“… like all secular saints, she canonizes herself. Even her sins are meritorious.” Walker Percy, The Last Gentleman
“Cuando unos cuantos se creen alguna memez, otros también se la creen. Es como un alud. Se van precipitando masas de absurdos cada vez mayores”., Friedrich Dürrenmatt, Justicia
En la década del 2000, refería Christopher Ferguson (The McDonald’s Paradox: Why the public demands “healthy” options, then rejects them once available), y cediendo a la indignación pública por el aumento de la obesidad, McDonald’s empezó a ofrecer opciones más saludables, como ensaladas y palitos de manzana para los más pequeños.
El resultado era previsible: después de toda la alharaca, casi nadie optó por esas alternativas.
La explicación para tal fenómeno es más bien simple. Así la sintetizaba Ferguson:
“A menudo, las personas adoptan posturas públicas a favor del crédito social, aunque su comportamiento en la vida privada no se corresponda con esas posturas públicas; [además] a veces las personas pueden convencerse a sí mismas de que quieren cosas moralmente «buenas», pero no les gustan una vez que las consiguen. [Y también], las personas prefieren atribuir su mal comportamiento a factores externos en lugar de asumir la responsabilidad personal”.
Lo que se entrevé es algo así como una vergüenza moral que funciona de manera similar a la espiral de silencio; esto es, como ya se mencionara en un texto de CAMERA, por un lado, opera el miedo al aislamiento y, por otro, la presión que ciertos sectores de la sociedad ejercen sobre el individuo. El resultado final de este proceso desemboca en la creación de un clima de opinión: público, dominante y mayoritario que arrastra como el “carro del vencedor” a los indecisos, flotantes o bajos en estima hacia el sentir mayoritario, mientras que aquellos otros que mantienen opiniones diferentes o contrarias huyen hacia el silencio. Es un problema de percepción y de miedo a la soledad.
En este sentido, McDonalds en un blanco fácil.
Y en este mismo sentido – aunque, evidentemente, salvando las holgadas distancias -, Israel es una suerte de Mc Donalds de los estados: el blanco ideológico fácil y barato de la “calórica” cobardía y obsesión occidental, y de los más diversos oportunismos.
Mecanismo de que facilita a su vez negar o alterar la realidad de manera de distorsionar, a su vez, las evaluaciones y juicios morales de la sociedad o de parte de ella. Es decir, una disociación que permite anular las valoraciones morales o, antes bien, transfigurarlas de forma que sólo sean aplicables según sea conveniente para justificar o censurar qué fines y qué grupos sociales.
Para tal fin, los medios de comunicación son harto útiles, especialmente aquellos que parecen haber sido reconvertidos en una suerte de agencias propagadoras y legitimadoras de la propaganda, a la manera de spin doctors. En breve, una actividad, si se quiere, performativa: no se limitan a dar cuenta de un suceso, sino a crear una percepción, a usurpar la realidad con la misma. Resultando en aquello que Simon Cottle (Mediatized rituals: beyond manufacturing consent) denominaba “rituales mediatizados”.
Los medios de comunicación, entonces, harán algo más que limitarse a informar sobre los sucesos; “‘harán algo’ – explicaba Cottle – que va más allá de informar, representar y ‘mediatizarlos’ en modo subjuntivo, invocando y manteniendo solidaridades públicas basadas en ideas y sentimientos (colectivos) sobre cómo debería o tendría que ser la sociedad”.
Es que, precisamente, los medios desempeñan, entre otras, funciones de “instigadores”, “activistas” o “promotores”. Así, “El panorama mediático se va llenando de voces y opiniones que hacen referencia a una comunidad moral imaginaria”, señalaba Cottle.
Esto se efectúa mediante la forma en que estos enmarcan los eventos y a actores de los mismos. En CAMERA se pueden leer numerosísimos ejemplos de cómo buena parte de los medios sesgan la información hasta convertirla en un anexo o un apéndice muy emparentado con la propaganda. La inflación del lenguaje, la apropiación y banalización de términos y la redefinición de acciones, son algunos de elementos utilizados para convertir a Israel en un actor singularísimo, y, en este sentido, inverosímilmente negativo – práctica que exige de la audiencia la voluntaria suspensión del escepticismo, la inteligencia y las evidencias.
