República Islámica: la diplomacia como engaño

La propaganda iraní ha tenido un éxito notorio entre buena parte de la prensa en español. Y es que los medios han asumido sus puntos de conversación (desinformación) con una disciplina propia del adepto; esto es, a contrapelo de las evidencias que ofrece la historia.

Por ejemplo, El País publicaba el 28 febrero de 2026 que “el representante omaní, mediador de las negociaciones entre Washington y Teherán, había dicho que el acuerdo entre ambos países estaba “al alcance”, después de que la República Islámica hubiese aceptado hacer unas concesiones a las que nunca antes se había comprometido”

Y, dos días antes, la agencia de noticias Efe afirmaba que la República Islámica y Estados Unidos habían concluido tercera ronda de negociaciones del año, “con un progreso significativo”, según el ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Badr bin Hamad al Busaidi, mediador de las mismas. Y agregaba que la República Islámica “afirmó que las negociaciones nucleares que ha mantenido con Estados Unidos hoy en Ginebra han sido más serias y más largas que en el pasado, y que se lograron buenos avances”.

Pero olvidaba mencionar que, como daba cuenta Associated Press ese mismo día, “justo antes de que terminaran las conversaciones, la televisión estatal iraní informó que Teherán estaba decidido a continuar enriqueciendo uranio, rechazó propuestas para transferirlo al extranjero y buscó el levantamiento de sanciones internacionales, lo que indicaba que no estaba preparado para cumplir las exigencias del presidente estadounidense Donald Trump”.

Pavada de olvido.

Y es que la idea de “negociaciones” que intenta imponer Teherán – de voluntad conciliadora sincera, de predisposición a realizar concesiones –, con la ayuda inestimable de tantos medios en español, es desmentida pertinazmente por los hechos y por los propios líderes iraníes de puertas adentro.

“Diplomacia” por aquí, engaño por allí

Detrás de los afeites que el régimen de los ayatolás ha intentado, e intenta, interponer entre la audiencia occidental y la realidad, desvinculándolo de los conflictos de los que participa, de los que promueve, en fin, de sus fines, hay un expansionismo evidente: presencia disruptiva en el Líbano, Siria, Yemen, Irak. Amén de su presencia en América del Sur. “Exportar la revolución islámica” no va de ampliar los mercados para la venta de alfombras. Va de imperialismo supremacista.

Ali Younesi, asesor del presidente Rohaní – y ministro de Inteligencia entre los años 2000 y 2005 -, lo explicó claramente en su discurso (8/3/2015) durante la conferencia “Irán, Nacionalismo, Historia y Cultura”: sostuvo que República Islámica es nuevamente un imperio, como lo fue en el pasado, que su capital, Iraq, es “el centro del patrimonio, cultura e identidad iraníes”, delineando así las fronteras del “gran Irán”, en el que incluyó regiones de China, el subcontinente Indio, norte y sur del Cáucaso y el Golfo Pérsico.

La diplomacia ha devenido, consecuentemente, una herramienta más para alcanzar sus objetivos; en la que negociar es sólo diferir, distraer, marear la perdiz, como suele decirse.

Un método a través del cual, siguiendo a Farzin Nadimi del Washington Institute (17/4/25), el régimen busca controlar el discurso público y eludir la rendición de cuentas tanto a nivel nacional como internacional; a la vez que le permite ganar tiempo mientras avanza en hacia el enriquecimiento nuclear. “El hecho de entablar negociaciones prolongadas permitió a la República Islámica aliviar la presión internacional y retrasar la imposición de sanciones más estrictas, por ejemplo, ofreciendo concesiones de última hora en el OIEA para evitar que se remitiera el caso al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Durante el período 2021-2023, la República Islámica retrasó sistemáticamente el compromiso con la administración Biden y los socios europeos, negándose inicialmente a iniciar las negociaciones, prolongando posteriormente las conversaciones mediante maniobras dilatorias y, finalmente, tardando varios meses en rechazar formalmente un proyecto de acuerdo que había sido aceptado previamente en principio”, explicaba.

