Sowell, “caza de brujas”, alguna otra cosa y totalitarismo de “izquierda”

“When your identity is your ideology, congratulations—you’ve officially screwed yourself. It’s not just an idea anymore. It’s you. Challenge it? That’s an attack. So, you build a bubble: everyone agrees, hates the same people, collapses on cue. Facts die. Logic’s dead. Admitting wrong equals being wrong. Unacceptable. So, you double down dumber, defending nonsense like scripture—not because it’s true, but because without it, you’d have to develop a personality.” George Carlin

Son numerosos los analistas y autores que han advertido, desde hace tiempo, de las estrategias del totalitarismo para avanzar sobre las democracias. Especialmente de aquel que, por medio de la apropiación de ciertos conceptos – como “progresismo”, “solidaridad”, “multiculturalismo”, etc. -, pasa desapercibido con la imprescindible colaboración de numerosos medios de comunicación reconvertidos en máquinas de simular consenso intimidante.

A los medios se suma la necesaria confluencia de organizaciones de las llamadas no gubernamentales, entes internacionales, académicos, artistas y cualquier personalidad tenida por “referente” (no importa en qué tema; ni siquiera si es en un asunto concreto o relevante), termina por conformar algo que, por momentos, parece más bien un ente censor, por otros.

Esta estructura pretende – desde aquel “opio de los pueblos” – suplantar a la religión. A la cristiana, claro. Algo así como una forma de superación histórica, social. Aunque ciertamente se trate de un mero trueque de “divinidades”, porque la doctrina está por sobre los hechos; esto es, la realidad está supeditada a las necesidades de la ideología. Se trata, en definitiva, de un revival de la seducción totalitaria de “izquierda” por “el bien de la gente”.

En este ordenamiento, y en la actualidad, los palestinos, o, más precisamente, la denominada “causa palestina” ejerce como símbolo que vincula no sólo a diversas corrientes de “izquierda” entre sí, sino a estas con extremismos de “derecha” e islamistas. Y, quizás más importante aún, dicha “causa” deviene, siguiendo a Jean Baudrillard (Simulacra and Simulation), el modelo de simulación de todas las posibles víctimas, oprimidos “coloniales”, del capitalismo; de lo que sea que designe el autoproclamado “progresismo”. Después de todo, y como explicaba Baudrillard, este modelo se concede así el lujo de encarnarse más allá de sí mismo en la realidad de estas “víctimas”, de los palestinos que ha reinventado por completo para convertirlos en uno de los modelo-marco interpretativo de preferencia.

Palestina: Coartada y símbolo de cohesión

Proponía Thomas Sowell en su libro The vision of the anointed, que unas de las formas más notables y populares de aparentar debatir sin presentar realmente ningún argumento es decir que un individuo o un grupo tiene un “derecho” sobre algo sobre lo que se quiere que lo tenga. El lenguaje político y, especialmente, el de la ideología, es, decía, a menudo un lenguaje categórico sobre “derechos” – por ejemplo, el exclusivo e inexistente “derecho de retorno” – o, entre otros, sobre la eliminación de ciertos males.

Léxico que indica que sus preferencias prevalecen por sobre las del resto – y que, “benévolas”, deben obtenerse a toda costa.

Y, sobre todo, a costa de otro, de otros.

Así, señalaba, decir que alguien tiene un “derecho” significa que otros tienen la obligación de realizar todos los esfuerzos en su nombre, sin que el beneficiario del derecho en cuestión tenga la obligación recíproca de compensarlos por ello. Así, los líderes palestinos y árabes pueden haberse negado a la formación de un estado y lanzado diversos ataques contra Israel; como pueden haberse negado a cualquier arreglo negociado del conflicto – esto es, por ejemplo, realizar concesiones, acabar con la incitación y glorificación sistemática al odio y la violencia, similar a la desnazificación alemana.

Y todo esto sin argumento alguno. Sólo utilizando la palabra “derecho” – y las asociadas “indígena”, “colonizado”, “oprimido” – que se enfoca arbitrariamente en el beneficiario, a la vez que ignora a aquellos a los que se les usurpa sus propios derechos, recursos y razones.

Ello, concluía Sowell, supone un proceso de privilegio diferencial. Y en el caso palestino la agencia de la ONU, UNRWA, es una prueba elocuente de ello. Una agencia exclusive, que redefine el término “refugiado” para ese grupo de personas en particular, y que se dedica a ofrecer los servicios que debería proporcionar el liderazgo palestino, y perpetuar el conflicto alimentando la idea de un “retorno”, esto es, de una suplantación del estado judío por otro árabe.