Se trata, pues, de un vehículo idóneo para transmitir una ilusión de consenso, una ilusión de verdad, una ilusión de justicia y, sobre todo, una necesidad de asentir al canon. Así pues, quien en definitiva controla el lenguaje tiene gran parte del camino allanado para imponer su voluntad. Esto es, el poder de superponer significados a los sucesos y sus actores; de, en definitiva, definir (crear) la realidad: la propia imagen y aquella de quienes sirven a esta, o de quienes se oponen a la pretensión de dominio.
Moral y concepto de verdad, justicia y derecho son, pues, apropiados y reconvertidos en breves y filosos eslóganes – que crean y explotan ansiedad moral, emocional. Sus secuestradores, autoproclamados impolutos jueces, justificadísimos ejecutores, y doctos santos de la modernidad.
Así, es como el perpetrador del crimen más infame puede convertirse en víctima y el remedo de justicia, entonces, en el arma para atacar a su oponente y en la legitimación para abusar de las definiciones. De forma que, como apuntaba Pacal Bruckner (Sufro, luego existo: La víctima como héroe), observamos que los palestinos han recuperado la estima precisamente desde la guerra de Gaza en otoño de 2023. El ataque brutal perpetrado por grupos terroristas palestinos, y del que también participaron numerosísimos civiles, y el inmediato festejo generalizado posterior en la Franja, resultaron no en su denuncia, sino en su disculpa, su justificación – cuando no, lisa y llanamente, en su elogio.
Medios de comunicación, la mano que mece la cuna
Cada vez más se observa en demasiados medios otrora, o aún, considerados “serios”, que la información que se publica no ha pasado por el esperable filtro profesional de la corroboración de fuentes y voces que se citan. Esto es, cada vez más, el medio es eso un medio, un intermediario que sólo difundo, reproduce, traduce, sin valor periodístico añadido – ni documentación, ni verificación. Algo por lo demás coherente con empresas que han abandonado o relegado tan elocuentemente la labor que dicen ejercer en favor de otra de pregonero de narrativas, propaganda y acusaciones.
De forma que, sobre la cobertura de Israel, puede decirse, con Matthew Cohen y Chuck Freilich (War by other means: the delegitimisation campaign against Israel), que “los medios de comunicación se han convertido en un componente esencial de la diplomacia y la acción militar modernas” ya que “la legitimidad de un Estado se ve afectada por las percepciones de la realidad tanto como por la realidad misma, especialmente por las imágenes generadas por la televisión y las redes sociales, que a menudo presentan una visión parcial y distorsionada”.
Repite, repite, repite
La obsesión con Israel, más allá de servir como síntoma de un antisemitismo persistente, de un activismo estulto, sirve como indicativo de la importancia que tiene la repetición sobre las audiencias.
En este sentido, Samuel Hyde, Fellow en el Jewish People Policy Institute, explicaba que la cobertura saturada crea la “ilusión de centralidad”. Esto es:
“Acostumbra al público a creer que aquello que ve con mayor frecuencia debe de ser el acontecimiento más importante del mundo. Israel deja de ser simplemente un país más entre muchos para convertirse en una especie de barómetro moral de la época: un escenario en el que se imagina que se pone a prueba y se revela la conciencia del mundo”.
Así, continuaba Hyde, el conflicto árabe-israelí ocupa un lugar peculiar y desproporcionado en el imaginario político occidental, sin parangón con conflictos que son más mortíferos o más brutales. Al punto que acaba siendo objeto de “una atención excesiva, un análisis excesivo, una disección intensa y una moralización sin igual”.
Y resaltaba que cuanto más se habla de Israel en los medios de comunicación, más parece que es lo único que importa. Cuanto más se le presenta como el actor central de un conflicto simplificado, más fácil resulta cargarlo de significado simbólico.
