“‘Ahora, señores abogados, para acelerar el procedimiento, vamos a prescindir de las pruebas y pasar directamente a la sentencia’. Juez posmoderno apresurado”. José Antonio Marina, La vacuna contra la insensatez
La “causa” palestina es el envoltorio ameno del islamismo para su aceptación en occidente. Basta un vistazo a las manifestaciones pretendidamente pro palestinas, a sus eslóganes, a sus lapsus de sinceridad, a sus muestras de poder numerario. Basta remitirse a las prácticamente nulas coberturas sobre el trato que han recibido y reciben los palestinos por parte de sirios, jordanos o libaneses – ni que decir, por sus propios líderes billonarios y oscurantistas. Ni hablar del escaso, con suerte, eco mediático de la situación de los yazidíes, drusos, kurdos o uigures.
Y es que en ninguno de estos casos sirven para convocar una entrega fanática y, sobre todo, ciega y sorda. Y es que la “causa” palestina es utilizada como trasunto transcultural de un código cultural común: el antisemitismo. Esto es, la pervivencia de una mentalidad para la cual el judío, y lo judío, está invariablemente relacionado con lo ilegítimo, lo poluto y lo criminal.
De manera tal que los Hermanos Musulmanes – con el apoyo fundamental de Catar -, los ayatolás iraníes o Erdogán, no han tenido que hacer mucho más que ofrecer dinero y traficar con la propaganda habitual para hacer más digerible su versión de islamismo para exportación. El resto lo han hecho principalmente las izquierdas occidentales y su afán por hacer pasar su incapacidad, sus resentimientos, su estupidez, por el pedestal moral sobre el que asientan el disimulo de su corrupción.
Sus cómplices mediáticos son bots apenas más sofisticados, difundidores y viralizadores; son tantísimas ONG y “periodistas” (a esta altura, si se quiere, periobots), la secuestrada ONU y más de un gobierno o político oportunista o entregado. Porque, qué, sino una suerte de granjas de bots y asentimiento han devenido medios como El País o el grupo Vocento o, entre muchos otros, o el ente de radio y televisión español: amplificadores mansos del mensaje que, envuelto en el gastado embalaje del periodismo, ofrece el diario alimento de ideología y fanatismo para sus audiencias; confina a la realidad a su pobre representación necesaria, es decir, la suprime para que viva el relato, la propaganda, el prejuicio.
Podría decirse, con Sánchez Ferlosio, que la mayor nocividad de los prejuicios, lo que asegura su permanencia y su eficacia ilusoria sobre las circunstancias, sobre el mundo, reside en lo que refleja de los hombres: no su error, sino su mala fe (la sistematización del error) – mucho más resistente que el primero -, la voluntad de “autoobnubilación”, la sistemática obstrucción de la experiencia.
Y esta obstaculización a la que sumen a sus audiencias se ve magnificada por las nuevas tecnologías, por lo novedoso del acceso a eso que hace tiempo ha dejado de ser noticia para convertirse en una sucesión de eslóganes emocionales, de dispositivos propagandísticos.
RRSS, instrumento predilecto del mercenarizgo mediático
Rafael Sánchez Ferlosio mencionaba en Babel contra Babel, como ya se ha indicado con anterioridad en CAMERA Español, que el biólogo Richard Dawkins explicaba que estamos sometidos a una doble herencia, una biológica y otra cultural. La primera se basaba en los genes, en tanto que ésta en lo que llamó memes, contenidos culturales.
“Entre los ejemplos de memes, podemos encontrar palabras, canciones, ideas, refranes, eslóganes publicitarios, consignas políticas, frases pegadizas, modas indumentarias o religiones enteras, es decir, un paquete de información que se incrusta en una mente y cambia su funcionamiento”, sintetizaba Ferlosio. Que, a su vez, añadía que Daniel Gilbert comprobó experimentalmente que cuando pensamos de una manera natural, automática, la mente está preprogramada para aceptar todo lo que le llegue. Primero creemos y, si dudamos, lo hacemos después. No hace falta esfuerzo alguno para seguir dándolo todo por verdadero, pero pasar a darlo por falso exige tiempo y energía. Es, precisamente, esta innata propensión a la credulidad la explica que dejemos que las idioteces se difundan.
No es casual, pues, que de la investigación de Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral (The Spread of True and False News Online) de difusión diferencial de las noticias distribuidas en Twitter entre 2006 y 2017, surgiera el dato que las noticias falsas se difundían significativamente más rápido, más extensa y profundamente que las verdaderas en todas las categorías. De hecho, era un 70 por ciento más probable que se retuitearan las noticias falsas. Además, señalaban que eran los humanos, y no los bots, los principales responsables de la dramática propagación de noticias falsas. Basta una mirada al ruido en redes sociales respecto de Israel y del conflicto árabe-israelí, para evidenciar esto mismo: muchas ONG, “periodistas”, medios de comunicación, entes internacionales, “personalidades” y “expertos”.
