El ataque israelí contra las infraestructuras militares y nucleares de la República Islámica pilló por sorpresa al régimen iraní. Dadas las primeras reacciones mediáticas parecería que también sorprendió a muchos periodistas y líderes de opinión. Hubo que esperar varias horas para escuchar las primeras consignas antiisraelíes. Una de las líneas esenciales de la propaganda consistía en vender que el ataque era un error porque los iraníes desarrollarían en respuesta una unión nacional. O sea que el ataque reforzaría a los ayatolás.
Esa era la tesis defendida por el artículo publicado el 15 de junio en ABC, firmado por Mikel Ayestaran bajo el incendiario título “Netanyahu recoge el testigo de Sadam Husein”. Un caso de estudio paradigmático sobre cómo construir una narrativa sesgada cuando se trata de cubrir la política de Israel en Oriente Medio. Más que una crónica internacional, el texto se comporta como un relato cuidadosamente ensamblado para emborronar la información.
- Titular: criminalización
“Netanyahu recoge el testigo de Sadam Husein”
Comparar al primer ministro de un país democrático con un dictador como Sadam Husein no es solo una analogía a todas luces incorrecta, sino que es un claro ejemplo de demonización de una de las partes. Presenta a Netanyahu como heredero de la brutalidad de Husein, sugiriendo que Israel comete actos similares a los de un régimen que llegó incluso a utilizar armas químicas contra su propia población. Netanyahu dirige una democracia sometida al escrutinio constante de prensa, oposición y tribunales. Equipararlos no solo falsea la realidad, sino que blanquea el historial de crímenes del dictador iraquí a la vez que despoja a Israel de su calidad de democracia.
Este tipo de recurso no es inocente y cumple una función de encuadre muy potente, que ya sitúa al lector en una posición emocional de condena hacia Israel incluso antes de leer una sola línea del contenido.
- Léxico partidista
El texto de Ayestaran emplea un léxico que suaviza al régimen iraní y endurece a Israel. Así, la República Islámica de los ayatolás, tanto de antaño como de ahora, aparece como un “proyecto nuevo lleno de gente joven ansiosa por defender la revolución”, una visión casi romántica de un sistema teocrático que lleva más de cuatro décadas oprimiendo a mujeres, disidentes y minorías.
“proyecto nuevo lleno de gente joven ansiosa por defender la revolución”
“el sentimiento iraní de nación ayudó al régimen a superar una situación muy compleja”
Habla también el texto de “descontento popular” pero como un mero dato de contexto, nunca se profundiza en los crímenes del régimen contra su propia población: ni represión, ni ejecuciones, ni la teocracia autoritaria.
Por contraste, la acción israelí es calificada como una “campaña brutal de bombardeos”, orquestada personalmente por Netanyahu, quien “va a por la cabeza” de Jamenei. El lenguaje empleado recuerda más a una operación de la mafia que a una ofensiva militar justificada por la amenaza real de un Irán nuclearizado. No se habla de defensa, ni de prevención, ni de amenazas previas. Solo de agresión.
Un recurso clásico del relato sesgado es la reducción de conflictos geopolíticos a figuras individuales demonizadas. En este caso, Netanyahu es el centro del mal. No se habla del Estado de Israel, ni de sus instituciones civiles o militares, ni de su ciudadanía amenazada. El autor recurre a una narrativa cuasi vengativa: “va a por la cabeza de su mayor enemigo regional”. Lenguaje cuasi mafioso, como si se tratara de un ajuste de cuentas personal, no una operación militar estratégica contra una amenaza nuclear real. Una frase que podría figurar en un libreto de Hollywood, pero no en un periódico que pretenda informar.
Mientras tanto, el Ayatolá Jamenei es presentado como un anciano encerrado y aterrorizado, protagonista de memes, víctima simbólica de un poder desproporcionado. El desequilibrio es evidente: Netanyahu es el agresor calculador; Jamenei, la figura frágil a punto de caer.
Omisiones
Pero si el lenguaje es el primer instrumento del sesgo, el silencio es el segundo. En todo el artículo no se menciona ni una sola vez el papel de Irán como potencia desestabilizadora de la región, su financiación a grupos como Hezbolá, Hamás o las milicias chiíes, ni sus repetidas amenazas de “borrar a Israel del mapa”.
Esa omisión es fundamental: construye la imagen de un Israel que ataca sin motivo y de un Irán sorprendido, inocente, indefenso.
Para incidir en la falta de motivo, cuando se hace eco del discurso de Netanyahu, lo hace para poner en duda sus intenciones con sarcasmo implícito: “No os odiamos. No sois nuestros enemigos…” El contexto en el que se ofrece es para sugerir que Netanyahu es hipócrita o manipulador, sin que se valore el contenido real del mensaje: distinguir entre pueblo iraní y régimen.
En ningún momento explica que el Pentágono había alertado de que Irán estaba a semanas de lograr el arma nuclear y el Organismo de la Energía Atómica, de la ONU, los había acusado de incumplir sus obligaciones de no proliferación nuclear.
Pero omitiendo la amenaza y las capacidades militares del amenazador, es imposible que se entienda la reacción del amenazado.
Escribe el corresponsal de Vocento un párrafo especialmente interesante:
“El movimiento ordenado por Benjamín Netanyahu sorprendió a un país que estaba pendiente de la evolución de las conservaciones nucleares con Estados Unidos, nadie imaginaba un ataque antes de la reunión prevista para hoy, domingo, en Omán. Nadie”.
¿Acaso Israel debía haber avisado de cuándo iba a atacar? ¿No puede ser el componente sorpresa un factor esencial en una victoria militar? Parece que hay una suerte de reproche a que el ataque se haya producido cuando no se lo esperaba. Pero resulta especialmente curiosa es incidencia en que “nadie” podía imaginarlo, especialmente cuando el día antes del ataque, el mismo periodista escribía en su cuenta de X:
“Ahora que aumenta el ruido sobre un ataque de #Israel a #Iran hay que recordar: 1-EEUU e Irán llegaron a un acuerdo nuclear en 2015 2-Trump rompió el acuerdo en 2018 y reimpuso sanciones pese a que Irán cumplía el pacto (según la AIEA)”

¿O sea, “Nadie”, pero él sí? ¿O simplemente es para añadir más maldad a las acciones israelíes?
El artículo hace especial énfasis en el sufrimiento iraní, “el país está en shock”, los “áticos”, “víctimas civiles”, “memes del líder escondido”, todo ello para dar una imagen de vulnerabilidad y humillación.
En cambio, cuando se menciona a Israel, es solo de forma instrumental (el ataque, la agresión), y se omite cualquier alusión al sufrimiento israelí.
Este artículo no informa: narra una fábula geopolítica. En ella, Israel es el agresor brutal, caprichoso, incluso “heredero de Sadam”, mientras Irán es víctima, resiliente, dividida, humana.
La realidad es más incómoda: Israel es una democracia sitiada que toma decisiones difíciles en entornos hostiles. Irán, por el contrario, es un régimen teocrático que lleva décadas utilizando el terror como herramienta de política exterior. Confundir víctima con agresor no es solo injusto; es irresponsable.