Esta centralidad artificiosa se logra, como ya lo sabía el infame Joseph Goebbels, mediante una práctica sencillísima. No en vano, como indicaba Richard Ohmann (Worldthink), en el período entre 1967 y 2000 se publicaron 50 artículos en medios internacionales en los que aparecían los términos «Israel» y «Estado del apartheid», mientras que entre 2001 y 2015 se publicaron 1741 artículos. Había que repetir el eslogan demonizador de turno.
O, como exponía el profesor Gil Troy (The Essential Guide to October 7 and Its Aftermath: Facts, Figures, History):
“En los primeros nueve meses tras el 7 de octubre de 2023, el New York Times publicó 6.656 artículos sobre la guerra de Gaza. Esto contrasta con los 80 artículos sobre la batalla liderada por Estados Unidos para liberar Mosul [Irak] a lo largo de nueve meses entre 2016 y 2017, los [cerca de] 198 artículos sobre la guerra de Tigray en Etiopía, que se cobró 600.000 vidas en un año, y los 5 434 artículos publicados durante los primeros 13 años de la guerra civil siria. Un análisis realizado por la inteligencia artificial reveló que, en nueve meses, se escribieron entre 50.000 y 70.000 artículos sobre Gaza en todo el mundo, frente a los 1.000 artículos sobre Mosul en el mismo periodo”.
Quizás los medios no digan – en el corto plazo – qué pensar, pero ciertamente dicen sobre qué hacerlo…
De eso va lo que Nidra Poller – según mencionaba Richard Landes (Can “The Whole World” be Wrong?) – llamaba “narrativa letal”; esto es, la facilidad con la que ciertas historias, como la de al Durah, causan impacto y lo difícil que resulta corregirlas y, mucho menos, mitigar el horror que provocan en un primer momento. Los “narradores letales” (¡cuántos de ellos hay en español disfrazados de periodistas!) cuentan este tipo de historias para despertar en el oyente un sentimiento de indignación, de odio e incluso un deseo de venganza contra el acusado.
Y es que, ampliaba Landes:
“Una vez que un periodista formula y repite la acusación, aunque solo sea como una alegación (plausible), la negación resulta poco convincente, defensiva e ineficaz”.
Se trata de “informar sobre las afirmaciones palestinas (narrativas letales) como fiables hasta que se demuestre lo contrario, mientras que se tratan las contraargumentaciones israelíes como dudosas, si no falsas, hasta que se demuestre su veracidad”.
Esta práctica volvió a utilizarse en el marco del reciente conflicto. Nada más comenzado de hecho. Entonces, se indicaba en CAMERA en Español que, aprovechando un lanzamiento fallido del grupo terrorista Yihad Islámica Palestina que cayó en el estacionamiento del hospital al-Ahli el 17 de octubre, “Hamás fabricó (disfrazado de Ministerio de Salud de Gaza) – con la ayuda de la ideológica (o mercantilista, o ambas) ‘credulidad’ de sus altavoces occidentales, predispuestos a tomar su palabra como impoluta verdad – el suceso que permitió regresar al guion habitual de hipérboles, falsificaciones, censuras y estereotipos: se pasó inmediatamente a la utilización ignorante, o interesada, de los términos “genocidio” y “limpieza étnica”, preferentemente”.
La historia de tales fraudes palestinos es amplia. Pero ello no es obstáculo para que buena parte de la corporación mediática acate cada vez la obediencia y/o conveniencia de turno.
Bret Stephens enumeraba justamente los libelos más elocuentes en su artículo Hatred of Israel and the Degradation of the West, del 20 de mayo de 2026:
“Recuerdo la historia de Muhammad al-Durrah, el niño palestino que en el año 2000 se convirtió en un símbolo mundial del martirio palestino y la perfidia israelí tras haber sido presuntamente abatido a tiros por las tropas israelíes; posteriormente, James Fallows presentó en The Atlantic un análisis detallado y concluyente de que la bala mortal no podía haber sido israelí”.
