El caldo silenciado del conflicto contra Israel

“Para empezar, este caso nunca debería haber llegado a juicio. [Los “periodistas”] no han presentado ni una sola prueba… de que el delito del que se acusa a [Israel] haya tenido lugar. En su lugar, se ha basado en el testimonio de… testigos cuyas pruebas no sólo se han puesto seriamente en duda en el contrainterrogatorio, sino que han sido rotundamente contradichas por el acusado”, así empezaba el alegato final de Atticus Finch (To Kill a Mockinbird), al que hemos hecho breves modificaciones.

De la misma manera en que en la ficción se apresuraron a juzgar, en la realidad, muchos medios de comunicación y sus profesionales hicieron lo propio a raíz de las operaciones israelíes en Irán: “fuentes” dudosas, cuando no seriamente comprometidas, fabricaciones que se hacen pasar por “análisis”; ideología desplazando a la investigación, la verificación; insinuaciones que están muy emparentadas con viejos estereotipos, y la moralina evidente, trillada.

Uno de los asuntos centrales que la casi totalidad de los medios de comunicación omiten – o, más bien, censuran – es la retórica genocida, la incitación al odio y la violencia, y su glorificación, por parte de la República Islámica y de líderes y organizaciones palestinas. Vale la pena destacar el papel central en la incitación de la infame agencia UNRWA.

Uno ejemplo reciente del silenciamiento sistemático de la retórica sistemática de Teherán que, como una declarada política, amenaza con eliminar a Israel, pudo observarse con la cobertura del bombardeo de la sede de la Radiotelevisión de la República Islámica. Ciertamente, no un ente cualquiera.

Tamar Sternthal, directora del departamento de analistas de CAMERA destacaba precisamente que los planes genocidas de Irán para borrar a Israel de la faz de la tierra se fundan efectivamente en una retórica genocida y un discurso de odio, y que son difundidos masivamente a su población a través de medios de propaganda controlados por el Estado.

“La Radiotelevisión de la República Islámica de Irán (IRIB), bombardeada ayer por la aviación israelí, es una herramienta del vasto arsenal propagandístico iraní que alimenta sus objetivos genocidas. Sus diversos órganos, incluidos Press TV, Sahar TV, IRIB Ofogh, [HispanTV] y la Red de Noticias de la República Islámica de Irán, vomitan retórica antisemita y genocida”, añadía.

Por eso mismo, según mencionaba el Atlantic Council, cuando en 2016 el IRIB lanzó Pars Today, una agencia de noticias para difundir internacionalmente la programación del ente en treinta y dos idiomas, el presidente del emprendimiento del IRIB dijo: “El Irán islámico se enfrenta a una amplia guerra mediática y el IRIB está a la vanguardia de esta nueva guerra”.

Más claro, es díficil conseguirlo.

Lo saben los propagandistas del régimen iraní, los de los grupos palestinos: Hay palabras a las que no se las lleva el viento. Son palabras que adquieren peso repetición tras repetición. No una ni dos. Miles y miles de veces. Hasta que adquieren cuerpo y dominio. Pero hay que reiterarlas, machacarlas en las mentes de los ciudadanos; hasta que creen otra “realidad”. La que permite la perpetuación del conflicto y, sobre todo, su perpetuación en el poder, en la impunidad del terror que acompaña al adoctrinamiento.

Precisamente, en un texto de 2017 de CAMERA Español se citaba a Jean-François Gaudreault-DesBiens, Profesor Asistente en la Facultad de Derecho e Instituto de Derecho Comparativo de la Universidad Mc Gill, quien en su trabajo From Sisyphus’s Dilemma to Sisyphu’s Duty? A Meditation on the Regulation of Hate Propaganda in Relation to Hate Crimes and Genocide, señalaba que lo que a menudo conduce a los crímenes de odio y al genocidio es, precisamente, el uso de discursos de odio y su naturaleza sistemática.

“En tales casos, el discurso del odio, o la propaganda del odio, como prefiero llamarla, está arraigada en un sistema en el que la degradación social del Otro juega un papel central en el discurso político. De hecho, la propaganda del odio contribuye en sí misma a crear un imaginario del Otro. Deshumanizado y despersonalizado, representado como una amenaza y como un enemigo potencial, el Otro, en efecto, es probable que se convierta en el enemigo para aquellos influenciados por dicha propaganda”, concluía.

