masacre constante de cristianos en África, a manos de yihadistas, apenas merece cobertura noticiosa, y mucho menos atención diplomática.
Uno de los asuntos centrales que la casi totalidad de los medios de comunicación omiten – o, más bien, censuran – es la retórica genocida, la incitación al odio y la violencia, y su glorificación, por parte de la República Islámica y de líderes y organizaciones palestinas.