“Recuerdo la llamada «masacre de Jenín» de 2002, en la que los palestinos denunciaron la muerte de 500 personas —y luego los investigadores de las Naciones Unidas concluyeron que lo que había tenido lugar fue un combate en el que murieron al menos 52 palestinos y 23 israelíes”.
“Recuerdo el Informe Goldstone de 2009, una misión de «investigación» de las Naciones Unidas, ampliamente difundida en la prensa, que afirmaba que Israel había atacado intencionadamente a civiles palestinos como política —y luego, dos años más tarde, cuando el presidente de la misión se retractó públicamente de sus acusaciones más sensacionalistas contra Israel”.
Y remarcaba que el denominador común de estas y muchas otras historias similares es que todas ellas implican denodados esfuerzos por demostrar que los israelíes buscan deliberadamente matar a inocentes, aparentemente sin otra razón que la crueldad gratuita. Es así que, observaba, hoy en día “hay millones de personas en todo el mundo que, con una considerable ayuda de los medios de comunicación y del mundo académico, se han convencido a sí mismas de que la principal, si no la única, causa de la injusticia en Oriente Medio e incluso en el mundo es la ocupación israelí de partes de Cisjordania y Gaza”.
A la luz de todo esto deben entenderse los ominosos números que presentaba el Jerusalem Post el 14 de junio de 2026 sobre el antisemitismo en español. Esta estadística debería generar bochorno y debate en las sociedades, pero por ahora sólo provoca un orgullo como de vanguardia patológica:
“El nivel de antisemitismo en línea en español fue mucho mayor el año pasado que antes del 7 de octubre de 2023, según reveló el nuevo informe anual «Antisemitismo en línea 2025», elaborado por el Observatorio de la Web”.
“El informe se basó en el análisis de más de 118 millones de contenidos, principalmente en español, recopilados en siete plataformas digitales.
Se constató que el contenido antisemita alcanzó su nivel más alto en X, donde el odio hacia los judíos representó el 20,68 % de todo el contenido analizado. España registró la mayor cantidad de contenido antisemita, seguida de Uruguay, Colombia y México, por este orden.
A continuación, se situó Facebook, donde el 14,98 % de los comentarios analizados se clasificaron como antisemitas, lo que convirtió a 2025 en el año con la mayor proporción de antisemitismo en Facebook desde que comenzó la recopilación de datos”.
Ello es facilitado y, a su vez, facilita la actividad- a la manera de un circuito de retroalimentación – de lo que parecen teclas de una misma máquina de escribir: uno tras otro, medios, oenegés y la ONU, aparentan ser pulsados por intereses de terceros países para elaborar el constante enjuagado de la audiencia con la propaganda reconfiguradora de opiniones, de realidades; de culpabilidad: Israel lo hizo.
Viscoso círculo vicioso
En War by other means: the delegitimisation campaign against Israel, Matthew Cohen y Chuck Freilich subrayaban que los medios de comunicación internacionales aceptan sin más, como tantas veces se ha dado cuenta en CAMERA, muchos informes críticos con Israel sin investigarlos a fondo, mientras que las escasas rectificaciones llegan demasiado tarde para contrarrestar el daño causado a la imagen de Israel.
Los académicos daban entonces cuenta esquemática del círculo vicioso que vincula a activistas y líderes palestinos, a ONG y la ONU; y que el periodismo amplifica:
“Con el paso del tiempo, los activistas a favor de la deslegitimación han creado un patrón de actuación que ha resultado muy eficaz a la hora de dañar la reputación de Israel, con el objetivo de limitar su derecho a hacer uso de la fuerza. Cuando Israel recurre a la fuerza militar, las ONG condenan los ataques israelíes y exigen una investigación exhaustiva [a la vez que ellas mismas emiten “informes” sesgados]”.
“A continuación, la ONU pone en marcha una investigación, normalmente bajo los auspicios del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y a menudo a cargo de investigadores conocidos por su postura crítica hacia Israel. Una vez publicados, los informes de investigación recogen críticas mordaces contra Israel, acompañadas de informes de las ONG sobre presuntos crímenes de guerra israelíes. Los informes negativos de las ONG y de la ONU han dado lugar a una situación en la que las acciones y los motivos militares israelíes son, de partida, objeto de sospecha”.
