No hay bajeza más radical que aquella se muestra abierta, orgullosamente. Y en periodismo, o en aquello que se sirve de este como vehículo para la propaganda, para el tráfico impune del prejuicio, no hay, seguramente, nada más abyecto que la inversión y manipulación histórica, es decir, la fabricación, para construir una “opinión”, un dictamen, una “realidad”.
Recordaba José Antonio Marina en La vacuna contra la insensatez que ya Platón había distinguido correctamente entre el conocimiento universal y las opiniones particulares. Estas últimas, decía, pertenecen al reino de la creencia. Marina advertía que, en esta época, en la que se parece desconfiar de las creencias, se exalta justamente la opinión personal, “una forma de creencia autosuficiente” que no necesita justificarse: nada parece más democrático que dar el mismo valor a todas las opiniones; que es como decir que los compromisos con los valores básicos no están sujetos a una evaluación racional.
Todo vale. También los argumentos falsos, las comparaciones peregrinas, las afirmaciones más descabelladas. Después de todo, cuestionar la opinión de otra persona (su certeza privada) es intolerante – sobre todo cuando esta se funda en la falaz idea de “consenso”: esto es, cuando ha fabricado suficiente silencio mayoritario para que el capricho, el odio de una minoría pueda mentir unanimidad.
De eso iba el texto de opinión de El Periódico del 10 de julio de 2025. Sólo tenía una virtud ese rejunte de palabras: el título, desacomplejado, prescindía ya de los términos “sionista” e “israelíes”. Toda esta furibunda y copiosa “cobertura” siempre iba sobre lo mismo: los judíos.

No sigue, pues, un desmontaje del vergonzoso libelo, que ya se evidencia por sí solo.

Acaso, y para el lector que no deambule por los artículos buscando el tesoro barato y fácil de la justificación de sus prejuicios, una aclaración a propósito de Theresienstadt y el infame montaje nazi para la visita de la Cruz Roja:
“Sucumbiendo a la presión tras la deportación de judíos daneses a Theresienstadt, los alemanes permitieron que representantes de la Cruz Roja Danesa y de la Cruz Roja Internacional visitaran el lugar en junio de 1944. Todo era un elaborado engaño. Los alemanes intensificaron las deportaciones del gueto poco antes de la visita, y el propio gueto fue «embellecido». Se plantaron jardines, se pintaron casas y se renovaron barracones. Los nazis organizaron actos sociales y culturales para los dignatarios visitantes. Una vez finalizada la visita, los alemanes reanudaron las deportaciones desde Theresienstadt, que no terminaron hasta octubre de 1944”. United States Holocaust Memorial Museum.
Mientras esa visita tenía lugar, campos de extermino de judíos funcionaban a destajo. Y, vale recordar, los judíos europeos no habían iniciado guerra alguna: ni prometían eliminar un estado, ni emprendían masacres y violaciones masivas; ni atentaban en pizzerías, discotecas o cafés.
Claude Lanzmann, por su parte, en una entrevista de 1979 (Un vivant qui passe) con Maurice Rossel, delegado suizo del Comité Internacional de la Cruz Roja e Berlín dejaba al descubierto un aspecto oscuro de esta organización. Decía el citado Museo Memorial del Holocausto que:
“En junio de 1944, se le pidió a Rossel que inspeccionara Theresienstadt, un gueto donde los nazis alojaban a judíos ricos y socialmente prominentes que se libraban temporalmente de la ejecución. Rossel admite que dio el visto bueno a Theresienstadt y que probablemente lo volvería a hacer hoy, y que también visitó Auschwitz, que no sabía que era un campo de exterminio a pesar de las miradas hoscas y atormentadas que recibió de los reclusos. El interrogatorio de Lanzmann plantea la cuestión de hasta qué punto Rossel y otros como él fueron manipulados por los nazis y hasta qué punto estaban dispuestos a ser manipulados como consecuencia de sus propias políticas y prejuicios”.
Por cierto, mencionaba el texto del medio español los campos de concentración donde son mantenidos los uigures en China. Pero, por un lado, no mencionaba nada más de lo que allí sucede. Tampoco que están encerrados por el mero hecho de ser uigures. Y, por otro lado, una búsqueda en Google, arrojó un saldo negativo a cualquier otra mención de dichos campos por el autor del artículo.
Cuando los campos de concentración y extermino fueron brutalmente obvios, se decidió no verlos. Hoy, que no existen, se inventan, se “vislumbran”.
Un plan de exterminio por el mero hecho de pertenecer a un grupo étnico o religioso es equiparado a una situación de guerra impuesta por la pretendida “víctima”.
La “moral”, como la opinión, ha devenido en un cachivache personal y arrojadizo. Basta con tener quién lo apruebe, publique – es decir, con la conveniencia del aplauso y la difusión -, para convertirlos en “verdad” o en “norma”.