Juan Antonio Marina sostenía que cuando un problema se moraliza, se vuelve más difícil de resolver, porque las reglas morales pueden dar lugar a unos valores ‘sagrados’ que excluyen cualquier comparación o compromiso. El conflicto de organizaciones islamistas y países de la región de mayoría musulmana con Israel históricamente no ha admitido, precisamente, ningún compromiso: ningún acuerdo que supusiera la supervivencia de Israel y la existencia de un estado árabe contiguo. La solución del mismo pasaba por la eliminación de Israel. Para Hamás (financiado principalmente por Catar), Hizbulá y la república islámica la resolución pasa por ese desenlace. Y, para ello, los hechos se subordinan a la necesidad. Actividad en la cual tantos medios de comunicación occidentales prestan una inestimable labor – voluntaria o inconscientemente, lo mismo da.
Por ello, “no se toma la realidad tal como es, … sino que se la toma como aquello que debería ser [acaso, sería más acertado decir lo que conviene que sea]. Donde esa metafísica de la realidad se une con la constatación de una necesidad política [ideológica] concreta, surge un pensamiento político-milenarista”, como remarcaba el teólogo Dietrich Bonhoeffe, citado por José Alemany (Implicaciones recíprocas de realidad y verdad en la ética bonhoefferiana).
Moralidad y viralidad
Y una vez que se adquiere la convicción íntima de ser los ‘buenos’, puntualizaba Rafael Sánchez Ferlosio, la conciencia moral queda cegada para el examen de cada nueva acción que se presenta; las acciones de los ‘buenos’ serán, a partir de entonces, indefectiblemente buenas a causa de la previa definición y autoconvicción de los sujetos, y no por su propia cualidad.
No en vano, explicaban William Brady, Ana Gantman, Jay Van Bavel (Attentional Capture Helps Explain Why Moral and Emotional Content Go Viral), “varios estudios recientes han descubierto que las comunicaciones en las redes sociales que contienen expresiones de moralidad y emoción se asocian sistemáticamente con una mayor viralidad en el contexto del discurso moral y político”.
Y añadían que los estímulos morales son relevantes desde el punto de vista motivacional porque la moralidad cumple numerosos objetivos, entre ellos la necesidad de pertenecer a grupos sociales y la necesidad de creer en un mundo “justo”; y hay pruebas de que los estímulos morales captan más la atención que los estímulos no morales. Por ello, a la hora de formarse una opinión sobre las personas y los grupos, el carácter moral es una de las dimensiones principales a las que prestan atención las personas.
Además, si ese grupo de personas ha sido histórica y sostenidamente delimitada por un marco ‘moral’ negativo, parece lógico inferir que su utilización como engrudo para la obnubilación, la obediencia y la acción, será de sencillo trámite para los propagandistas de turno.
Por su parte, los académicos explicaban que los términos emocionales se identifican más fácilmente que las palabras neutras, especialmente en condiciones de recursos atencionales limitados. “Además, los estímulos emocionales pueden captar la atención de forma automática. Por lo tanto, estos estímulos pueden moldear la experiencia perceptiva al reducir los umbrales de captación de la atención, lo que lleva a las personas a percibir [preferentemente] el contenido emocional”.
Vale la pena en este punto retomar a Ferlosio (Palabras…), que describía al fanatismo precisamente como una enfermedad de la palabra, “una especie de inflación absolutista de los significados”. Así, los términos son armas contra el ‘otro’ – vaciados de su significado original y rellenados con la adulteración de evidencias oportunos –, mientas que ‘uno’ (‘nosotros’) y los aliados ocasionales quedan fuera de esa jurisprudencia chabacana, de esa “significación adaptada a un receptor determinado” – que evidentemente ya no es una verdadera significación, es -aparte de un instrumento autoritario – un vil sucedáneo, vacío de toda virtud cognoscitiva”.
Los resultados de las investigaciones de Brady et al sugerían justamente que tanto el contenido moral como el emocional, se priorizan de manera bastante similar (en todo caso, el contenido emocional puede tener una ligera ventaja). El motivo de ello, avanzaban, es que “el lenguaje moral y emocional puede ser percibido por los demás como más revelador de sus opiniones, lo que hace que un argumento sea más persuasivo o más urgente que otro contenido, y esto también puede conducir a mayores tasas de reposteo [en redes sociales]”. A su vez, este mayor intercambio podría aumentar el potencial de captura de la atención del contenido moral y emocional. “De hecho, hay estudios que sugieren que las personas se involucran más con el contenido una vez que observan que es popular (es decir, cuando otras personas ya se han involucrado con él)”.
Occidente contra Occidente
Más allá de la celeridad y de la superficial repetición que facilitan las redes sociales, existe una labor de socavamiento de valores y seguridades que precede en mucho a la existencia de esta tecnología.
En Consilience, Edward Osborne Wilson explicaba que los posmodernistas filosóficos cuestionan los fundamentos mismos de la ciencia y la filosofía tradicional. De manera que la realidad, según proponen, es un estado construido por la mente, no percibido por ella. “En su versión más extravagante, no existe una realidad ‘real’, ni verdades objetivas externas a la actividad mental, sino solo versiones predominantes difundidas por los grupos sociales dominantes”, ampliaba. Tampoco la ética, por tanto, “puede tener una base sólida, dado que cada sociedad crea sus propios códigos en beneficio de las mismas fuerzas opresoras”.