De esta guisa, los “derechos” vienen a servir como ‘cartas ganadoras’ que prevalecen sobre otras consideraciones – como, por ejemplo, la historia, la seguridad israelí, el objetivo tanto de Hamás como de Fatah – incluidos los intereses de otras personas.

Sowell añadía que la elección de los grupos elegidos como depositarios de la benevolencia, funciona como un mecanismo que sirve para simbolizar la superioridad moral.

En definitiva, se ha convertido a los palestinos en “simulacros referenciales”; en un poderoso símbolo que es capaz de superar las contradicciones inevitables.

Dicho de otra manera, “causa palestina” es el dispositivo ‘interseccional’ por medio del cual “se está en lo cierto”, se está “del lado correcto de la historia”, de “la moral”, sin más trámite que la profesión de la “fe”, que la repetición de los eslóganes. En breve, es la insignia que acredita probidad.

Esto no es otra cosa que la “visión de los ungidos”, como la denominaba Sowell: una visión, predominante de nuestro tiempo que ofrece “un estado especial de gracia para quienes creen en ella. Quienes aceptan esta visión no solo se consideran correctos desde el punto de vista factual, sino también moralmente superiores”. De manera que los “ignorantes”, los “herejes”, deben ser identificados claramente como grupo: los “ultra”, los “facha”, los capitales/fondos; que se sintetizan en una figura recurrente: el judío (sionista, Israel).

Como los “ungidos” se postulan como representantes, o, antes bien, encarnación del bien, hacen hincapié “en su “compasión” por los menos afortunados, su “preocupación” por el medio ambiente y su postura “antiguerra”, como si estas fueran características que los distinguen de las personas con opiniones contrarias”. De ahí que la “causa” palestina deba revestirse de victimismo, de la dicotomía “colonialista/opresor-oprimido”. Las categorías han de ser absolutas y, claro está, estancas, porque la “la visión de los ungidos no es simplemente una visión del mundo… sino también una visión de sí mismos y de su papel moral en ese mundo. Es una visión de rectitud diferencial”.

Viejo método, nuevas instituciones

“Os felicito al veros en ocasión de contribuir con las luces de vuestra conciencia a los aciertos de un Tribunal más firme y menos propenso a errores que otro alguno, porque busca el bien y el mal, no en sí mismos y en su esencia, sino sólo en relación con intereses tangibles y con sentimientos indudables. Tendréis que inclinaros al amor o al odio, lo cual se hace naturalmente, no entre la verdad y el error, cuyo discernimiento es imposible para la débil inteligencia de los hombres. Juzgando según los impulsos de vuestro corazón, no podréis equivocaros, y el veredicto será justo siempre que satisfaga las pasiones, que son vuestra ley sagrada”. Anatole France, Los dioses tienen sed

“The surest way to work up a crusade in favor of some good cause is to promise people that they will have a chance of maltreating someone. … To be able to destroy with good conscience, to be able to behave badly and call your bad behavior ‘righteous indignation’ — this is the height of psychological luxury, the most delicious of moral treats.” Aldous Huxley, Introduction to Erewhon, by Samuel Butler, Erewhon.

Acaso nada coaligue tanto como apuntar al contrario para su oprobio y su discriminación. Esto es, la expulsión del oponente del marco de normas comunes; lo que lo deja al arbitrio del “justo” capricho de la turba de los “selectos”, de los “rectos”; a la merced de las inquisiciones sin ánimo de averiguación: a la caza de brujas.

Sintetizaba Douglas Walton en The Witch Hunt as a Structure of Argumentation las características generales que identifican este tipo de persecuciones, entre ellas: “(1) presión de las fuerzas sociales, (2) estigmatización, (3) clima de miedo, (4) semblanza a un juicio justo, (5) uso de pruebas simuladas, (6) testimonios periciales simulados, (7) característica de no falsabilidad de las pruebas…”

La cuarta característica – simulacro de un juicio justo – da al procedimiento una aparente legitimidad al integrar la caza de brujas en una institución socialmente reconocida. Este punto es especialmente importante para comprender el aspecto normativamente negativo de la caza de brujas como proceso de argumentación. En el caso de Israel, la ONU y sus agencias, o el Tribunal Penal Internacional, utilizados política e ideológicamente son un ejemplo rotundo. Muchas ONG sirven igualmente a este propósito.

