Portada: un niño agoniza. Editorial: Israel culpable. Artículo: fuente única, Hamás (sin aclarar que es Hamás).
Eso es lo que el 27 de julio ofrecía El Mundo a sus lectores.
Una imagen desgarradora en la primera plana de un niño agonizando, que acompañaba todos los artículos, seguida por una acusación directa y monocorde contra Israel.
Pero ni una sola vez se mencionaba la otra versión: que Hamás y otras organizaciones impiden que la ayuda humanitaria llegue a la población. Ni una línea para contar que los propios gazatíes han denunciado cómo el grupo islamista intercepta los convoyes, roba los suministros o dispara a quienes intentan recoger comida.
¿Dónde está el periodismo cuando se parte de la imagen y no del contexto? ¿Dónde está el rigor cuando se omite sistemáticamente cualquier dato que complique el relato victimista que exculpa a los verdugos internos de Gaza?
La información no es solo lo que se dice, sino también lo que se silencia. Y cuando el silencio favorece a Hamás, no estamos ante un error, sino ante una elección. Una elección ideológica que convierte al periodista en activista. ¿Y al lector? En rehén.