Mutismo, mudez, silencio, omisión, ocultación, censura, supresión, borrado, abolición…

¿Qué palabra utilizar a esta altura para que se entienda el asunto?

Para que se comprenda de una vez una parte sustancial de aquello que practica una buena parte de los medios de comunicación – la promoción de una “narrativa”; la difusión “dignificada” como periodismo de un prejuicio, de una denigración. Esto es, el ocultamiento de una parte considerable, y conspicua, de la realidad que se dice tratar.

Una censura que va necesariamente acompañada de una contraparte inflada, hipertrofiada con la desmesura que permite la fabricación, la caricatura de los estereotipos, la elusión de la verificación, las voces interesadas y el alzamiento de un fraudulento pedestal moral – que, a su vez, viene a socorrer la ausencia de sincera solidaridad e interés en la defensa de los derechos humanos.

Porque, ya se ha dicho con anterioridad, la construcción de un mal absoluto, paradigmático, precisa de un opuesto igualmente categórico. Y cuando esta antítesis está representada por Hamás, Yihad Islámica Palestina, Hizbulá, el régimen de los ayatolás, Catar, la Hermandad Musulmana; es evidente la relevancia que adquiere la omisión (su papel).

De acuerdo con lo que publicaba el Middle East Media Research Institute (MEMRI) el 14 de enero de 2026, en los últimos meses se expuso un masivo escándalo de corrupción que involucra a la Hermandad Musulmana y a Hamás. La cifra ronda los 500 millones de dólares de fondos procedentes de donaciones recaudadas para la gente de Gaza.

MEMRI advertía que en octubre de 2023 altos cargos de Hamás llamaron al mundo musulmán a librar una “yihad económica”, “financiera” para auxiliar la yihad militar contra Israel; esto es, donar fondos para Hamás y otras organizaciones terroristas. “Miembros de Hamás y de las ramas del movimiento matriz, la Hermandad Musulmana, lanzaron de hecho masivos esfuerzos para recaudar fondos en apoyo de la guerra de Gaza”.

Una de las mayores campañas para Gaza, explicaba MEMRI, fue promovida por una institución llamada Waqf Al-Ummah, con sede en Estambul – respaldada por Turquía y Catar -, dirigida por un grupo de operativos de Hamás y los Hermanos Musulmanes.

En tanto, el Departamento del Tesoro estadounidense, indicaba en octubre de 2024 que Hamás “ha aprovechado el sufrimiento en Gaza para recaudar fondos a través de organizaciones benéficas falsas y ficticias que afirman falsamente ayudar a los civiles en Gaza. Afiliados a Hamas recaudan fondos a través de organizaciones benéficas falsas o ficticias y también buscan obtener el apoyo público para el grupo. A principios de 2024, Hamás podría haber recibido hasta 10 millones de dólares al mes a través de estas donaciones. Hamás considera que Europa es una fuente clave de recaudación de fondos y ha mantenido representación en todo el continente durante muchos años, en parte para recaudar fondos a través de organizaciones benéficas falsas”.

Mientras esto sucedía, desde buena parte de los medios, ONG, entes internacionales y gobiernos occidentales se le exigía a la parte agredida del conflicto que socorriera a los ciudadanos que Hamás utilizaba como reclamo para su financiación y como escudos humanos.

El silencio se confeccionaba con censura, sí, pero también con esa hipérbole del prejuicio que resulta ser la inflada “cobertura”: esto es, la voz, las cifras, las anécdotas de Hamás, y grupos, gobiernos y organizaciones afines, repetidas sin filtro y con obediencia.

En estes sentido, Samuel Hyde, fellow del Jewish People Policy Institute, señalaba que con la “cobertura” de Israel puede observarse “una fascinación sistémica, rayana en la obsesión”; como si el Estado judío fuera el centro gravitatorio de los asuntos mundiales. Y esta fascinación, afirmaba, es desproporcionada y escalable.

Así, citaba, el profesor Gil Troy en The Essential Guide to October 7 and Its Aftermath: Facts, Figures, History, señalaba que:

“En los primeros nueve meses después del 7 de octubre de 2023, el New York Times publicó 6656 artículos sobre la guerra de Gaza. En comparación, publicaron 80 artículos sobre la batalla liderada por Estados Unidos para liberar Mosul [Irak] durante nueve meses en 2016-2017, [unos] 198 artículos sobre la guerra de Tigray en Etiopía, que causó 600 000 muertos en un año; y 5434 artículos durante los primeros 13 años de la guerra civil siria. Un análisis de inteligencia artificial de Microsoft Copilot reveló que en nueve meses se escribieron entre 50.000 y 70.000 artículos sobre Gaza en todo el mundo, frente a los 1000 artículos sobre Mosul en nueve meses”.

Hyde concluía que esta cobertura saturada crea la ilusión de centralidad:

“Entrena al público a creer que lo que ve con más frecuencia debe ser el acontecimiento más importante del mundo. Israel se convierte no solo en un país más entre muchos, sino en una especie de índice moral de la época, un escenario en el que se imagina que se pone a prueba y se revela la conciencia del mundo.

Mientras tanto, catástrofes de mucha mayor escala y brutalidad, como el genocidio que se está produciendo en Sudán, aparecen brevemente, si es que lo hacen, en la pantalla antes de desaparecer en el silencio una semana después.

Esto no es casual. El conflicto entre Israel y Palestina ocupa un lugar peculiar y desproporcionado en el imaginario político occidental, sin parangón con conflictos más mortíferos o brutales. Israel es lo suficientemente pequeño como para ser comprendido simbólicamente, pero lo suficientemente complejo como para absorber infinitas proyecciones”.

De tal guisa, postulaba, el conflicto “se convierte en algo sobrevalorado, sobre examinado, intensamente diseccionado y moralizado de forma única, hasta que el examen en sí mismo se convierte tanto en activismo como en un sustituto de la comprensión”.

Esta inflación oculta además una simplificación. Se pretende que el conflicto es palestino-israelí (con el primer término “débil”; ergo, “víctima), cuando en realidad es mayor: la mayor parte de las guerras en las que ha tenido que combatir Israel “no se han librado contra los palestinos, sino contra los egipcios y jordanos, los sirios y libaneses, los iraquíes y, cada vez más, los iraníes. El enemigo más importante de Israel en la actualidad es el régimen islámico de Irán, una potencia regional no árabe y no palestina que persigue sus propias ambiciones ideológicas, nucleares y estratégicas. Los cohetes lanzados contra Israel durante la guerra no procedían solo de Gaza. Procedían del Líbano, de Yemen, de Irak y del propio Irán”.

El cuadro es distinto cuando se desliza el telón de la censura y se entrevé, aunque sea una porción de aquello que, para comprender medianamente el conflicto, debería estar en el espacio público, y no condenado al desconocimiento cómplice.

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