El Periódico, semántica de una comparativa obcena.

El artículo de opinión de Rafael Vilasanjuan publicado en El Periódico bajo el título “Semántica de un genocidio” se enmarca en una campaña mediática que pretende normalizar el concepto de “genocidio” para referirse a la guerra contra Hamas, de manera a equiparar a los judíos con los nazis. Lo que hace unos años no habría pasado los más mínimos filtrosa éticos, se ha convertido en una consigna que podemos encontrar en los medios más mainstream.

La comparación del cerco israelí a Gaza con el gueto de Varsovia , en el que cientos de miles de judíos fueron confinados antes de ser deportados a campos de exterminio, es particularmente hiriente. Tal paralelismo, tan sólo sirve para trivializa el genocidio nazi y lo instrumentaliza políticamente. El gueto de Varsovia no había declarado la guerra a Alemania con una salvaje invasión, desde el gueto de Varsovia no se lanzaban miles de cohetes contra la población civil alemana, desde el gueto de Varsovia no salían miles de judíos a secuestrar, torturar y asesinar civiles alemanes.

Gaza no es un gueto. Gaza es un territorio controlado internamente por Hamas desde 2007, cuando tomó el poder tras expulsar violentamente a la Autoridad Palestina. Hamas es una organización yihadista armada, considerada terrorista por Estados Unidos, la Unión Europea y muchos otros países. Su carta fundacional niega el derecho de Israel a existir y promueve la destrucción del Estado judío. Este hecho, omitido por Vilasanjuan, es central para entender la raíz y la dinámica del conflicto.

El 7 de octubre de 2023, Hamas cometió uno de los atentados más brutales de la historia: más de 1.200 personas asesinadas, muchas de ellas civiles, y más de 200 secuestradas, entre ellos mujeres, niños y ancianos. Este evento fue el detonante de la ofensiva militar israelí en Gaza. Ignorar este punto de partida no es solo una omisión periodística grave, es una manipulación deliberada del contexto que enmarca el conflicto actual.

En el artículo se afirma que “el genocidio palestino es real”, y se compara explícitamente con la “Solución final” aplicada por el régimen nazi contra los judíos. Esta afirmación constituye no solo una falsedad desde el punto de vista jurídico, sino también una distorsión ética e histórica grave. Según la Convención de las Naciones Unidas para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio (1948), el genocidio implica la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. En el caso de Gaza, no hay ninguna prueba de que Israel busque exterminar a la población palestina en su conjunto. Su objetivo declarado es destruir a Hamas, una organización armada que utiliza a su población como escudo humano, que construye túneles bajo hospitales y escuelas, y que lanza cohetes desde zonas residenciales.

El artículo no hace la más mínima mención a esta estrategia de Hamas. Tampoco menciona el hecho de que Israel ha facilitado la entrada de ayuda humanitaria a través de pasos fronterizos controlados, incluso mientras mantiene su ofensiva militar. O que Hamas ha confiscado insumos médicos y alimentos para sus propios miembros, privando a la población civil de los pocos recursos que llegan.

A lo largo del texto, Vilasanjuan utiliza reiteradamente la figura del niño palestino como símbolo absoluto del sufrimiento. “El derecho a morir de manera lenta y cruel”, afirma sobre los menores en Gaza. Esta frase, tan impactante como manipuladora, no va acompañada de ningún análisis serio sobre las causas del sufrimiento infantil en el enclave. De nuevo, la responsabilidad de Hamas, que gobierna Gaza con puño de hierro desde hace más de 15 años, brilla por su ausencia en el artículo.

Este tipo de narrativa, que presenta a un actor como absolutamente malvado y a otro como completamente inocente, no solo es intelectualmente deshonesta: es contraproducente. Imposibilita cualquier análisis riguroso del conflicto y bloquea cualquier camino hacia una solución realista y sostenible.

Llamar genocidio a una ofensiva militar —por brutal que sea— sin que se cumplan los requisitos legales e intencionales que definen ese crimen, es una forma de violencia discursiva. Y banalizar el Holocausto al comparar a las víctimas de Gaza con las víctimas del Holocausto no es solo falso: es moralmente obsceno.

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