El resultado actual es el de una festejada chapuza, de bajeza vestida de “justicia social” y “altivez ideológica”, siempre y cuando este envilecido pastiche de fabricaciones y distorsiones sea el de ese mayestático “nosotros”. Esto es un ejemplo de tantos que pueden encontrarse en los diversos análisis de CAMERA:

Es el simulacro constante de la moral, la política, la justicia; que no es otra cosa que “la liquidación de todos los referentes”, como proponía Jean Baudrillard en Cultura y simulacro. La simulación – continuaba este autor – cuestiona precisamente la diferencia de lo verdadero y de lo falso, de lo «real» y de lo imaginario. Así, concluía, la problemática que la simulación plantea reside en que la verdad, la referencia, la causa objetiva, han dejado de existir definitivamente: “La simulación se caracteriza por la precesión del modelo, de todos los modelos, sobre el más mínimo de los hechos —la presencia del modelo es anterior”. De forma que “los hechos no tienen ya su propia trayectoria, sino que nacen en la intersección de los modelos [y los intereses]”.
De ahí que, por ejemplo, para acusar a un estado de un crimen contra la humanidad, diversas ONG, entes internacionales y los papirotes mediáticos pisoteen las definiciones existentes e impongan las sentencias preestablecidas que les dictan los interesados en macular imágenes, en rebajar a sus opositores, sus enemigos; en crear “realidad”.
Este relativismo cultural, moral, comentaba Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad, “ha conseguido imponerse en una época muy sensible al igualitarismo, porque tiene todas las apariencias de ser la posición más igualitaria, justa, democrática, pluralista, tolerante y humana, ya que otorga el mismo valor a los débiles y a los fuertes, rechaza toda jerarquía de valores, y niega la inferioridad y superioridad de los pueblos como prejuicios etnocéntricos y racistas”. Ello, esclarecía, ha tenido éxito sobre todo entre los “tercermundistas” y los “revolucionarios anticolonialistas” porque termina con la preponderancia del “hombre blanco”. Lo escribía en 1991 y sigue tan vigente, o más, que entonces: hoy, los islamistas y sus cómplices, y totalitarios y populistas de diverso cuño, se sirven de esta desfiguración de la realidad para imponer cínicamente sus modelos absolutistas.
Sebreli llamaba la atención sobre el hecho de que “bajo la atractiva apariencia justiciera, el relativismo cultural oculta una serie de antinomias: el supuesto pluralismo no es sino una pluralidad de etnocentrismos; la tolerancia significa tolerar a los intolerantes; el igualitarismo, aceptar a los que sostienen la desigualdad; la libertad, dejar libre a los liberticidas; el pacifismo, fortalecer a los belicistas; el respeto incondicionado por los otros, respetar a los que no respetan al otro”. De ese modo se llega a la actitud contradictoria de aceptar en las culturas ajenas los prejuicios que se desacreditan en la propia.
Así, abundan los “bondadosos, candorosos artistas, escritores, pensadores, científicos que, en nombre de la paz, la tolerancia y la igualdad entre los pueblos”, predican el “multiculturalismo” sin advertir que “son funcionales a los intereses de ideólogos y políticos fanáticos y belicistas, que destruyen cuando pueden a sus adversarios y, por cierto, no creen en el relativismo cultural”.
Otros tantos, en cambio, saben muy bien para qué, y sobre todo para quién, promueven el engaño con pretensiones de revelación histórico-mística, de justicia total y definitiva que canoniza todas sus necesidades y muy especialmente su “moral” miope, obediente e implacable: dogma central y centrífugo, el dispositivo que ciega y, así, recluye a los creyentes y expulsa a los “heresiarcas”; porque el dogmatismo, como argumentaba José Antonio Marina, es una actitud cognitiva que se inmuniza contra la crítica, porque piensa que posee la verdad absoluta y que esa verdad merece un estatuto especial frente a todas las doctrinas falsas. El fanatismo añade a eso la vehemencia pasional: porque “esta absolutamente seguro de algo que no se sabe es la definición de prejuicio”; porque va acompañado de un mecanismo de defensa claramente patógeno, esto es, la percepción exclusiva de la información que lo confirma, y no la que lo invalida – hecho que lo blinda contra las evidencias que podrían forzar a cambiar de idea.
Creer y opinar… pero “correctamente”
Todo parece dirigirse a imponer los eslóganes y las etiquetas que, degradando, denigrando al “otro”, enaltecen al “nosotros” – sirviendo así, además, para presentar benévolamente, o cuanto menos, como ideología inofensiva, por ejemplo al islamismo (una suerte de reacción defensiva al “colonialismo”). Ni más ni menos que lo que Ferlosio (Babel…) llamaba “farisaísmo”: construir el sentimiento de la propia bondad sobre la maldad ajena – lo cual, añadía, es pura y simplemente una depauperación total de la propia conciencia.
En definitiva,lo que se implanta es una creencia, porque, según Marina, estas son marcadores sociales que señalan la pertenencia a un grupo. Y, advertía el filósofo, cuando se forman coaliciones, el deseo individual de alcanzar la verdad se debilita. Es más, “las mentiras pueden interpretarse como una demostración de lealtad”.
En tal contexto rebajado al sócalo de los caprichos de los mediocres, a los intereses de los espabilados y el coto de los inescrupulosos, reina la idea de que, como notaba Marina entre tantos, la opinión de cualquiera vale lo mismo que la del experto, e incluso más – de hecho, cualquiera es “experto” en la primicia de turno.
Claro que, “si todas las opiniones valen lo mismo, si su contenido no sirve para evaluarlas, el único criterio para hacerlo será el poder”…
El poder de los coreógrafos de la propaganda, de los “sacerdotes morales”. El poder de Hamás, Hizbulá, la República Islámica, Catar, los Hermanos Musulmanes ejercido mediáticamente por inocentes estultos, por arribistas y antisemitas de amplio espectro. Las redes, amén de ser utilizadas por estos actores, los revela cabalmente: no son reyes, pero están igualmente desnudos de disimulo y dignidad. A esta altura, principalmente cree el que quiere creer.