Es más, en Incitement in International Criminal Law, Wibke Kristin Timmerman, de la Oficina legal del Departamento Especial para Crímenes de Guerra, Oficina de la Fiscalía en Bosnia-Herzegovina, apuntaba que en la jurisprudencia del Tribunal Penal Internacional para Rwanda destacó en el caso Nahimana et al., la constante influencia de la incitación en la audiencia, lo que, a su juicio persistió hasta que se cometió el crimen sustantivo”.

Entonces, cuando alguien como el general de la Guardia Revolucionaria (IRGC) Abolfazl Shekarchi, portavoz de las fuerzas armadas iraníes, declaraba en un vídeo publicado en la Agencia de Noticias Basij (Irán) el 28 de noviembre de 2021 que el «mayor objetivo» de Irán es eliminar del mapa al «régimen que ocupa Jerusalén», más vale creerle.

Cuando su Líder Supremo expresa ante el mundo en su cuenta oficial de X el 17 de mayo de este año que Israel es un “tumor canceroso peligroso y mortal que debe ser eliminado”, más vale creerle.

No fue un exabrupto. Ni un caso aislado.

El entonces presidente iraní Hassan Rohaní había dicho el 24 de noviembre de 2018 básicamente lo mismo:

“Uno de los resultados ominosos de la Segunda Guerra Mundial fue la formación de un tumor canceroso en la región [Israel]”.

Israel es para el régimen teocrático un “crecimiento maligno foráneo” que debe ser extirpado. Erradicado. Ya advertía Victor Klemperer que “el nazismo impregnó la carne y la sangre del pueblo a través de palabras sencillas, expresiones idiomáticas y estructuras de frases que se les impusieron en un millón de repeticiones y que fueron asumidas mecánica e inconscientemente”.

Y esto, precisamente, es lo que los medios se dedican, con el ahínco de quien colabora, a ocultar: el caldo del conflicto se niega para elaborar otras causas, otro malvado, conveniente a martingalas geopolíticas, a distracciones locales, a envilecimientos resobados.

Mas el régimen de Teherán no se quedó sólo en las palabras. Ya atentó en los años 1990 contra la Embajada israelí en Buenos Aires, y contra la mutual judía en esa misma ciudad, a través de su proxy Hizbulá.

Volvió a utilizar intermediarios para lanzar un ataque el 7 de octubre de 2023 contra Israel. El encargado, en primera instancia, el grupo terrorista Hamás – financiado en parte por la República Islámica, y armado y asesorado por esta. Enseguida entraron sus proxies Hizbulá y los hutíes de Yemen. Ya en 2024, el régimen de los ayatolás lanzó sin máscaras un ataque indiscriminadocon misiles balísticos contra Israel.

No son sólo palabras. Nunca es así.

De hecho, con la agresión contra Israel se redobló la propaganda contra los judíos. En este sentido, MEMRI informaba que pocos días después del ataque, en el editorial del 18 de octubre de 2023 del portavoz del régimen Kayhan, supervisado directamente por el líder supremo iraní Ali Jamenei, los judíos fueron descritos como «criaturas humanoides depredadoras» como «perros callejeros que deberían ser enjaulados lejos de la sociedad humana». En un discurso pronunciado el mismo día, el entonces presidente de Irán, Ebrahim Raisi, calificó a los judíos de «humanoides… que parecen humanos pero cuyos corazones… son peores que los de los animales», una afirmación que justificó en fuentes islámicas.

No es que se oculten mucho para decir una y otra vez el odio genocida. Pero, por alguna razón, tantos medios en español son incapaces de acceder a la realidad.

Por ejemplo, la agencia de noticias Europa Press, tuvo la oportunidad de mencionar algo de esto el 16 de junio daba cuenta de la “preocupación” de las Naciones Unidas “tras el ataque del Ejército de Israel contra la sede de la televisión pública iraní, IRIB, en la capital, Teherán, alegando que sus instalaciones se utilizaban con fines militares”. Justamente uno de los centros de ese mensaje de odio. Pero no lo hizo.

La BBC Mundo no era menos, y jugaba al consabido ida y vuelta de versiones diet, que permite rellenar páginas sin siquiera haber tenido que realizar una verificación y documentación mínima. En la misma línea andaba LaSexta: “periodismo” de declaraciones.

Cuando se deja de estar pendiente de informar cabalmente de los sucesos, de ir más allá de la mera declaración, para, en su lugar, estar más preocupado en aquello que hay que evitar mencionar, entonces ya no es periodismo. Ni remotamente. En el mejor de los casos, en una estulta complicidad.

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