La Vanguardia: Turquía diet e Israel como actor central

El titular de La Vanguardia ya ubicaba a Israel en el centro, como sujeto activo negativo: “Israel eleva la tensión con Turquía a solo dos meses de las elecciones”. Esto es, ya advertía que Turquía sería sólo mencionado en relación a la actividad israelí. O, puesto de otra manera, ya podía entreverse que las actividades turcas serían omitidas sin rubor.

Así, esa censura tan cara a la dinámica de establecer al estado judío como actor funesto en la región y, por extensión, global, se perfilaba desde el primer párrafo:

“La rivalidad entre Turquía e Israel ha dejado de ser sólo palabrería. Con el mapa de Oriente Medio cuarteado por la ofensiva estadounidense sobre Irán, la nueva Siria post-Asad se ha mantenido sorprendentemente fuera del conflicto. Liberada de la hegemonía persa después de la huida del sanguinario dictador, dos potencias regionales, Israel y Turquía, buscan ahora en Siria ampliar su influencia en la región”.

La tónica de la crónica iría por esos derroteros: intentar soslayar el papel turco y borrar la presencia de fuerzas de este país en Siria – contemporánea de la iraní -; así como que su influencia, su injerencia, comenzó mucho antes de la caída del régimen de Bashar al-Asad. De manera que lo que parecía contexto, abundante información, era el bulto que permitía que la realidad pasara sin ser reconocida.

La realidad censurada

En octubre de 2019 la Deutsche Welle daba a conocer que el ejército turco había comenzado “la invasión del norte de Siria”. Y aún antes, en agosto de 2016, el diario Última Hora publicaba información de la agencia de noticias Efe que apuntaba que:

“Las fuerzas armadas de Turquía han entrado este miércoles en Siria en la primera gran ofensiva terrestre contra el Estado Islámico (EI) para arrebatarle la ciudad de Yarábulus, el último núcleo importante del que disponen los yihadistas en la frontera turca.

Pero aunque el objetivo inmediato es la conquista de Yarábulus, una ciudad de algo más de 10.000 habitantes en la ribera occidental del Éufrates, la intervención también se dirige contra las milicias kurdas de Siria, las YPG, cuyas posiciones se hallan pocas decenas de kilómetros al sur.

Así lo admitió el portavoz de la Presidencia turca…”

La Deutsche Welle indicaba en diciembre de 2024 que en 2016 el presidente turco Recep Erdogan justificó la invasión diciendo que sólo se trataba de “velar por que los verdaderos dueños puedan regresar a sus tierras. Sólo entramos allí para poner fin a la tiranía de Asad”. Pero, aclaraba el medio alemán, ya en ese entonces había intereses muy concretos. Así, señalaba, “cinco años más tarde, Turquía comenzó a tener una presencia militar propia en el bastión rebelde de Idlib”; añadiendo que hoy, “desde el punto de vista estratégico, Turquía es considerado el gran ganador de lo ocurrido en Siria”.

Por su parte, la Foundation for Defense of Democracies recordaba en 2025 que desde el estallido de la guerra civil siria en 2011, Turquía estableció estrechos vínculos con las milicias yihadistas que luchaban contra el régimen de Bashar al-Assad, entre ellas Hayat Tahrir al-Sham (HTS), el grupo que lideró la ofensiva final contra el dictador. Y explicaba la injerencia turca en dicho conflicto:

“A medida que la situación en Siria se deterioraba, Turquía vio la oportunidad de ayudar a instaurar un régimen islamista suní —uno que fuera leal a Ankara y que incluso pudiera estar influenciado por la misma doctrina de los Hermanos Musulmanes—. El régimen turco encontró una afinidad natural con la oposición siria, mayoritariamente suní, que resentía el dominio del Gobierno por parte de Assad y otros miembros de la minoría alauita del país. En agosto de 2011, Turquía facilitó la creación del Consejo Nacional Sirio (SNC) en Estambul, que pretendía reunir a varias facciones de la oposición siria, pero que estaba claramente dominado por la Hermandad Musulmana siria”.

“A partir de principios de 2012, el director de la organización de inteligencia turca coordinó los esfuerzos para reforzar a determinados sectores de la oposición siria mediante el suministro de armas, dinero y apoyo logístico. Este apoyo continuó incluso cuando, a mediados de 2012, empezaron a hacerse evidentes los grupos extremistas, en particular Ahrar al-Sham y la filial siria de Al Qaeda, Jabhat al-Nusra (JN). Estos grupos rebeldes, muchos de los cuales fueron designados como organizaciones terroristas por Estados Unidos y las Naciones Unidas, llegaron a depender del suministro de Ankara de equipamiento militar y de comunicaciones, así como de la posibilidad de cruzar a Turquía”.

“Turquía supervisó la creación y financiación de una fuerza rebelde aliada en 2017 que reunió a varios grupos armados de la oposición, tanto laicos como yihadistas, bajo el nombre genérico de Ejército Nacional Sirio (SNA). El SNA tenía la misión de garantizar la seguridad de las bases militares turcas en el norte de Siria y de ayudar a Ankara a combatir a las fuerzas kurdas cerca de la frontera turca. Las tropas turcas colaboraron con el SNA para asegurar una zona de amortiguación en el interior del norte de Siria”.

La Turquía de la que no se habla

La fundación recién citada profundizaba este año indicando que desde 2024, “Turquía ha desplegado aviones de combate F-16 en el norte de Chipre, territorio que Turquía ocupa ilegalmente desde 1974”. Y resaltaba que, en junio, aviones turcos acosaron a las aeronaves en las que viajaban los ministros de Defensa de Grecia, Francia y los Países Bajos mientras se dirigían a Nicosia para asistir a una reunión de la UE.

Además, agregaba que Turquía ha desplegado tropas y grupos afines en Siria, Libia y el norte de Irak. Entre 2012 y 2016, “el Gobierno turco blanqueó 20.000 millones de dólares en fondos iraníes ilícitos en pleno apogeo de los esfuerzos por frustrar el programa nuclear de Irán. Su jefe de inteligencia y otros altos cargos han acogido en repetidas ocasiones a los líderes de Hamás en Estambul para celebrar reuniones de coordinación, y el Tesoro de EE. UU. ha sancionado a múltiples entidades turcas por canalizar fondos hacia las operaciones militares de Hamás. Mientras tanto, los turcos siguen desplegando recursos militares en África”.

Para concluir, un texto de CAMERA Español precedente indicaba que el portal de noticias Bloomberg advertía ya en 2012 que ciertas ocupaciones rinden suntuosos dividendos:

“La debilidad de las sanciones relacionadas con Crimea y el norte de Siria socava la idea de una «norma de integridad territorial» que se supone que se consolidó en la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. A menudo se atribuye a la aparición y aceptación de esta norma —un consenso internacional general contra la conquista militar y la secesión armada— la disminución del número de intentos de conquista en las últimas décadas”.

“… de un total de 30 apropiaciones de territorio que afectaron a partes de Estados y que tuvieron lugar entre 1980 y 2018, los iniciadores de la conquista conservaron sus ganancias territoriales en la mitad de los casos. Eso significa que los conquistadores que tienen éxito son aquellos que evitan la guerra”.

La Vanguardia demostraba así cómo, con tantas palabras, puede decirse más bien poco y, sobre todo, cómo es posible soslayar lo relevante o, como suele decirse, ignorar el elefante en la cacharrería. O el Erdogán en la escena regional e internacional.

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