Dos cables de EFE publicados con cuatro meses de diferencia permiten observar con nitidez una doble barra de medir a la hora de cubrir el sufrimiento palestino y el sufrimiento israelí.
¿Qué se enfatiza? ¿Qué se contextualiza? ¿Qué merece un rostro? ¿Qué aparece como estadística administrativa? ¿Qué dolor es presentado como tragedia humana y cuál como derivación burocrática de un conflicto mayor?
El primer texto, de enero de 2026, recoge un informe de la ONG israelí B’Tselem denunciando que Israel convirtió sus cárceles en “campos de tortura” para palestinos.
El segundo, de mayo del mismo año, resume una investigación israelí sobre violencia sexual sistemática cometida por Hamas durante el 7 de octubre.
Comisión civil israelí denuncia violencia sexual «sistemática» en ataques del 7 de octubre
Ambos textos hablan de atrocidades. Ambos describen abusos extremos. Ambos provienen de fuentes israelíes. Pero el modo en que están narrados parece pertenecer a universos distintos.
Basta leer el primer párrafo de cada una de las noticias para entender cómo la aproximación es opuesta incluso en su gramática. Mientras que en el texto de los presos se afirma en presente de indicativo que las torturas son prácticas a las que los palestinos “siguen sometidos”, el texto sobre las israelíes se protege en el condicional: los hechos “habrían tenido lugar”. Es decir, una fuente es dudosa, la otra se presenta como factual a pesar de que B´Tselem tiene un historial activista que EFE oculta.SegúnNGO Monitor, la organización “se ha enfrentado a seriascríticas debido sus tergiversaciones del derecho internacional, lainexactitud de susinvestigacionesy sus estadísticas sesgadas”
En el texto sobre los presos palestinos, EFE construye una experiencia emocional. Hay nombres propios, edades, madres que hablan, niños en un vacío familiar. La noticia no solo informa sino que busca producir cercanía afectiva. El lector entra en la celda, escucha los gritos e imagina el cuerpo:
“Su cadáver presentaba señas de haber estado esposado durante días antes de morir, así como hematomas en el lado izquierdo del tórax, espalda, glúteos, brazo derecho, muslo, cabeza y cuello. Además, tenía costillas rotas y una fractura de esternón, según un documento del examen forense compartido por la familia”
“Marii pasó sus últimos días en una celda de aislamiento, según atestigua en el informe el preso del calabozo contiguo. «Los que estaban allí y fueron testigos nos contaron que antes de su muerte estaba gritando: ‘Hermano, hermano, ven a mí. Hermano, ven, me estoy muriendo, hermano’», continúa su madre”.
Sin embargo, la pieza sobre las víctimas israelíes del 7 de octubre está escrita bajo un encuadre de autoridad, más técnico y aséptico. Incluso cuando menciona violaciones y mutilaciones, el lenguaje evita la inmersión emocional y se limita a enumerar conceptos:
“El informe describe casos de violaciones, agresiones sexuales, desnudez forzada, humillaciones, torturas y mutilaciones, señalando que estos hechos habrían tenido lugar en distintos escenarios, entre ellos domicilios, carreteras, bases militares y el área del festival de música Nova, uno de los focos de la masacre llevada a cabo por las milicias gazatíes”.
En este texto no hay una sobreviviente hablando. No hay una madre. No hay una escena. El horror aparece encapsulado dentro de una arquitectura jurídica que recomienda “la creación de mecanismos judiciales especializados, la cooperación internacional en materia de investigación y enjuiciamiento”.
Es difícil llorar por un mecanismo judicial; es fácil hacerlo por una madre que describe la agonía de su hijo.
La diferencia se vuelve todavía más visible en el cierre de ambas notas. En el texto sobre las violaciones del 7 de octubre, EFE concluye con un contrapeso que cambia el foco de la noticia:
“El ataque liderado por Hamás el 7 de octubre de 2023 causó las muertes alrededor de 1.200 personas y el secuestro a la Franja de otras 250. Ese mismo día, Israel inició una ofensiva militar sobre Gaza que ya ha causado al menos 72.742 muertos en el enclave palestino, lo que fue calificado como «genocidio» por una comisión de la ONU”.
Es el uso del whataboutism como herramienta narrativa. El horror de las israelíes aparece escoltado por un “asterisco” que parece sugerir que ese dolor está compensado por una tragedia mayor. EFE elige además citar a una comisión de la ONU de corte activista, ignorando que incluso el fiscal de la CPI, Karim Khan, ha señalado recientemente la falta de pruebas para sostener jurídicamente el cargo de genocidio. Pero EFE prefiere usar una comisión independiente para desviar cualquier posible empatía con las victimas israelíes.
Sin embargo, el cable sobre las torturas a palestinos no incluye ningún recurso equivalente. Ahí no hay párrafo final recordando la masacre del 7 de octubre ni el terrorismo como contexto de la política carcelaria. El foco permanece intacto sobre la responsabilidad israelí.
En definitiva, cuando la víctima es palestina, el sufrimiento se presenta como una experiencia humana inmediata. Cuando la víctima es israelí, el sufrimiento necesita ser neutralizado para que no se independice del conflicto. Las violaciones del 7 de octubre parecen necesitar el asterisco de Gaza. Pero los muertos en cárceles israelíes no necesitan el asterisco del terrorismo. La asimetría no está en los hechos, sino en el dispositivo narrativo que decide cuándo humanizar y cuándo, simplemente, tramitar un expediente.
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