La Vanguardia: Joe Kent y el arte de hacer desaparecer lo evidente

Omitir lo que el profesional de la información debería conoce, y dar a conocer, para ser considerado como tal, es, en definitiva, una forma del engaño. Después de todo, Robert Entman (Framing: Toward Clarification of a Fractured Paradigm), decía que “la mayoría de los marcos se definen por lo que omiten, así como por lo que incluyen para guiar a la audiencia” hacia una representación, una interpretación de los hechos que se abordan.

La Vanguardia hacía una meticulosa práctica de esta forma de la censura en su artículo del 17 de marzo de 2026 acerca de la renuncia del director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, Joe Kent.

El texto nadaba en las aguas superficiales que ofrecía Kent, sin molestarse lo más mínimo en ir más allá de sus declaraciones. En otra ocasión probablemente se hubiera molestado el medio en ofrecer un poco de información sobre Kent. Pero ese piletón ofrecía un lugar común al que no pocos medios en español son afectos en sumergirse: la acusación de que Israel es causa del conflicto en Medio Oriente, sino que controla por medio de hilos invisibles que, aún así, todos ven, al gobierno de Estados Unidos.

La frase-libelo que Kent rubricaba en su carta de resignación merecía, pues, un primerísimo primer párrafo en la crónica del corresponsal de La Vanguardia en Washington:

“Irán no representaba ninguna amenaza inminente para nuestra nación, y está claro que comenzamos esta guerra debido a la presión de Israel y su poderoso lobby en EE.UU.”

El Kent de 2020 opinaba distinto…

El artículo prácticamente se limitaba a citar extractos de la misiva con algún añadido propio, que se pretende contexto y es, en realidad, un soporte para las afirmaciones de Kent:

“La campaña militar en Irán se ha explicado, entre otros argumentos, por el objetivo de destruir la ambición nuclear iraní, a pesar de que la Organización Internacional de la Energía Atómica había valorado que Teherán no estaba produciendo la bomba atómica”.

Aunque el Public Broadcasting Service (PBS) estadounidense, nada sospechoso de apoyar a la administración Trump, informaba el 27 de febrero de 2026 que un informe de la OIEA “subrayaba que ‘no puede verificar si Irán ha suspendido todas sus actividades relacionadas con el enriquecimiento’, ni ‘el volumen de reservas de uranio de Irán en las instalaciones nucleares afectadas [durante la denominada guerra de los 12 días]’”. Y es que, desde entonces, la República Islámica no permitió a esta agencia de la ONU acceder a las instalaciones bombardeadas en junio de 2025.

Así, la OIEA no podía “proveer información alguna sobre el volumen actual, la composición o la ubicación de las reservas de uranio enriquecido en Irán”.

Y no es que el régimen de los ayatolás fuese transparente ni colaborara extensamente en tal sentido con anterioridad respecto de su programa nuclear. Antes bien, el secretismo y el engaño fueron lo usual.

Mas, volvamos a Kent. A lo que La Vanguardia no contaba sobre él y que en Estados Unidos es harto conocido.

La cadena de noticias CNN señalaba a fines de septiembre de 2022 que Kent tenía vínculos con el llamado nacionalismo blanco:

“A pesar de haber rechazado el nacionalismo blanco la primavera pasada, cuando uno de sus seguidores le dio su apoyo, un candidato a la Cámara de Representantes de Estados Unidos en Washington [Kent] concedió posteriormente, en junio, una entrevista que no se había hecho pública hasta entonces a un simpatizante nazi y nacionalista blanco [Greyson Arnold]”.

Un poco antes el mismo, la agencia de noticias Associated Press (AP) indicaba:

“Los informes sobre la financiación de la campaña revelan que Kent pagó recientemente 11. 375 dólares por ‘servicios de consultoría’ durante los últimos cuatro meses a Graham Jorgensen, quien fue identificado como miembro de los Proud Boys en un informe policial…”

Los Proud Boys son, según explicaba la Anti-Defamation League (ADL), “un grupo de extrema derecha con un historial de uso de la violencia, el acoso selectivo y la intimidación para alcanzar sus objetivos políticos”, y “sirve como plataforma para ideologías misóginas, antiinmigrantes, islamófobas y anti-LGBTQ+, así como para otras formas de odio —entre ellas el antisemitismo y la supremacía blanca”. El grupo “desempeñó un papel fundamental en la insurrección del 6 de enero, organizando y dirigiendo a los participantes durante el asalto al Capitolio de 2021. Los Proud Boys representan el mayor número de extremistas detenidos, con al menos 58 miembros y afiliados de sus secciones en todo el país detenidos hasta la fecha”.

La AP continuaba diciendo que “Kent es también un estrecho aliado político de Joey Gibson, fundador del grupo nacionalista cristiano Patriot Prayer. Desde que fundó el grupo en 2016, Gibson ha organizado manifestaciones en Portland, así como en los barrios periféricos de la ciudad situados en el estado de Washington… Muchas de esas manifestaciones se coordinaron con los Proud Boys”.

Más recientemente, en julio de 2025, el Washington Post publicaba que en 2021, Kent debatió las estrategias en redes sociales para su campaña con Nick Fuentes, antisemita y supremacista blanco.

Por su parte, el New York Times recordaba al mismo tiempo que su confirmación en el cargo del que ayer renunció, “se produjo a pesar de que ha difundido teorías conspirativas, entre ellas la de que las elecciones presidenciales de 2020 le fueron robadas al Sr. Trump. Ha afirmado que el FBI participó en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 y que debería ser desmantelado. Repitió estas acusaciones en su audiencia de confirmación celebrada en abril”.

Todo esto, por alguna razón, se le escapó, ni más ni menos, al corresponsal en Washington… Hay que hacer un esfuerzo nada desdeñable para no enterarse de lo evidente.

Alguien decía algo así como que omitir información que debería ser conocida por los profesionales, o que debe estar presente en la crónica, para que la audiencia pueda comprender los hechos, denota intención de engañar. De desinformar a esa audiencia.

Como sea, está visto que muchos medios en español utilizan términos como “ultra” o “extrema” derecha no como una definición política ajustada a la realidad, sino como instrumento de deslegitimación del sujeto o entidad así categorizada. Ahora, que esta descripción era coherentemente aplicable, se ha evitado junto a aquellos elementos que la sostienen: el sujeto señala a Israel, y no es cuestión de debilitar dicha acusación libelista.

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