El País siendo el País y el arte de hablar de Hizbulá sin hablar de Hizbulá

Acercarse a las crónicas de El País sobre Israel y sus vecinos significa con frecuencia enfrentarse a un tratamiento que privilegia la narrativa de Hamás, Hizbulá o de cualquier organización o entidad que demonice al estado judío.

En su artículo del 19 de febrero de 2026 podían verse esas costuras que se trataban de disimular con malabarismos sintácticos y con las recurrentes omisiones. La crónica se apoyaba en una nota del 26 de enero de 2026 en el diario libanés L’Orient – Le Jour.

El País abría así su cróncia:

“Fatmeh Karaki avanzaba sonriente mientras se grababa en un vídeo. “Somos los primeros en llegar a Markaba”, decía en referencia a un pueblo libanés fronterizo con Israel. Detrás de él se distinguía a su hermano, Hussein, su madre y otra familia que se unió por el camino. Era el 26 de enero de 2025. Tras dos meses de alto el fuego entre Israel y la milicia libanesa Hezbolá, miles de civiles intentaban retornar a sus municipios el día en que las tropas israelíes debían retirarse del territorio ocupado en Líbano, algo que habían anunciado que postergarían en incumplimiento del acuerdo”.

Sin embargo L´Orient-Le-Jour dejaba ver algo distinto, algo revelador, algo que no aparecería en el relato del medio español: un texto escrito en un dibujo que realizó Fatmeh Karaki, y que estaba colgado en el salón del hogar familiar en Haret Hreik, un suburbio sureño de Beirut:

“Con sangre, permanecemos fieles a la promesa, oh, Nasrallah. Markaba. 26 de enero de 2025”.

Ya asoma la patita Hizbulá. El País la ocultaba.

De hecho, tres días después, el mismo medio libanés señalaba que en una reunión con el primer ministro de ese país, realizada en enero de 2026, estuvo presente, además del Comité de Familias de Detenidos Libaneses en Cárceles Israelíes – en nombre del que habló Fatima Karraki -, el parlamentario Hussein al-Hajj Hassan, de… exacto, Hizbulá.

A las censuras, el léxico emocional e ideológicamente cargado, la adopción de la “narrativa” de quienes señalan sistemáticamente a Israel, al rechazo a dar cuenta de la continuada actividad de Hizbulá en la zona y de la naturaleza de este grupo, se sumaban, entonces, las contorsiones para suavizar aquello que no puede dejar de mencionar.

Por ejemplo, véase este párrafo donde muestra todos estos elementos del activismo suplantando al periodismo:

“Las detenciones ilegales en territorio libanés se suceden tras 15 meses de tregua. Una veintena de soldados israelíes invadieron el pasado lunes Hebariya, municipio a cuatro kilómetros de la frontera, y se llevaron a un residente ante su familia tras asaltar la vivienda. El Grupo Islámico, un partido con representación parlamentaria y brazo armado, denunció después el secuestro de Atwi Atwi, su representante local. El ejército israelí ha acusado a la formación de “actos terroristas” y ha reivindicado la operación”.

El diario de Emiratos Árabes Unidos, The National News, indicaba el 9 de febrero de 2026 que:

“El ejército israelí informó el lunes que había detenido a un alto cargo de Jamaa Islamiya durante una redada nocturna en el sur del Líbano”.

“Jamaa Islamiya, también conocido como el Grupo Islámico, es un partido político suní libanés y una facción armada vinculada al grupo palestino Hamás. Se considera una rama de los Hermanos Musulmanes.

Cuenta con un brazo armado que participó en los ataques contra Israel y ha perdido a varios combatientes desde el estallido de los enfrentamientos transfronterizos el 8 de octubre de 2023.

El hombre fue trasladado para ser interrogado en territorio israelí, según informó el ejército israelí, que añadió que se encontraron armas en el lugar donde fue detenido”.

En su cuenta personal de a red social X, el analista de FDD, Joe Truzman apuntaba, además, que Jamaa Islamiya estuvo muy activa durante la guerra lanzada contra el estado judío, ayudando a Hizbulá a llevar a cabo ataques contra Israel. Y advertía que Atwi podría tener respuesta a cómo Hizbulá, Hamás y Jamaa Islamiya se coordinan.

Que tenga representación parlamentaria no lo hace ni democrático ni legítimo. Es ese “brazo armado” el que le da su carácter. Lo mismo vale para Hizbulá y Hamás. Es la violencia su método. Es genocida su fin: la eliminación del estado judío.

La representación parlamentaria, por lo demás, indica más bien la salud política de el Líbano, desde que Siria, primero, y luego Irán, manosean sus instituciones y democracia.

El texto funciona más bien como una declaración de adhesión a unas ciertas voces. De ahí que esas prácticas contrarias al periodismo.

Por eso cuando recurre el medio a la porción israelí de los decires, cita a una ONG de dicho país que, según señalaba CAMERA, es “a menudo identificada erróneamente en los medios de comunicación internacionales como un «grupo líder en derechos humanos», aunque está completamente ausente del ámbito jurídico en el que suelen librarse las batallas por los derechos humanos”. De hecho, B’Tselem, que esa es la organización, “dedica enormes recursos y energías para promover la demonización de Israel en la arena internacional

Pero eso no sólo no importa, sino que es lo que hace a la ONG digna de aparecer citada. El fin, darle un tinte equitativo, legítimo, al dispositivo de propaganda que se intentaba hacer pasar por noticia. Y ese papel viene cumpliendo estupendamente esa ONG desde hace mucho tiempo. Es, casi, su razón de ser.

Así, reproducía El País:

““Como pueblo, es nuestro deber no olvidar a nuestros prisioneros”, decían en su primer comunicado en diciembre. “Más de 20 libaneses se consumen en las cárceles israelíes: combatientes de la resistencia [Hezbolá] que se enfrentaron a la invasión y hombres secuestrados en sus pueblos y hogares””.

Aclaraba el redactor que Hizbulá y “resistencia” son términos intercambiables. Le falta en la ecuación el término régimen-de-los-ayatolás y el padecimiento de buena parte del pueblo libanés que padece a al proxy chiita.

Proxy al que El País, como en el caso de Jamaa Islamiya, se refería, cómo no, como “grupo político y militar Hezbolá”. El secuestro de la vida política libanesa al servicio de su actividad terrorista – financiada a través del “tráfico de drogas y armas, del tráfico de diamantes de sangre e, incluso, tráfico humano”.

“Grupo político” … Claro que sí. En el mismo sentido que El País practica el periodismo.

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