Hace poco, una frase publicada por El País provocó una ola de indignación tanto en el mundo hispanohablante como en medios internacionales. En un artículo dedicado al juez federal estadounidense Alvin Hellerstein, encargado del juicio contra Nicolás Maduro en Nueva York, el diario afirmaba que el magistrado “se ha esforzado por mantener una postura imparcial a pesar de ser un reconocido miembro de la comunidad judía”.
Tras las protestas, la referencia fue eliminada discretamente, sin fe de errores ni constancia visible de la corrección, tal y como exige el propio Libro de Estilo de El País. Posteriormente, el responsable de Internacional del diario aseguró a Haaretz que se había tratado de un “error”, que el periódico es sensible al antisemitismo y que no existía mala intención.
Sin embargo, para quienes llevamos años analizando de forma sistemática la cobertura de El País sobre Israel, el episodio no puede despacharse como un simple error. Se trata, más bien, de un lapsus que deja al descubierto un marco mental profundamente arraigado, en el que Israel y lo judío aparecen como factores sospechosos, problemáticos o incompatibles con valores como la imparcialidad o la legitimidad política.
Porque El País no incurrió en un error aislado. Mantiene desde hace décadas un sesgo estructural antiisraelí que, en ocasiones, roza el antisemitismo y que, a partir del 7 de octubre de 2023, ha degenerado en un activismo informativo abiertamente militante, caracterizado por la adopción acrítica de la narrativa de Hamás, la distorsión sistemática de los hechos y la promoción del marco del “genocidio” como eje interpretativo.
- Por qué importa El País
El País no es un medio marginal. Buque insignia de la transición española a la democracia, llegó a ser el diario más influyente del mundo hispanohablante, con ediciones en España y América Latina, así como versiones en inglés. Se define a sí mismo como “el periódico global”. En un contexto en el que el español es la segunda lengua más hablada del mundo, su manera de encuadrar conflictos internacionales tiene un impacto directo sobre millones de lectores.
Por ello, su cobertura sobre Israel no es solo una cuestión editorial: es un problema de responsabilidad informativa global. Y si bien su sesgo ideológico ha sido un problema duradero, desde el 7 de octubre asistimos a una radicalización clara de ese enfoque.
- Un sesgo de largo recorrido
En 2009, catorce congresistas estadounidenses enviaron una carta al entonces presidente del Gobierno español alertando sobre la publicación sistemática en El País de caricaturas y artículos con “estereotipos antisemitas burdos”. Ese mismo año, Haaretz denunció en un artículo titulado Bias in black and white la “combinación única de negligencia y odio no disimulado hacia Israel” presente en el diario español.
Aunque durante un tiempo El País pareció corregir parcialmente el rumbo, aplicando desde la dirección criterios más periodísticos que ideológicos, el sesgo pavloviano de buena parte de la redacción nunca desapareció del todo. Es cierto que un par de corresponsales abordaron su trabajo desde una perspectiva más profesional, intentando dar a conocer mejor la sociedad israelí en sus complejidades, pero pronto fueron reemplazados por periodistas más interesados en plasmar prejuicios que en informar.
Ello dio lugar a desatinos informativos de gran calibre que jamás tuvieron consecuencias. En un caso concreto, un corresponsal sacó de contexto las palabras de un entrevistado, haciéndole justificar el movimiento BDS, algo que ese jamás hizo. El entrevistado se puso en contacto con el periodista en dos ocasiones para pedir que se contextualizaran sus palabras. El corresponsal se negó y repitió el error de forma consciente en dos artículos más.
El diario también informó, en la noche del 13 al 14 de mayo de 2021, que Israel estaba invadiendo Gaza, cuando bastaba contar con una fuente fiable para saber que eso no estaba ocurriendo. Posteriormente, El País cambió el titular, pero sin dejar constancia escrita ni publicar fe de erratas.

En 2017, CAMERA Español documentó cómo El País había abandonado numerosos estándares periodísticos, aplicando una clara doble vara de medir. El diario describía al entonces líder de Hamás, Ismail Haniyeh, como “moderado” y “pragmático”, mientras calificaba al gobierno israelí de “radical” y “extremista”. Asimismo, humanizaba a terroristas como Leyla Khaled (miembro del FPLP y responsable de secuestros de aviones) presentándola como fruto de una “experiencia vital traumática”, reduciendo el conflicto a un esquema simplista en el que Israel aparecía como causa única de toda violencia.
Con los años, ese periodo aparece incluso como el momento menos sesgado del diario. Cambios en la directiva terminaron por hundir su prestigio en un mar de ideología, y no solo en lo referente a política internacional.