Como en la caza de brujas o en la inquisición, estos simulacros de justicia presumen la culpabilidad del acusado: Israel; los judíos. Y también, claro está, aquellos occidentales que no abjuren de su legado cultural y que no exhiban su apoyo a la ideología de moda – o, en su defecto, no militen en el silencio sumiso.

Y es que tales “tribunales” – los medios de comunicación tantas veces erigidos en ellos o en sus portavoces – podrían, con Walton, describirse mejor por su objetivo de garantizar la adhesión a opiniones o a las interpretaciones “progresistas”. Es por ello, que “el acusado y su credibilidad se descartan desde el principio”, porque “se espera que mienta y recurra a subterfugios de todos modos”. De esta manera, “el tribunal o el juicio se convierten en una herramienta para mostrar públicamente” una postura moral, algo que, se pretende, es de sentido común, y así “realinear la moralidad pública para que se ajuste más a la causa de los fanáticos”. Esto sólo permite considerar como “prueba” aquello que encaje en el sesgo ideológico.

Pero más aún, estigmatización y acusación son una y la misma cosa. La acusación de un tipo de delito considerado especialmente horrible – “genocidio”, “apartheid” -, tiende, desde el principio, a destruir la credibilidad del señalado. Así, explicaba Walton, el acusado no puede presentar argumentos creíbles para defenderse de la acusación. Este aspecto de la caza de brujas se denomina a menudo (curiosamente) demonización”. Es decir, la estigmatización se consigue “adaptando la acusación a alguna categoría de delito que sea especialmente ‘tabú’, de modo que incluso la acusación suene tan repulsiva que destruya la reputación de la parte acusada”. Acusación y estigma son lo mismo; y estos, sin más trámite (ergo, son también la “prueba”), equivalen a un veredicto.

Y es que el antisemitismo, que de esto va la cosa, es performativo: al “decir ‘los judíos (o, para usar su máscara moderna, los ‘sionistas’) son x (siendo x cualquier afirmación despectiva sobre el pueblo judío), obviamente no está describiendo un hecho o una característica de la realidad. Más bien, el antisemita está haciendo dos cosas con su frase: (1) está repitiendo, como un conjuro, una palabra o afirmación familiar que estereotipa a los judíos; y (2) está sugiriendo la solución que ‘exige’ en definitiva dicha afirmación, esto es, aislar a los judíos, intimidarlos o simplemente hacerlos sentir incómodos dentro de la comunidad en general. Por lo tanto, ‘los judíos son/hacen x’ no dice nada sobre los judíos, pero su mera expresión actúa en su contra”.

Pero, qué importa todo esto, si, como decía Sowell, si uno es “políticamente correcto”, estar errado fácticamente no importa lo más mínimo.

Porque, de acuerdo con John Stuart Mill (Sobre la libertad), “cuando es la sociedad misma el tirano -la sociedad colectivamente, respecto de los individuos aislados que la componen-, sus medios de tiranizar no están limitados a los actos que puede realizar por medio de sus funcionarios políticos. La sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos; y si dicta malos decretos, en vez de buenos, o si los dicta a propósito de cosas en las que no debería mezclarse, ejerce una tiranía social más formidable que muchas de las opresiones políticas, ya que si bien, de ordinario, no tiene a su servicio penas tan graves, deja menos medios de escapar a ella, pues penetra mucho más en los detalles de la vida y llega a encadenar el alma. … la tiranía de la opinión y sentimiento prevalecientes; contra la tendencia de la sociedad a imponer, por medios distintos de las penas civiles, sus propias ideas y prácticas como reglas de conducta a aquellos que disientan de ellas… […] Así los gustos o disgustos de la sociedad o de alguna poderosa porción de ella son los que principal y prácticamente han determinado las reglas impuestas a la general observancia con la sanción de la ley o de la opinión”.

Sintonía “informativa” con las corrientes anti democráticas

La necesidad de elaborar narrativas-marco que sirvan de códigos inequívocos para interpretar la realidad resulta en el imperativo de alinear a reputadas instituciones, organizaciones y particulares, y a los medios de comunicación que no sólo produzcan legitimidad, verosimilitud, sino que las difundan con un halo de imparcialidad.

Pensar pues, a esta altura, en buena parte de los medios de comunicación como tales, y no como una suerte de agencias de relaciones públicas, de propaganda, es muy ingenuo. El estado de la política actual en numerosos países – esto es, la carencia auto festejada de escrúpulos, la mentira casi como único recurso discursivo, etc. -, no es posible sin una estructura que la sostenga, que la revalide a diario, que la siga considerando como tal, y no como el artilugio de algunos para ocupar posiciones de poder, de privilegio. Y es este ejercicio el que le da, a su vez, poder a los medios que participan del simulacro de interés por lo público. Un ciclo cerrado de retro alimentación.