Otros datos de la investigación indicaban que:
- la verdad tardaba aproximadamente seis veces más que la falsedad en llegar a 1500 personas.
- las noticias políticas falsas se difundieron más profundamente y más ampliamente, llegaron a más personas y fueron más virales que cualquier otra categoría de información falsa. Las noticias políticas falsas también se difundieron más profundamente y más rápidamente.
Esta diferencia de propagación entre la desinformación y la información verídica, señalaba Alberto Acerbi (Cognitive attraction and online misinformation), puede atribuirse a varias razones diferentes, pero una de ellas es que la desinformación tiene la ventaja obvia de no estar limitada por la realidad. “Podemos dar forma a la desinformación para que sea atractiva, llamativa y memorable, más de lo que podemos hacer con la información real”, decía.
Y añadía que existe una “preferencia general por los contenidos negativos como una característica que favorece la evocación de las historias, ya que los acontecimientos negativos se recuerdan mejor que los positivos, y los acontecimientos ambiguos tienden a transformarse en acontecimientos negativos cuando se relatan las historias. La información presentada de forma negativa… se considera más veraz que la información presentada de forma positiva, incluso cuando el contenido es exactamente el mismo”. De ahí la presentación de Israel a través de eslóganes y etiquetas demonizadoras.
La maquinaria
Lion Gu, Vladimir Kropotov y Fyodor Yarochkin, del Forward–looking Threat Research (FTR), ofrecían un interesante vistazo al funcionamiento de la instrumentalización de las redes sociales con fines político-económico-ideológicos; esto es, los ciclos de opinión pública que, en este caso, son usufructuados para reinstalar al antisemitismo como una manifestación social y política correcta: o, en otras palabras, para justificar la eliminación de Israel y socavar sus apoyos externos, así como su legitimidad.
Los analistas enumeraban entonces los pasos para explotar las redes sociales. Entre estos:
– Conversión de las redes en un instrumento de ofensiva
Recalcaban que cualquier campaña de propaganda está diseñada para distorsionar la formación de opiniones.
Así, en primer lugar se decide qué noticia falsa difundir. Esto es: se prepara la historia clave (la ‘versión’ de los hechos que se va a difundir al público objetivo). Ni más ni menos, que imponer una “marca”, que no es otra cosa, según Yuval Noah Harari, Nexus, que un tipo de relato específico. Construir una identidad de marca para un producto significa contar un relato acerca de dicho producto que puede tener poco que ver con sus cualidades reales pero que, no obstante, los consumidores aprenden a asociar con él.
“La distorsión no tiene por qué implicar necesariamente noticias falsas. También podría tratarse de algo tan simple como aumentar el volumen de noticias sobre una parte de la campaña… En cualquier caso, el objetivo es el mismo: manipular la opinión pública para que se incline hacia los objetivos del organizador”.
– Distribución
“Sin embargo, antes de poder transmitir cualquier mensaje propagandístico, es necesario que el público sea receptivo al mismo, es decir, que esté dispuesto a cambiar de opinión”. La mayor parte de la cobertura mediática, la ONU y ONG llevan años y años trabajando para tal fin.
“Para ello, es importante desestabilizar primero la situación e introducir volatilidad para que el público sea mucho más propenso a considerar nuevas opciones”. Cómo olvidar aquella confesión involuntaria del entonces presidente español José Luis Rodríguez Zapatero…
– Explotación y persistencia
La teoría fundamental en este campo, apuntaban, se remonta a los experimentos de conformidad de Asch. El objetivo de estos era ver si los sujetos cambiarían su respuesta para coincidir con la de los cómplices del estudio o se mantendrían fieles a la respuesta correcta, pero impopular.
“Una campaña de propaganda bien diseñada está pensada para dar la impresión de que existe esta presión social (bots, cuentas de gurús que han adquirido una reputación positiva en los círculos de las redes sociales), lo que puede hacer que la historia difundida por la campaña de propaganda parezca más popular de lo que realmente es”.
“Una vez que la campaña ha convencido a un número suficiente de miembros del público, comienzan a surgir otros efectos grupales. Cuando entra en juego este ‘efecto bandwagon’, la gente empieza a creer algo simplemente porque es popular, lo que, en efecto, es un ciclo que se perpetúa a sí mismo”.
“La politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann atribuyó estos cambios a la ‘espiral del silencio’: cuando las personas creen que expresar una opinión las aislará socialmente, es probable que opten por permanecer en silencio”.
– Sostenimiento
“Algunas campañas propagandísticas pueden tener un efecto inmediato si ya se ajustan a la visión del mundo del público objetivo. Pero, ¿y si no es así? Entonces hay que cambiar las opiniones gradualmente con el tiempo, y aquí es donde entra en juego el concepto conocido como ‘ventana de Overton’”.