- El 7 de octubre: de la parcialidad al activismo
El ataque de Hamás del 7 de octubre de marcó un punto de inflexión. En lugar de situar claramente a Israel como víctima de un ataque salvaje, El País optó por diluir responsabilidades desde el primer momento y evitó presentar a Israel simplemente como víctima de la masacre.
Así, el mismo 7 de octubre, cuando la información apenas comenzaba a llegar, El País titulaba:
Hamás lanza contra Israel un ataque sorpresa y sin precedentes desde Gaza
En su entradilla, el diario incorporaba la justificación de Hamás y buscaba equiparar víctimas:
“Las milicias palestinas matan al menos a 250 personas al infiltrar decenas de milicianos, secuestrar civiles y soldados, y disparar miles de cohetes, en el mayor ataque contra territorio israelí en décadas. Hamás justifica la estudiada operación sorpresa en ‘los crímenes de la ocupación’. ‘Estamos en guerra’, declara Netanyahu antes de que el Ejército matara a 232 palestinos en bombardeos”.
El País tampoco fue capaz de transmitir la extrema crueldad y el sadismo del ataque, que fue suavizado mediante términos como “mensaje” o “reto”, equiparando siempre el número de víctimas del ataque con el de la respuesta israelí y convirtiendo los hechos en una mera “escalada de violencia”. En la misma línea, el editorial del propio 7 de octubre llevaba por título “Hamás reta a Israel”, y urgía a “detener un baño de sangre” que podía contagiarse.
Durante los cinco meses siguientes, CAMERA Español analizó todos los titulares publicados por El País en todas sus secciones. Lostitularesson una suerte de manual de empleo para encuadrar la información que aparece en el texto, una herramienta para resumirle al lector lo que en él va a encontrar y qué debepensar. Estas claves son especialmente relevantes si tenemos en cuenta que la mayoría de los lectores se limita a recibir esa píldora como única información, y más desde la eclosión de las redes sociales como herramienta informativa. El estudio mostró un sesgo estructural que atenuó la responsabilidad de Hamás y atribuyó a Israel la centralidad de la culpa y la violencia. Ese sesgo, basado en la selección de fuentes, el lenguaje y las omisiones, impidió al lector comprender tanto la masacre del 7 de octubre como el impacto que tuvo en la sociedad israelí y judía. Por ejemplo, en ese periodo de tiempo, el diario publicó más de treinta editoriales. Ni uno solo condenó de forma clara a Hamás por la masacre ni lo señaló como responsable de la escalada bélica.
- Hamás como fuente privilegiada
Uno de los rasgos más preocupantes de la cobertura de El País ha sido la credibilidad otorgada sistemáticamente a Hamás.
El caso del hospital Al Ahli es paradigmático. El 17 de octubre, sin buscar corroboración alguna, el diario dio por válida la acusación de Hamás de que Israel había bombardeado el hospital causando 500 muertos. La fuente fue presentada como “el Ministerio de Sanidad gazatí”, sin aclarar que dicho organismo está controlado por Hamás.
Cuando las investigaciones demostraron que se trató de un cohete fallido de la Yihad Islámica y que el número de víctimas había sido inflado, El País eliminó el titular original sin ofrecer una rectificación clara, pasando de:
“Un bombardeo israelí en un hospital de Gaza causa cientos de muertos”

a:
“Un bombardeo en un hospital de Gaza causa cientos de muertos”.
El cambio no aclaraba la autoría de la Yihad Islámica ni implicó un reconocimiento del error. El episodio quedó reducido a un incidente difuso, sin autor claro, en el que “las partes se acusan mutuamente”. Varios artículos posteriores tampoco lo aclararían.
Este patrón se repitió con las cifras de víctimas, los supuestos ataques a hospitales, ambulancias y convoyes humanitarios, y con la aceptación acrítica de datos imposibles de verificar, siempre en detrimento de la versión israelí. Hasta el punto de “regalar” en varias ocasiones su portada a Hamás, permitiéndole colocar en primer plano sus cifras y su narrativa sin contexto alguno.



Al mismo tiempo que El País silencia los objetivos del grupo terrorista (aniquilar el Estado judío y repetir el 7 de octubre “una y otra vez”), ofrece sus columnas de opinión, portadas y titulares para sus acusaciones contra Israel, cuya versión suele quedar enterrada en artículos extensos.
El léxico empleado también evidencia un fuerte sesgo ideológico. No es difícil encontrar artículos en los que la IDF o el ejército israelí son descritos como “ejército de ocupación”, sin comillas y como si se tratara de un dato factual. En otros casos, se utiliza el término “asesinado” para referirse a víctimas colaterales, implicando intencionalidad criminal.
Un ejemplo de ambos casos es el artículo del 7 de septiembre de 2014 titulado:
“El Movimiento de Solidaridad Internacional acusa a los militares de matar a “sangre fría” a Aysenur Ezgi, que, según el ejército de ocupación, lanzaba piedras.”
