“Interseccionalidad” a través de la mirada de Pascal Bruckner: victimistas y antisemitas

El odio de Israel es el afrodisíaco más potente del mundo árabe”, Hasán II de

Antes de afilar los cuchillos se declaran víctimas para obtener la absolución”, Pascal Bruckner

Si algo surge de la lectura del último libro del escritor y filósofo francés Pascal Bruckner, “Sufro, luego existo: La víctima como héroe”, es que la famosa interseccionalidad está zurcida con el hilo del victimismo, y que da, antes bien, cuenta de una estructura de justificaciones cruzadas de privilegio, violencia y discriminación, con la coartada de la justicia social y la reparación de presentes y pasados agravios. Porque, sí, el sufrimiento es un mal, pero “es también una renta que se puede hacer fructificar”: “Declararse víctima es dotarse del doble poder de incriminación y de reclamación”.

En la misma línea de lo que expusiera Thomas Sowell en su libro The vision of the anointed – la “visión de los ungidos”: una visión, predominante en nuestros días que ofrece “un estado especial de gracia para quienes creen en ella. Quienes aceptan esta visión no solo se consideran correctos desde el punto de vista factual, sino también moralmente superiores”. Como los “ungidos” se postulan como encarnación del bien, hacen hincapié “en su ‘compasión’ por los menos afortunados, su ‘preocupación’ por el medio ambiente y su postura ‘antibelicista’, como si estas fueran características que los distinguen de las personas con opiniones contrarias”.

Brucker, quien además es un notabilísimo escritor – su novela Luna de hiel fue llevada al cine por Roman Polanski –, pertenece a la corriente o grupo de los llamados “nuevos filósofos”, junto, ni más ni menos, que a Alain Finkielkraut, André Glucksman o Bernard-Henri Lévy. Esta corriente rechaza fundamentalmente el dogmatismo ideológico y los totalitarismos comunistas; es breve, el culto ciego de la izquierda al poder.

Se trata de un poder que, antes que los héroes sancionados, precisa de una amplia base de víctimas elevadas a tal estatuto; esto es, de seres a los que “salvaguardar” – de terceros, de sí mismos y a unos de otros -, y de agravios que vindicar o, en su caso, conjurar perpetuamente. Ni más ni menos que la consabida victimización; que, como decía Brucker, no es otra cosa que “una identidad narrativa que nosotros nos atribuimos y que esperamos que los otros nos confirmen”. O, puesto de otra manera, “una patología del reconocimiento, la voluntad de ser identificado sin tener que presentarse”. Y, cabría añadir, sin tener que hacer más que mímica fácil de ciertos gestos, de ciertos pronunciamientos.

Mas, hasta aquí, no pasaría de una indolencia afectivo-política, por llamarla de alguna manera. Pero el problema es que, como bien explicaba Bruckner, no se trata de una mera performance, sino de una estrategia ideológica:

“El victimismo es un belicismo: cuanto más se compadece uno por su caso, más justificado se siente para castigar a quienes se designa como enemigos”.

Y es que el “oprimido tiene todos los derechos, incluido el de liberarse de las reglas elementales de la decencia humana”; esto es, la condición de víctima supone una aureola compuesta de todas las virtudes. Hamás se erigió en prueba brutal de ello el 7 de octubre de 2023. Quizás por ello buena parte de la izquierda extrema – y la que presumía de ser más moderada – se afanan por negarlo, por sumirlo en el olvido o la duda: al cordero no tiene que escuchársele la retórica exterminadora, ni notársele el armamento ni los civiles dispuestos como protección y ofrenda propagandística.

Así pues, notaba Bruckner, paradójicamente los palestinos han recuperado la estima desde la guerra de Gaza en octubre de 2023. Acaso porque, censurado el terrorismo, las violaciones en masa, la doctrina brutal de los grupos extremistas palestinos, “uno puede sumarse a la gran tribu de los estigmatizados por contagio, por contigüidad, por solidaridad con los oprimidos debidamente registrados”. Esto es, por mímesis con la propia creación de aquellos occidentales que buscan esa fraudulenta igualdad.

Para lograr convertir en víctima a quienes no lo son, y en verdugos absolutos a su necesaria contracara, “tanto hoy como ayer – escribía Bruckner – es el referente nazi al que se alude incansablemente, el vocabulario de la Segunda Guerra Mundial es reciclado hasta la náusea a propósito de cualquier tema. Lo mismo se produce en la izquierda con los grupos llamados ‘antifascista’», esos fascistas al revés, que se lían a mamporros con cualquiera que les desagrada”.

Doble función cumple esta infamia: por un lado, exorciza los crímenes de tanto antepasado reciente europeo, y, por el otro, como explicaba el filósofo francés, si el adversario es un nazi, ello convierte a su “víctima” en un “refugiado” superlativo, en un maldito elevado al cuadrado. Y es que, “de manera general, para que una causa pase a la opinión pública, hay que ofrecer de sí una visión lamentable, aunque solo sea para ganarse sus simpatías”. La hipérbole es la norma. La invención, la “realidad”.

Así, “los judíos de Israel cada vez que cometen crímenes – y los cometen como todos los Estados— no pueden perpetrar más que genocidios. Judaizar a los palestinos es nazificar inmediatamente a los israelíes y destituir a aquellos judíos que no se arrepienten públicamente de Israel”.

Bruckner entonces decía:

“Ya no es del olvido de donde hay que arrancar Auschwitz, sino de su secuestro por los piratas de la memoria. El antisemita de hoy comienza por denunciar el antisemitismo para restablecerlo a continuación con todos sus derechos bajo el nombre de antisionismo… En una cierta mitología progresista, el palestino es nuestro último buen salvaje, inocente incluso cuando mata y degüella. Es el gran icono cristiano cuyo proceso de beatificación dura desde hace cincuenta años. Pero se presta a esta causa un muy mal servicio al someterla al islam radical – aunque la suerte de la población civil en Gaza sea atroz…”

Y agregaba que considerarse objeto de un nuevo holocausto permite dirigir sobre su caso el proyector más potente – y convierte al judío en el rival a batir, en un “usurpador” emocional. De ahí la recurrente acusación a Israel de “genocidio”, “limpieza étnica”, “crímenes contra la humanidad” – bastaba que fuese repetida ampliamente para que pasara por certeza.

Interseccionalidad, entonces, sí; pero en tanto confluencia de la izquierda doctrinaria, el islamismo, la ultraderecha y los oportunistas habituales que encuentran en el victimismo y, sobre todo, en el antisemitismo, el hilo que une y disimula las aristas particulares.

El hilo tenaz es obvio, pero, como decía el antes mencionado André Glucksmann – Occidente contra Occidente -, Occidente anda abocado, no a una “vulgar ceguera del espíritu, sino [a] algo peor, un arte positivo y metódico para reventarse mentalmente los ojos”.

Comments are closed.