Y, una vez instalados en la simulación, en su lógica, los hechos y la razón ya no importan: son los medios los que “hacen la realidad”, la “verdad”: un producto meramente. Y, como indicaba Baudrillard, como la socialización se mide en buena medida por medio de la exposición a los medios, y por tanto, “quien no está suficientemente expuesto a los medios de comunicación está des socializado”, puede decirse que hay que convertirse en un producto más de los medios para participar de la comunicación social: esto es, conformar el modelo uniformado de asentimiento que se promueve en su escenificación de la información, del “interés común”.

En la década de 1990 decía Sowell que el peligro que supone la dramatización mediática de medias verdades es algo que, incluso con personas honestas y no sesgadas, siempre está presente. Pero, dado que “los medios de comunicación tienen una inclinación ideológica abrumadora, los prejuicios humanos y los prejuicios de los medios no hacen más que reforzarse mutuamente”. A lo que se suma lo que Sowell llamaba la “filosofía del periodismo activista”: cuyo resultado puede ser lo que se ha denominado “mentir por la justicia”.

Parecía haber entrevisto buena parte de la cobertura en español en el presente sobre Israel. Aunque acaso no el grado de supeditación a intereses ajenos a la profesión de informar, ni la escala, tan semejante a la de un movimiento acoplado que involucra a un buen número de los medios más influyentes.

Una suerte de coreografía que recuerda más a lo que exponían Cosmin Dugan, Daniel Dinu y Cristian Barna en Facets of the Informational Conflict – Affective Degradation Using Targeted Propaganda: vamos, que parece más bien una campaña que no tiene nada de improvisada.

Y es que, como advertían los académicos, la capacidad de controlar la esfera informativa permite controlar la posibilidad de influir sobre los acontecimientos y de “modificar la fisonomía del futuro y la percepción de la historia”. Para tal fin, el método principal radica en “la desinformación posterior al evento dado, y la generación de una versión alternativa y competitiva de la realidad mediante la manipulación de la imagen mediática del evento, seguida de la repetición hasta la sobresaturación y la estereotipación con versiones similares, pero procedentes de fuentes aparentemente independientes”. El componente emocional, añadían, es el facilitador en el proceso de fijación de la construcción cognitiva deformada, lo que contribuye a eludir el proceso de autenticación de la información.

Sedientos, pero muy telúricos

Escribía el genial Anatole France en la novela ya citada:

“El nuevo salvador, tan celoso como el primero y más perspicaz, ve lo que nadie había visto, y con su índice levantado siembra el terror. Distingue las tenues, las imperceptibles variantes que diferencian el mal del bien, el vicio de la virtud, y que sin él se confundían en perjuicio de la patria y de la libertad; su proceder marca la línea sutil, invariable, fuera de la cual, a derecha y a izquierda, todo es error, crimen, perversidad. El Incorruptible ha enseñado cómo se favorecen los planes del extranjero por exageración o por debilidad, persiguiendo los cultos en nombre de la razón y vulnerando en nombre de la religión las leyes de la República”.

“Salvadores” o “ungidos”, o “progresistas iluminados”. El nombre cambia, pero lo que siempre parece estar en juego, como entre otros indicó Sowell, no es tal o cual idea, argumento, sino su imagen al completo: “de sí mismos como personas cuyo conocimiento y sabiduría son esenciales para el diagnóstico de los males sociales y la prescripción de ‘soluciones»’”. En cada momento, toda su percepción de sí mismos está en juego.

“Dado lo mucho que hay en juego, – escribía Sowell – no es difícil comprender los ataques sin cuartel contra quienes difieren de ellos y sus intentos de sofocar fuentes alternativas de valores y creencias, siendo los códigos de expresión en los campus [universitarios] y la ‘corrección política ejemplos paradigmáticos de un patrón de tabúes cada vez más extendido. No se contentan con acallar las voces contemporáneas, sino que también deben silenciar la historia y las tradiciones, la memoria [colectiva]`”.

“Bastábales conocer las opiniones del acusado, seguros de que sólo un criminal puede tener ideales opuestos a los de un hombre honrado y puro; y ellos considerábanse, cada uno a sí mismo, puros y honrados. En la certeza de poseer la verdad, la prudencia, el soberano bien, atribuían a sus adversarios el error y el mal. Sentíanse fuertes…”, pasaba France con precisión el bisturí de la literatura por la historia.

Comments are closed.