Decía Steven Pinker en su libro Racionalidad que la prensa es una máquina de disponibilidad; esto es, “ofrece anécdotas que alimentan nuestra impresión de lo que es común de tal manera que está garantizado que será engañosa”. La esmirriada porción por el todo. Cuando no, directamente, el pseudoacontecimiento, la fabricación, por la realidad.
Las consecuencias de esta sesgo son evidentes: “cuando nuestras experiencias son una muestra sesgada de esos sucesos, o cuando las impresiones son promovidas o degradadas en nuestros resultados de búsquedas mentales por amplificadores psicológicos tales como la recencia, la vivacidad o la intensidad emocional”. Los efectos de esta sobrerrepresentación, concluía Pinker, sobre los asuntos humanos son arrolladores.
Pinker no tenía en cuenta las campañas propagandísticas y, mucho menos, el hecho de un gran número de medios doblegándose a las mismas, otorgándoles el barniz de legitimidad de lo noticioso, de la labor periodística previa a la publicación de cualquier material.
Un ejemplo perfecto de esta destrucción del periodismo desde las propias entrañas de la profesión lo dieron algunos de los medios más importantes del mundo. Aunque el caso español fue destacable.
Así, buena cantidad de medios se sumó ayer a la campaña orquestada por Reporteros Sin Fronteras y Avaaz para impulsar una narrativa, o más precisamente, para difundir propaganda de Hamás. Si algo parecieron querer dejar en claro esos medios, es que no funcionan como tales, esto es, como informadores, sino más bien como empresas –infiltradas por intereses, activistas y “profesionales” de alarmante mediocridad – dedicadas a la promoción y amplificación de mensajes ideológicos con un envase noticioso.
La campaña en cuestión consistió en la publicación sincronizada de material anti-israelí – con la intención de presentar de manera inexacta a Israel como un país que ataca sistemáticamente a los periodistas en Gaza y coarta la libertad de prensa.

A propósito de la misma, Izabella Tabarovsky, del Wilson Center, comentaba en su cuenta de X que a lo largo y ancho de dicha red social múltiples cuentas repetían, palabra por palabra, la misma frase en diversos idiomas. El fin era denunciar a Israel por las muertes de periodistas palestinos en Gaza. Claro que, indicaba Tabarovsky, olvidaban mencionar que muchos de esos “periodistas” eran miembros de Hamás, o que dicho grupo ataca sistemáticamente a los medios independientes en Gaza.
Un elemento central en esta puesta en escena, que, por cierto, no tiene nada de novedoso, es lo que, según Pinker, Thomas Schelling describió en 1960, y que bien puede denominarse como “ultraje comunitario”; esto es “un ataque flagrante y ampliamente atestiguado contra un miembro o símbolo de un colectivo. Se percibe como una afrenta intolerable e incita a la colectividad a sublevarse y vengarse para hacer justicia”.
Los “testigos”, en este caso, resultan ser los propios interesados. Y no sólo eso, sino el grupo terrorista que inició la guerra con una salvaje masacre en suelo israelí. Los avales los aportan numerosas ONG que funcionan como “fuente fiable, legítima”, de la acusación. Y enseguida aparecen los medios de comunicación, porque “los ultrajes [inflados o falsos ultrajes] no pueden devenir públicos sin cobertura mediática”.
Y, proseguía explicando Pinker, un ultraje comunitario inspira lo que el psicólogo Roy Baumeister denomina una narrativa de las víctimas: una alegoría moralizada en la que se santifica un acto perjudicial y el daño se consagra como irreparable e imperdonable. De ahí que “la puntillosidad respecto de lo realmente acontecido no solo es irrelevante, sino también sacrílega o traidora”. En breve, que la realidad es absolutamente prescindible.
Israel hoy, como los judíos ayer, sirve como eje de una ideología, como coagulante, como distracción. Hoy, de la islamista, la populista y algún nacionalismo trasnochado. De lo que resulta que el libelo es normalizado, convertido en sustrato de lo que “explica” la realidad, lo que la “retrata”.
De ahí que la mentira pase a ser una “opinión”, una “perspectiva”: apenas la posición relativa del observador respecto de un hecho. Pero, claro. La verdad se degrada en todas direcciones. Y cuando esta es meramente la imposición del interés concertado, del simulacro de consenso, se está ante las puertas del totalitarismo en cualquiera de sus manifestaciones. Porque la “verdad” deviene en un elemento exclusivo del poder.
El resultado puede verse en el gobierno de España: la falsedad es política; y dura lo justo para que la próxima fabricación la anule y reformule la objetividad. No en vano es uno de los gobiernos que más se ha aferrado a la estrategia antisraelí: para la cual, muchos de los medios que dicen descubrir las mentiras, los entuertos y el descalabro, le hacen el juego a la corrupción que denuncian.
