Turquía: otro actor invisibilizado por muchos medios

La sobredosis de chantaje moral empaquetado como noticias sirven para sobredimensionar el papel (negativo) de Israel en la región, así como para que otros sucesos que tienen como protagonistas a otros actores sean minimizados, cuando no, directamente, censurados.

Entre el militante o chambón silencio que practica buena parte de la fauna mediática occidental, se encuentra el proceder expansionista del gobierno de Ankara que, aprovechando el conflicto interno sirio – y como parte del neo-otomanismo (imperialismo turco) -, se ha hecho con vastos territorios de dicha república árabe.

Rara vez, pues, habrá leído o escuchado el consumidor de coberturas internacionales que, como apuntaba el centro de investigación Alma en enero de 2024, desde la caída del régimen de Bashar al-Assad, Turquía ha ido aumentando su implicación en Siria:

“La retórica neo-otomana del presidente islamista turco, Recep Tayyip Erdogan, sobre «rezar en los patios de la mezquita de los Omeyas» en Damasco, se plasma en maniobras militares y políticas que reflejan amplias ambiciones. Estas maniobras consolidan a Turquía como la fuerza más poderosa de Siria y afectan a otros países de Oriente Medio”.

Y señalaba que, amén de que la ofensiva contra los kurdos parece ser el primer objetivo inmediato a lograr para la agenda turca, las aspiraciones de Turquía en Siria, tanto abiertas como encubiertas, forman parte de un esfuerzo más amplio para renovar la influencia sobre todo Medio Oriente.

Así, sosteniendo que la conexión entre los kurdos de Siria, en el marco de las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) suscitaba una profunda preocupación en Ankara, y que se la consideraba una amenaza tangible para su integridad territorial, se puso en marcha “una política en virtud de la cual Turquía se adentró aún más en territorio sirio con el fin de debilitar a los kurdos e incluso hacerse con el control de zonas estratégicas del norte del país”.

Pero Israel.

El portal de noticias Bloomberg advertía ya en 2012 que ciertas ocupaciones rinden suntuosos dividendos:

“La debilidad de las sanciones relacionadas con Crimea y el norte de Siria socava la idea de una «norma de integridad territorial» que se supone que se consolidó en la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. A menudo se atribuye a la aparición y aceptación de esta norma —un consenso internacional general contra la conquista militar y la secesión armada— la disminución del número de intentos de conquista en las últimas décadas”.

“… de un total de 30 apropiaciones de territorio que afectaron a partes de Estados y que tuvieron lugar entre 1980 y 2018, los iniciadores de la conquista conservaron sus ganancias territoriales en la mitad de los casos. Eso significa que los conquistadores que tienen éxito son aquellos que evitan la guerra”.

Por su parte, ya en febrero de 2026, el American Enterprise Institute (AEI) añadía que Turquía ocupa algo más que territorios septentrionales sirios:

“El ejército turco no solo lleva más de medio siglo ocupando Chipre, sino que además explota activamente sus recursos, ya sean agrícolas, pesqueros o de gas. Turquía debe al Gobierno chipriota más de 100.000 millones de dólares por el robo de recursos, los intereses devengados y las indemnizaciones derivadas de haber privado a Chipre de la oportunidad de desarrollarse. Y Chipre no es el único caso: en la actualidad, Turquía pretende apropiarse de los recursos marinos tanto de Libia como de Somalia”.

Pero Israel.

Además, el AEI apuntaba que Ankara mantiene docenas de bases en todo el norte de Irak. Una presencia, decía, que tiene más que ver con sus pretensiones irredentistas sobre la antigua vilayat de Mosul que con cualquier necesidad de seguridad. A la vez que resaltaba que en ningún lugar son más evidentes “las intenciones coloniales de Turquía que en Siria”: al punto de que Turquía mantiene oficinas de correos nacionales, por ejemplo, en Al-Bab, Jarabulus, Afrin, Azaz y Tal Abyad.

Mientras tanto, finalizaba el instituto, Erdogan finge ser un aliado de Siria, protegiendo su soberanía frente a la descentralización del poder en las regiones de población kurda o frente a las amenazas exageradas de Israel. Mas, “su hipocresía es asombrosa. Mientras que Israel controla una zona de amortiguación de 155 millas cuadradas en el sur de Siria, la ocupación turca de Hatay abarca un área más de trece veces mayor. En pocas palabras, Turquía es la mayor potencia ocupante de Siria”.

Acaso, la hipocresía sea menos de Erdogan, que es un totalitario evidente, que de los medios occidentales que se dedican a inflar la relevancia de Israel – acallando las acciones y los fines de los actores que lo han atacado y lo que lo atacan – justamente para disimular las actividades turcas o cataríes, o del régimen de los ayatolás.

Erdogan dice las fanfarronadas expansivas de todo autócrata. A las que sigue mediante acciones acordes. Alma citaba alguna de ellas:

“El regreso de Erdogan al escenario sirio, ampliamente difundido por los medios de comunicación, va acompañado de una retórica que subraya repetidamente su deseo de ampliar la esfera de influencia de Turquía. En sus discursos a lo largo de diciembre de 2024, menciona que Turquía es «más grande que su territorio actual» y que está comprometida con una «misión regional histórica». Esto significa que Erdogan considera a Siria (y también a algunos otros países) como un área natural de interés, en la que debe reintroducirse una tradición de presencia otomana”.

Por su parte, el AIE exponía que el gobierno de Erdogan incluso ha publicado mapas en los que se representan Chipre y Armenia, Creta y el norte de Grecia, así como partes de Bulgaria, Siria e Irak, como parte de Turquía:

“El neo-otomanismo… tiene como objetivo fundamental revertir las fronteras nacionales que surgieron de los movimientos de liberación victoriosos de los siglos XIX y XX”.

Pero Israel.

Vale la pena recordar que allá por el 2014, la Dra. Gallia Lindenstrauss y Süfyan Kadir Kıvam, del Institute for National Security Studies (INSS) ya advertían de las inclinaciones neo-otomanas de Tuquía; unas inclinaciones que reflejaban, según los analistas, “su deseo de reafirmar su influencia en los territorios que antaño formaban parte del Imperio Otomano”.

Y, además, resaltaban el papel de Turquía luego de la caída del gobierno de Mohamed Morsi en Egipto, en 2013, y en el contexto del enfriamiento de relaciones entre Hamás y Teherán debido a los desacuerdos en la guerra civil siria. En tales circunstancias, Turquía, junto a Catar, fue señalado como uno de los principales financiadores del grupo terrorista Hamás – las cifras anuales que manejaban entonces los analistas, rondaban los 250-300 millones de dólares anuales para el culto genocida Hamás.

Nada nuevo. Visto está.

Tampoco en la cobertura: informar, para muchos medios, se reduce a generar desconocimiento y prejuicio.

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