“… Las operaciones contra Hamás en Gaza, en 2008, 2012 y 2014, lanzadas tras el recrudecimiento de los ataques con cohetes, son ejemplos claros de ello. En los tres casos, las ONG y los organismos de la ONU condenaron las acciones israelíes como violaciones del derecho internacional y crímenes de guerra antes de que concluyeran las hostilidades o se iniciaran las investigaciones.
Estas acusaciones, que tuvieron una amplia difusión en los medios de comunicación, resultaron útiles para limitar la libertad de acción militar de Israel…”.
“En cada caso, con el apoyo de diversas ONG, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas inició investigaciones sobre las acciones israelíes antes de que Israel tuviera la oportunidad de llevar a cabo las suyas propias. Las investigaciones contravenían así el procedimiento habitual para abordar los crímenes de guerra, según el cual se permite a los países investigar posibles violaciones en el marco de sus propios sistemas jurídicos, y los organismos internacionales, como el mencionado Consejo, solo llevan a cabo investigaciones si el país no puede o no quiere hacerlo”.
Ello allana notablemente el camino a la antes mencionada desvinculación moral: la suspensión o activación selectiva de la del mecanismo de autoregulador de sanciones morales.
Desconectados de los valores occidentales
«Para que el mal triunfe se necesita que mucha gente buena haga un poco de mal, sin implicarse moralmente y con indiferencia ante el sufrimiento humano que provocan colectivamente». Alberta Bandura reformulaba (Selective Moral Disengagement in the Exercise of Moral Agency) así la frase harto reproducida de Edmundo Burke
“Había en ellos algo abominable que hacía que su exterminio pareciese casi un deber, y Johansen manifiesta una auténtica sorpresa ante la acusación de crueldad lanzada contra su grupo durante el curso de la encuesta judicial”. H. P. Lovecraft, La llamada de Cthulhu.
El destacado psicólogo Albert Bandura, que fuera profesor en la Universidad de Stanford, indicaba en su texto Selective Moral Disengagement in the Exercise of Moral Agency que la activación y la suspensión selectivas de las auto-sanciones permiten que personas con los mismos criterios morales adopten distintos tipos de conducta. Respecto de la suspensión, especificaba que puede centrarse en redefinir una conducta perjudicial como honorable mediante una justificación moral,
En otro de sus trabajos (Moral Disengagement) agregaba que a través de la justificación moral, las personas “se ven a sí mismas como defensoras de valores apreciados, luchadores contra opresores despiadados, guardianes de la paz y salvadores de la humanidad frente a la subyugación”, ya que la justificación moral, explicaba, implica un compromiso moral ferviente con una “causa noble” – auto percibiéndose como “agentes morales” -, pero una desconexión moral respecto a su ejecución perjudicial y destructiva. Y destacaba que la forma en que se percibe un comportamiento viene condicionada por aquello con lo que se compara.
De ahí el imperativo ineludible de elaborar un judío, un sionista, un Israel desmesuradamente perverso. Y de lo que cabe preguntarse por los comportamientos que tienen en mente quienes alientan y promueven tal desfiguración de la realidad, ese espejo invertido tan monstruoso que, parafraseando a Bandura, redefine cognitivamente la moralidad del antisemitismo/antisionismo – normalizándolo y ennobleciéndolo -, de manera que pueden ejercerse libre de auto censura. “Lo que fuera moralmente reprobable se convierte en una fuente de autoestima”, sintetizaba el psicólogo.
Justificado, dignificado el comportamiento infame, se abona evidente y consecuentemente el camino a la exclusión moral. Esto es, aquella circunstancia en la que, como describía la Dra. en psicología Susan Opotow (a Moral Exclusion and Injustice: An Introduction), se percibe a ciertas personas o grupos como ajenos al ámbito en el que se aplican los valores morales, las normas y las consideraciones de equidad; y, por consiguiente, causarles daño parece aceptable, adecuado o justo.
