Sin contexto, las declaraciones y los hechos son apenas instantes inconexos que, no permitiendo, su comprensión, autorizan prácticamente cualquier interpretación. Porque sin contexto, no parece haber mucho más sentido que el que dicte el capricho, la conveniencia o el ánimo del momento.
El 4 de marzo de 2026, la agencia de noticias española Europa Press decía, en una crónica titulada “Irán amenaza con atacar embajadas de Israel en el mundo si el Ejército israelí bombardea su legación en Líbano”, que el portavoz de las Fuerzas Armadas de Irán, el general Abolfazl Shekarchi había declarado:
“Si el régimen sionista comete un crimen así y ataca la embajada iraní en Líbano, nos obligará a considerar a todas las embajadas israelíes en el mundo como objetivos legítimos y definitivamente tomares medidas de represalia”.
Pero la agencia, dando a conocer la amenaza, y el cinismo del militar iraní, olvidaba algo sumamente relevante.
El sitio de la Embajada de Israel en Argentina que recuerda el atentado contra dicha legación el 17 de marzo de 1992. Ese día, “la Jihad islámica, brazo armado de la organización terrorista Hezbollah [proxy iraní], estrelló una camioneta Ford F-100 contra el edificio de la Embajada de Israel en Argentina, que se ubicaba en las intersecciones de las calles Arroyo y Suipacha de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”.
El analista Matthew Levitt añadía que en su reivindicación del atentado, el grupo terrorista aludió, como motivo, al líder de Hizbulá, Abbas Moussawi y a su hijo, ambos muertos en un ataque aéreo israelí contra su coche el 16 de febrero de 1992. Ya en su entierro, el líder Jeque Mohamed Hussein Fadlallah había prometido venganza.
Pero faltaba algo más. Y el propio Levitt lo explicaba:
“… la rapidez con la que se llevó a cabo la operación resulta más fácil de comprender si se tiene en cuenta la evidencia de que Irán decidió llevar a cabo una operación en Argentina mucho antes de que Moussawi fuera abatido. Mohsen Rabbani, un agente iraní con base en Buenos Aires que desempeñaría un papel clave en el atentado, pasó diez meses en Irán, entre enero y diciembre de 1991. Según el fiscal argentino Alberto Nisman, Hezbolá utilizó el asesinato de Moussawi para justificar el atentado contra la embajada ante sus seguidores, pero el ataque se llevó a cabo a instancias de Teherán en respuesta a la suspensión de la cooperación nuclear de Argentina con Irán”.
De hecho, en el fallo de la Cámara Federal de Casación Penal (CFP 9.789/2000/TO1/CFC3) se apunta que “personal de inteligencia informó a los presentes que un disidente iraní – Motamer Manucher -, refugiado en la República Bolivariana de Venezuela, había involucrado en el atentado a los diplomáticos iraníes Abbas Zarrabi Khorasani, Mahvash Mousef Gholamereza, Falfasi Ahmas Allameh y Asghari Ahmad Reza, vinculados a su vez con el anterior ataque consumado en 1992 contra la embajada de Israel en la República Argentina, indicando que se encontraban en territorio nacional”.
Y en otra parte:
“… la ex S.I.D.E. [agencia argentina de inteligencia] informó al exjuez Galeano que surgieron fuertes sospechas respecto de Moshen Rabbani (attaché cultural de la embajada de la República Islámica de Irán en la Argentina), al que se lo investigaba -desde el año 1993 – por su vinculación con el atentado a la embajada de Israel…”.
En un artículo publicado por Chatham House sobre las presentes posibilidades de desarme del grupo terrorista libanés, se señalaba precisamente que Hizbulá “Pero no puede entregar sus armas ni utilizarlas contra Israel de forma significativa sin la autorización explícita de sus amos en Teherán”.
En breve, ¿nada de esto es relevante cuando un militar del régimen de los ayatolás amenaza embajadas israelíes, cuando la penetración de Hizbulá alrededor del mundo, facilitada por Irán, es sustancial?
Más sucintamente aún: Hizbulá es parte de la Guardia Revolucionaria de la República Islámica.