“Si ha logrado proyectar sobre los judíos, ha hecho realidad su paraíso maniqueo: a partir de ahora, todo lo malo se encuentra en un lado (donde están los judíos) y todo lo bueno en el otro, donde él se encuentra… Su ideal del yo es de naturaleza narcisista, y la satisfacción corresponde a una integridad narcisista completa que ha obtenido mediante la proyección sobre los judíos…”. En Antisemitismus – eine Männerkrankheit?, Margarete Mitscherlich-Nielsen
Puede afirmarse que, en el fondo, el prejuicio es fruto de una proyección: el “otro” rebajado como espejo invertido del “nosotros” que busca justificarse, sanearse, mejorarse. Y es contra esa contra esa suerte de fetiche, de hipérbole, que embisten: es decir, contra sus depositarios de carne y hueso.
Acaso, en la mismísima médula del dispositivo mental se halle el hecho de que todo prejuicio termina por reclamar una acción que excede en mucho toda norma social. De ahí justamente la necesidad de respaldarla mediante un instrumento excesivo, exagerado: postulando un tajante e insalvable “otro”, fuera de la jurisdicción de esa normativa.
No en vano, Rafael de Brito y Berenice Carpigianio (La psicodinámica del prejuicio: revisión bibliográfica) resaltaban que “una justificación es cualquier proceso psicológico o social que pueda servir como oportunidad para expresar un prejuicio genuino sin sufrir sanciones externas o internas”, que explica por qué, en algunas ocasiones, los prejuicios pueden ser aceptables o incluso deseables.
Y entre tanto espejo y espejito, el más efectivo es el que está hecho con un “otro” judío. Este, como ninguno, sirve para todo: generar un paradigma del mal que tiene el poder, una vez normalizado, de excusar precisamente la acción más descabellada; para elevar a “agente moral” a quien se oponga a tal “iniquidad”; y que puede hacer que una multitud de mediocres, indolentes e incapaces encuentren una explicación extraordinaria a sus males – hecho que, a su vez, los revaloriza notablemente.
Reflejo conocido
El “espejo judío” deviene entonces, y ante todo, en el gran distorsionador de la vida política, de la esfera pública. No ya porque quiebre las normas sociales y morales básicas, sino porque instala el mito por sobre la realidad y rompe la forma de relacionarse unos con otros: la comunicación sólo sirve en tanto vehículo de la propaganda, de material adulterado; es decir, no para el conocimiento sino para el asentimiento identitario.
Ello es así porque, como bien explicaba Samuel Salzborn (Antisemitism as a Field of Political Action), el antisemitismo, que eso es el reflejo, no es simplemente un prejuicio como tantos otros, sino que constituye una actitud fundamental ante el mundo. O, siguiendo con la figura del espejo, un reflejo totalizador.
Esto es, el antisemitismo es una combinación de cosmovisión y pasión. Una emoción que hace que los antisemitas, siguiendo con Salzborn, crean en esa forma de ver el mundo no a pesar de que sea falso, sino precisamente porque es falso. Aquí está el factor fractura que buscan explotar aquellos que de antiguo se valen del “espejo judío”; del antisemitismo. El reflejo es siempre mejor que lo que se pone ante el objeto, ante el recurso.
Y cuando al antisemitismo se lo pasa por el prisma del “antisionismo”, se lo carga de un aspecto geopolítico de deslegtimación y desestabilización. Esta función, según Florian Hartleb y Christoph Schiebel (Antisemitism as a Glue: Reichsbürger and State Deniers in Focus), desafía y socava las instituciones democráticas liberales y fomenta la desconfianza hacia el propio concepto de Estado. Así, el antisemitismo se convierte en un nexo de unión para muchos impulsos totalitarios: populistas, islamistas, comunistas trasnochados, antisistema.
De esta guisa, el judío/Israel resulta ser desde un pretexto universal a un instrumento para superar las contradicciones: todo aquello que precisen quienes utilizan a ese Otro acabo.
Para todos hay, porque el antisemitismo globalizado facilita que grupos cuyos idearios antaño podrían parecer irreconciliables, establezcan vínculos y hasta hojas de ruta coincidentes. Hecho que, a su vez, permite normalizar el prejuicio de manera más fácil y extensa. Un pegamento y un catalizador social. Todo en uno.
En este proceso de disrupción social, no poca es la responsabilidad de muchos medios de comunicación al transmitir los edictos del espejo como “consensos” válidos, como elementos de la realidad, como opiniones legítimas; huérfana la crónica de contexto, de corroboración y documentación. Instalando, o ayudando a hacerlo, lo abyecto como una provechosa normalidad.