Y, cuando el simulacro se impone a la realidad, los acuerdos que pergeña muestran sus consecuencias más nocivas. En este sentido, Tzvi Kahn, analista de la Foundation for the Defense of Democracies, señalaba en octubre de 2025 que en los años siguiente a la implementación del Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), beneficiado del régimen de Teherán por el alivio de las sanciones, “salió del aislamiento internacional para convertirse en una potencia hegemónica regional. Sin embargo, la paz no figuraba en su agenda. La República Islámica procedió a violar el JCPOA y a explotar sus debilidades para avanzar en el programa nuclear del régimen”.

Es que, según explicaba Kahn, el acuerdo le concedió a la República Islámica, a cambio de restricciones transitorias y limitadas, el derecho a enriquecer uranio, anulando múltiples resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que exigían a la República Islámica suspenderlo de manera indefinida. E indicaba que la República Islámica aumentó su presupuesto militar “en un 90 % entre 2016 y 2017 con respecto al año anterior, lo que permitió que fluyera más dinero y material hacia sus aliados, entre ellos Hamás, Hezbolá, el régimen de Assad en Siria, los rebeldes hutíes en Yemen y las milicias chiitas en Irak. Además, la República Islámica aprovechó las debilidades de las disposiciones atómicas del JCPOA para obstaculizar el trabajo de los inspectores internacionales”.

La Dra. Zoe Levornik, experta en política y seguridad nuclear, apuntaba precisamente en el Centro Alma en julio de 2025 que, un ejemplo de las violaciones del régimen de los ayatolás que continuaron incluso después del acuerdo nuclear, se encuentra en la obligación de Irán de rediseñar el reactor de Arak para que no pudiera producir plutonio apto para armas y de rellenar el núcleo del reactor con hormigón: “En 2016, Irán afirmó que lo había hecho e incluso proporcionó imágenes que más tarde se descubrió que eran falsas, como parte de una campaña de engaño deliberada dirigida a Occidente”.

Ya en 2012, y en una inusual confesión, comentaba Dore Gold, del Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs (JCFA), el director de la Organización de Energía Atómica de la República Islámica, Fereydoon Abbasi, fue citado en al-Hayat diciendo que el Gobierno de dicha república había proporcionado información falsa en el pasado para proteger su programa nuclear.

En el caso de esta confesión, explicaba Gold, puede haber un factor adicional: “En el pasado, Irán ha revelado aspectos de su programa nuclear, como en 2009, cuando reveló la existencia de su planta de enriquecimiento en Fordow, al temer que estuviera en peligro de ser descubierta. A veces, los iraníes cambian unilateralmente las reglas de las inspecciones, como cuando declararon en 2007 que solo tenían que admitir la existencia de instalaciones nucleares una vez que recibieran material nuclear, en lugar de cuando se iniciara su construcción. De esta manera, los iraníes intentan eludir sus compromisos en lugar de romperlos de forma dramática como los norcoreanos”.

Aún antes, en noviembre de 2004 – como recordaba el propio JCFA en septiembre de 2022 -, el Organismo Internacional de la Engería Atómica (OIEA) determinó que la República Islámica había incumplido su Acuerdo de Salvaguardias, al declarar que muchas actividades iraníes en las áreas de enriquecimiento de uranio, conversión de uranio y separación de plutonio no habían sido comunicadas al organismo. “Los iraníes llegaron a demoler seis edificios para ocultar pruebas, como en el complejo de Lavizan-Shian. Excavaron la tierra alrededor de estos edificios a una profundidad de varios metros para que no se pudieran tomar muestras de suelo incriminatorias”, refería.

En junio de 2025, en su declaración introductoria ante la Junta de la OIEA, su director general, Rafael Mariano Grossi, aludió al hecho de que la agencia encontró partículas de uranio artificiales en tres emplazamientos no declarados de la República Islámica —en Varamin, Marivan y Turquzabad— a los que accedieron de forma complementaria en 2019 y 2020. Desde entonces, la agencia ha estado solicitando explicaciones y aclaraciones al régimen de los ayatolás sobre la presencia de estas partículas de uranio, incluso a través de una serie de reuniones y consultas de alto nivel en las que he participado personalmente.