A su vez, advertía que, a medida que el conflicto se agrava, y dado que las restricciones morales sobre el comportamiento son débiles para quienes se encuentran fuera del ámbito de la justicia, los que quedan al margen corren un peligro cada vez mayor.
Optow ampliaba la explicación sobre este fenómeno exponiendo que:
“Por un lado, los individuos interiorizan el orden social imperante, reestructuran sus percepciones acerca de los demás, reconfiguran su comunidad moral y manifiestan síntomas de exclusión moral, como la deshumanización, la culpabilización de las víctimas, el distanciamiento psicológico y la condescendencia. Por otro lado, la exclusión moral surge de los propios individuos; sus actitudes y comportamientos reestructuran el orden social, redefiniendo los derechos de los grupos, reduciendo el alcance de la justicia y reforzando las distorsiones perceptivas que les dieron origen”.
A propósito de la culpabilización de las víctimas y el distanciamiento psicológico, es interesante recuperar lo que señalaba Bandara:
“Otras formas de debilitar el control moral consisten en minimizar, ignorar o distorsionar los efectos de las propias acciones. […] Si la minimización no funciona, se puede desacreditar la evidencia del daño”.
Ahí entraba ni más ni menos que toda una relatora de las Naciones Unidas, la infame antisemita Francesca Albanese, a fabricar, legitimar y/o aumentar el descrédito de las violaciones masivas a las que se abocó el culto genocida Hamás el 7 de octubre de 2023. Ignominia ineludible, la de ignorar, minimizar y distorsionar los crímenes islamistas, para que no se active la auto cesura, el bochorno moral de los estúpidos útiles y los propagandistas de Hamás, la República Islámica, Catar y los Hermanos Musulmanes.
Después de todo, como decía Bandura, es más fácil dañar a otros cuando su sufrimiento no es visible.
Desconexión moral en acción
Es de esta manera, pues, proseguía Bandura, se culpa a las víctimas de ser las responsables de su propio sufrimiento. O, dicho de otra manera, es posible exonerarse a uno mismo considerando que la propia conducta perjudicial fue provocada por circunstancias imperiosas, en lugar de considerarla una decisión personal.
El ataque islamista contra Israel iniciado el 7 de octubre de 2023 – Hamás, Hizbulá, República Islámica, hutíes, Yihad Islámica palestina, milicias iraquíes apoyadas por Teherán – precisó de una esmerada coreografía de bajezas, estulticias y conveniencias para invertir las causalidades, para maquillar, cuando no desaparecer, los crímenes de estos actores. Una coreografía ejecutada por demasiados medios de comunicación, ONG, gobiernos occidentales, personalidades, académicos y entes internacionales.
De manera que tras la masacre del 7/10, como describíaa Lev Topor (Terrorism denial: 7/10 and the reasons to deny a pogrom), Hamás y sus simpatizantes emprendieron una campaña de negación y tergiversación. “Esta campaña consistió en restar importancia a las atrocidades cometidas, culpar a Israel de la violencia y difundir información falsa a través de las redes sociales y otros canales. El objetivo de estas tácticas era mantener el apoyo entre su base y la legitimidad ante la comunidad internacional en general. Al mismo tiempo, Hamás promocionó el atentado a través de diversos canales, en particular los canales de Telegram”.
En este sentido, el Jerusalem Post daba a conocer en junio de 2025 que manifestantes propalestinos compararon Gaza con un campo de concentración y culparon a las víctimas del Festival de Música Nova de la masacre perpetrada por Hamás que tuvo lugar allí durante el ataque del 7 de octubre:
«El 7 de octubre, en el Festival de Música Nova, también conocido como el lugar donde los sionistas decidieron celebrar una rave junto a un campo de concentración. Eso es exactamente lo que era este festival de música. Es como celebrar una rave justo al lado de las cámaras de gas durante el Holocausto».