En este caso, se corrigió posteriormente el término “asesinada”, sin fe de erratas ni reconocimiento público, pero se mantuvo la expresión “ejército de ocupación”.
El grado de simbiosis con el discurso de Hamás lo pueden mostrar este titular y la entradilla subsiguiente que parecen lamentar que el acuerdo de paz no beneficie al grupo terrorista:
El plan para Gaza de Trump y Netanyahu: una encerrona a Hamás sin plazos ni garantías
El texto, acordado sin contar con el movimiento islamista, le coloca entre la espada y la pared, al exigirle rendirse y entregar enseguida a todos los rehenes, sin más contrapartidas que el fin de la masacre y la renuncia a la limpieza étnica

- El empuje del marco del “genocidio”
Otro elemento central del activismo de El País ha sido su insistencia en introducir el término “genocidio” en la agenda informativa, incluso cuando organismos internacionales no lo han decretado. Como hemos visto, aparece con frecuencia en artículos de opinión, como si un genocidio fuera cuestión de opinión, pero también se da por supuesto en páginas informativas y sin comillas.
Un ejemplo significativo fue un artículo sobre el señalamiento de comercios y escuelas judías en Barcelona, que apareció inicialmente bajo el rótulo “Genocidio”, desplazando el foco desde el antisemitismo hacia una culpabilización indirecta de las propias víctimas.
La cobertura de la decisión de la Corte Internacional de Justicia es igualmente ilustrativa. El tribunal no declaró que Israel estuviera cometiendo genocidio, así y todo, El País tituló:
- Editoriales y antisemitismo diluido
El País solía mostrar una sensibilidad “europea” al abordar el antisemitismo y el Holocausto. Incluso en etapas de cobertura virulenta contra Israel, mantenía una cierta apertura hacia las comunidades judías españolas. Tras los dos últimos cambios en la directiva, esa puerta se cerró. Los comunicados y puntos de vista de la comunidad judía dejaron de encontrar espacio en el diario, que incluso rechazó publicar un artículo de opinión de una firma habitual que aportaba la postura mayoritaria israelí. Eso sí, sin justificar el rechazo. De vez en cuando, publican algún israelí crítico con su gobierno o artículos que abordan episodios pasados. En definitiva, piezas que funcionan como indulgencias simbólicas y que en realidad les sirven más al diario que a quienes lo firman, ya que no los obliga a enfrentarse al antisemitismo contemporáneo, ese que hoy se expresa sobre todo a través del odio y la demonización de Israel.
En cambio, sí encuentran hueco textos que banalizan el Holocausto, comparan Gaza con Auschwitz o recurren al “buen judío” marginal que acusa al resto de la comunidad de ser cómplice de “genocidio”.
Las firmas de opinión contrarias a Israel son abrumadoramente mayoritarias. Apenas aparecen artículos que presenten el punto de vista israelí. Entre los autores publicados, entrevistados o simplemente publicitados figuran firmas extranjeras como Peter Beinart ¨hablando de “supremacía” y de “Cómo ser judío tras la destrucción de Gaza: “Habrá un cierto grado de vergüenza en las siguientes generaciones”¨ , “Naomi Klein y su “genocidio” en Gaza, o las imperdibles loas a Francesca Albanese . Entre los autores nacionales podríamos destacar el presidente de UNRWA España, cuya relación con la organización el diario oculta en todos sus artículos, pese a ser parte interesada en los temas tratados, convirtiendo esos textos en publicidad encubierta.
Un artículo especialmente revelador es el de Lluís Bassets, ex director adjunto del diario, publicado el 30 de octubre de 2023, cuyo titular podría resumir perfectamente la posición adoptada por El País:
Para el diario, Hamás se convierte así en un actor irrelevante, pese a haber iniciado la guerra con una masacre de magnitudes inéditas. Toda la responsabilidad recae sobre Israel, incluso el propio 7 de octubre.
- No errores, sino un patrón
Desde el “a pesar de ser judío” aplicado a un juez estadounidense hasta la adopción sistemática del léxico y las cifras de Hamás; desde la ocultación de información relevante hasta la promoción del marco del genocidio, lo que emerge no es una sucesión de fallos técnicos, sino un patrón editorial coherente y persistente.
Un patrón que presenta a Israel como actor siempre culpable, a Hamás como irrelevante o reactivo, y a los judíos —en Israel y en la diáspora— como sujetos cuya legitimidad, sufrimiento o derecho a la defensa deben ser constantemente puestos en duda.
En ese sentido, el problema de El País no es solo lo que corrige bajo presión, sino todo aquello que sigue publicándose sin corrección alguna.