San Palestín: ni una causa, fiesta, foro, sin manchar de ideología

¡Pobre de mí, pobre de mí, que se han acabado las fiestas de San Fermín!

No hace falta mucho para transmitir una imagen de unanimidad, de mayoría. Basta con secuestrar un evento masivo para escenificar un apoyo multitudinario a una “causa”, una ideología.

Tampoco se requiere gran cosa para revelar el trasfondo negativo de una doctrina. Basta con dejarse llevar por la inercia desinhibida del prejuicio para exponer, incluso involuntariamente, los cimientos y fines de esa “causa”.

Un puñado de fanáticos, amparados por un ayuntamiento gobernado por radicales de signo ideológico levemente distinto — porque, al final, la violencia justificada por el supremacismo, por el objetivo “sagrado”, los define —, usurparon una fiesta popular española, los Sanfermines, para forzar a sus participantes a encarnar una masa ficticia de consenso y de odio.

Desde el balcón del consistorio pamplonica, una organización anti-israelí —es momento de llamarla por lo que realmente es, no por el disfraz que pretendían adoptar— lanzaba las consignas habituales: “Palestina libre”. Y el chupinazo, una miniatura de cohete (ay, el simbolismo), marcaba el inicio de las fiestas.

En tanto, abajo, en el llano de cuerpos, y sobre las testas, se desplegaba una bandera que decía: “Destroy Israel” – “Destruid Israel”.

Método y objetivo evidenciados. El rapto de las sociedades occidentales por parte de extremismos minoritarios quedaba perfectamente representado. El antisemitismo, tantas veces disfrazado de “causa noble”, se despojaba de sus afeites. Acaso la célebre ventana de Overton ya esté abierta de par en par: esto es, el odio a los judíos se ha naturalizado, incluso “moralizado”, haciendo innecesario su disimulo. Peor aún, ha pasado a convertirse en una forma aceptada de virtud ideológica, en un nuevo código cultural de rectitud.

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