Merece la pena recordar aquí las palabras de Bruckner:
“Considerarse objeto de un nuevo holocausto permite dirigir sobre su caso el proyector más potente”. “
“Judaizar a los palestinos es nazificar inmediatamente a los israelíes y destituir a aquellos judíos que no se arrepienten públicamente de Israel…”.
Y para convertir a los palestinos en víctimas impermeables a la realidad, refractarias a sus propias acciones, era menester borrar la barbarie de Hamás y sus aliados y financistas para que los israelíes no fuesen percibidos como víctimas – incluso, podría decirse sin temor a caer en la exageración, como humanos. Así fue que el feminismo occidental, tan expresivo, calló bochornosamente ante las masivas y brutales violaciones contra sus pares de Israel – que en definitiva es una forma de señalizar que el “MeToo” tan coreado, no significaba nada más que un oportunismo cismático aplicado contra las sociedades occidentales.
Pero no por menos anunciado, resultó llamativo esta cómplice censura y negación de las violaciones perpetradas por Hamás como un método de terror.
A pesar de la documentación sobre las atrocidades sexuales contra mujeres y también contra hombres, los negacionistas del comportamiento depredador de Hamás, Yihad Islámica y una notoria cantidad de civiles palestinos, no tuvieron ni escrúpulos ni vergüenza ni mayores obstáculos para imponer su silencio.
Una de las notorias negacionistas – esto es, cómplice de los perpetradores – es la ya mencionada Francesc Albanese. Esto decía en julio de 2025 la abyecta propagandista, justificadora, portavoz del horror:
“Mira, hay diferentes puntos de vista sobre lo que ocurrió el 7 de octubre, pero la cuestión es que la violencia de ese día, que fue brutal para los israelíes, también estuvo acompañada de… inventos, como las violaciones masivas y otras historias de terror.
[…]
A veces veo a políticos y periodistas que repiten mentiras, pero ¿qué sentido tiene hablar de violaciones masivas? No hay pruebas de que se hayan producido violaciones”.
Ello no impide – por el contrario, parece darle más crédito – que la amplia mayoría de medios la utilice como fuente de información autorizada y la cite sin atisbo de corroboración. Ahí radica el ciclo, y su lógica, de la imposición de la fabricación.
“Justa” injusticia
En su novela Justicia, Friedrich Dürrenmatt iniciaba la narración con un crimen indiscutible y una sentencia por demás lógica. La trama parecía concluida ni bien comenzada. Mas, por obra de motivados rumores, maniobras, informes y utilización de abundantes e inevitablemente contradictorios testimonios, lo claro pasaba al plano de la duda, de lo incierto y, finalmente, de lo opuesto: la anulación de la pena al culpable.
Ahí está ahora el corifeo de voces ayudando a la mano de la infamia contra los hechos y la razón: en forma de informes – ad hoc, autorreferenciales y que beben de la propaganda de los propios grupos terroristas – de la sumisa ONU y de numerosísimas ONG; simulando crónicas periodísticas o análisis de “expertos”; y, tantas veces, como suicida activismo o pecuniaria entrega. Pretendiendo un afán de justicia, de “derecho internacional”, que no busca, precisamente, su implementación, sino, por el contrario, su exclusión de los asuntos de los que trata; que a lo sumo busca reducirlos a coartada, a disfraz de autoridad: esto es, su rebaja a farsa y trágico artilugio para excusar los crímenes (presentes o futuros) de quienes invocan esos principios.
“El asesino se ha transformado en un inocente corderito. A ello se suma el que haya sido un crimen popular, que a más de uno le vino muy a propósito…”, además, “la inocencia de Kohler [el indudable asesino] sería un bálsamo para muchas heridas”, escribía el genial Dürrenmatt.
Nada nuevo. La historia no se repetirá, pero la estupidez sí; y los mecanismos y tics del fanatismo, también:
“Algún fanático del populacho gritó que Jean Calas había ahorcado a su propio hijo… Ese grito, repetido, se hizo unánime en un momento…; un momento después ya nadie lo puso en duda: toda la ciudad quedó convencida…”. decía Voltaire en su Tratado sobre la tolerancia.