“En pocas palabras, la ventana de Overton describe cómo se consideran las ideas en una escala, desde un extremo político al otro. … Las ideas se describirían como: impensables, radicales, aceptables, sensatas, populares, políticas [o de sentido común, consenso, opinión general]”. A los estereotipos del antisemitismo hubo que hacerlos pasar por esa ventana – disfrazados de corrección, humanitarismo, solidaridad y otros engaños.
“El uso cuidadoso y prolongado de la propaganda puede cambiar la ventana de Overton. El uso prolongado de técnicas de manipulación de la opinión puede hacer que el público sea receptivo a ideas que antes habrían sido, en el mejor de los casos, mal recibidas y, en el peor, incluso ofensivas. Se aplica el concepto de la pendiente resbaladiza: una vez que la opinión ha cambiado un poco, es más fácil cambiarla aún más”.
Una vez más, en ello andan, desde hace muchísimo tiempo atrás tantas ONG, la propia ONU, demasiados “periodistas” (o, más apropiado, los ‘periobots’) y más de un gobierno: arrastrando el antisemitismo desde las regiones de la ignominia hacia lo aceptable y, aún, lo correcto: basura saborizada a fresa.
En las redes, la “realidad” es el beneficio casi exclusivo de los que promueven las campañas, del capricho de la valentía anónima, de la “multitud” oculta, remota y manipulable. En las redes, pues, reina, como en ninguna otra parte, lo que la lingüista austríaca Ruth Wodak denominó “normalización de la desvergüenza”, que “propicia una nueva normalidad en la que no se ve como algo escandaloso mentir o sacar conclusiones precipitadas sin prestar atención a la evidencia disponible”.
Esto es así porque en las redes sociales, como en ninguna otra parte, se puede crear la ilusión de consenso con celeridad y sin mucho esfuerzo. Y, como decía José Antonio Marina en su libro La vacuna contra la insensatez, incluso los individuos inteligentes actúan de manera inesperada cuando se incorporan “a una multitud humana que ha adquirido el carácter de ‘masa psicológica’”. Se vuelven, explicaba, sugestionables. O, como quien dice, maleables.
Y nada amasa y moldea mejor al receptor como la emoción y la moral – esa palabra, pobre, tan gastada, tan ya sin fuelle, sin contenido. Justamente, Sánchez Ferlosio (Babel…) aludía a un estudio de la Universidad Beihang de Pekín, que analizó más de setenta millones de mensajes, llegando a la conclusión de que “el enfado [la indignación y la ‘superioridad moral’ consustancial] se propaga más deprisa en las redes sociales que otras emociones, y es contagioso, pues incita a los que entran en contacto con mensajes coléricos a enviar otros del mismo jaez”.
Indignación, superioridad moral, contenido negativo y falsedad corren a una velocidad que la cordura, ya no es que no pueda alcanzar, es que empieza a no entenderla.
La cuestión es que, como bien apuntaba Marina, “una vez que la referencia a la verdad se esfuma, las falsas noticias dejan de ser falsas para convertirse en ‘verdades de una realidad alternativa’”. La consecuencia de ello es, no esa falaz idea de “enriquecedor ambiente de multiplicidad de opiniones”, de “libertad de opinión”, sino el constreñimiento de la autonomía del individuo, de su capacidad de acción y decisión.
Ferlosio proponía una suerte de breve manual para el buen manipulador. Sin saberlo, describía a un vasto número de ‘periodistas’ que en la actualidad ‘cubren’ Oriente Medio, de organizaciones que se dicen humanitarias o defensoras de los derechos humanos, de entes que desmienten sus propósitos fundacionales:
- Prescinda de todo lo que pueda debilitarle, por ejemplo, las restricciones morales.
- Procure su tranquilidad espiritual buscando alguna justificación que legitime su comportamiento. [Estar con los débiles, los que no tienen voz, los oprimidos…]
- No olvide que usted [su “causa”] es el maltratado, el acosado, el incomprendido, la víctima. Apele a la manipulación porque es su único recurso. No olvide que la esencia de la política es la oposición amigo/ enemigo.
- Aumente la vulnerabilidad de su presa, aislándola, limitando su información, guiando su atención para que solo piense en lo que usted quiera
- Fomente las pasiones colectivas, pero dirigiéndolas contra un enemigo: el odio, el deseo de venganza, la furia, el resentimiento.
- Confíe en el poder normalizador del hábito. Si repite cualquier cosa el suficiente número de veces, la gente acabará considerándolo verdad. Insista sin inmutarse. Ya lo aceptarán. Aproveche las nuevas tecnologías para conseguir el «estado de red», que es una variante del «estado de masa».
- Procure que entren en una burbuja informática, en una cámara de eco. Seleccione la información que van a recibir, proporcióneles contenido emocional.
- Busque excusas muy simples. Mueve más un argumento simple, aunque sea falso, que una verdad complicada. Si puede, sustituya el argumento por el eslogan. Las explicaciones disminuyen el efecto.
- Anime a su público a que sea complaciente con la mediocridad, fomente la pasividad
- Y no olvide que no solo hemos entrado en la era de la posverdad, sino también de la «posvergüenza».