El diario The Times of Israel informaba en 2019 de ese hallazgo, e indicaba que el año anterior, el primer ministro Benjamín Netanyahu había revelado en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas la existencia de un almacén en Teherán en el que contenía “cantidades ingentes” de equipos y materiales que formaban parte de un programa nuclear secreto iraní.

Volviendo a la comparecencia ante la Junta de Gobernadores de la OIEA, Grossi lamentó que la República Islámica haya “omitido responder en repetidas ocasiones a las preguntas de la Agencia o no ha proporcionado respuestas técnicamente creíbles. También ha intentado limpiar los emplazamientos, lo que ha obstaculizado las actividades de verificación de la Agencia”.

Y advertía que:

“La evaluación exhaustiva de la Agencia sobre lo ocurrido, basada en nuestra evaluación técnica de toda la información disponible relevante para las salvaguardias, nos ha llevado a concluir que estos tres emplazamientos, y otros posibles emplazamientos relacionados, formaban parte de un programa nuclear estructurado no declarado llevado a cabo por Irán hasta principios de la década de 2000 y que en algunas actividades se utilizó material nuclear no declarado”.

“A raíz de ello, el Organismo también concluye que Irán no declaró el material nuclear y las actividades relacionadas con la energía nuclear en estas tres instalaciones no declaradas en Irán. Como consecuencia de ello, el Organismo no está en condiciones de determinar si el material nuclear relacionado sigue estando fuera del ámbito de las salvaguardias”.

Concluyendo

El régimen de los ayatolás, concluía Kahn, había comprendido “que la administración Obama y sus socios estaban desesperados por mantener vivo el acuerdo y no harían responsable a Teherán de sus provocaciones”. Aunque lo había comprendido mucho antes.

Ahí, justamente, está resumida de manera cabal la lógica “diplomática” de la República Islámica: gestión de las relaciones públicas; esto es, de las ansiedades y vanidades occidentales tan ávidas de foto y rúbrica, y prosecución en secreto de las actividades que contribuyen a sus fines. O, como decía Levornik, Irán utilizó las negociaciones como un medio para ganar tiempo y adormecer la complacencia de Occidente, mientras seguía avanzando hacia la capacidad nuclear militar: “Bajo la apariencia de la diplomacia, Irán se convirtió en un Estado al borde de la capacidad nuclear”

Las palabras del mediador de Omán quedan así más que deslucidas o huecas; inútiles, vamos. Y la falaz imagen de un estado cuyas acciones son únicamente reactivas, impuestas por las circunstancias, se desmorona como arena seca.

En enero de 2012, la revista Time evocaba precisamente una declaración de Rohani que desnudaba el armazón de trampas:

“Un negociador iraní reveló sin rodeos, la estrategia de la República Islámica de Irán…: las negociaciones son un doble juego, la mejor manera de ganar tiempo mientras se consigue lo que realmente se quiere. Hassan Rohani dijo en un discurso ante sus colegas: ‘Mientras hablábamos con los europeos en Teherán, estábamos instalando equipos en… las instalaciones de Isfahán’”.

“Como resultado, cuando Irán cerró un acuerdo con Europa para suspender las ‘actividades de enriquecimiento’ —el Acuerdo de París, firmado en medio de una gran ceremonia en noviembre de 2004—, Irán sabía en realidad que podía enriquecer uranio, se jactó Rohani”.

“Rohani señaló que el régimen también había aprovechado el tiempo para montar una campaña de relaciones públicas ante la propia opinión pública iraní”.

Dice el dicho que, si a uno lo engañan una vez, la culpa es del trilero; pero ya si hay una segunda, la culpa de es de uno mismo.

Lo mismo vale para un gobierno que para un medio, que para la audiencia.

A no ser, claro, que uno se convierta en cómplice…

Pues eso.

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