Editorial: En el mismo lodo, Hamás, UNRWA, “periodistas”, ONG y necios

Decía Zygmunt Bauman que vivimos tiempos líquidos. Lo que parecía un diagnóstico pesimista, de una época incierta donde nada acaba por cuajar, terminó siendo, si no un análisis esperanzador, sí al menos uno benévolo. Más que líquido, los tiempos son cenagosos: sólo las toxicidades habituadas a este hábitat coagulan en una falaz opción, en un marco de referencia pretendidamente cabal.

De forma que en estos tiempos que mienten solidaridad, derechos, consigna emotiva, y cuanta hipóstasis conveniente sirva para manifestar el antisemitismo como una virtud de la moral, la limpieza étnica de yazidíes y drusos no cuadra en esa barata reproducción de humanitarismo.

Toca, pues, redoblar – con la ONU a la cabeza, seguida por la miríada habitual de ONG, propagandistas con credencial de periodistas y toda la baratería de morales – la patraña del “hambre” en Gaza que sirve al barato disfraz. Es decir, la acusación de “crimen contra la humanidad” contra Israel, que sigue el patrón de idénticas incriminaciones pasadas (véase, por ejemplo, aquí, o aquí, aquí y aquí). Cuaja en el mundo virtual lo que en el real no acontece. La ligazón de ese engrudo es la obediencia, la obsecuencia, la estupidez y el mercenarismo “intelectual”; en tanto que la coreografía de eslóganes sustituye, de tal guisa, a la razón y a los hechos.

Y claro, si la atención no se derrama cerca del foco de obsesión que es Israel, cómo va congregar las fuerzas para desplazarse ni más ni menos que hasta África. No digamos, tampoco, hacia China. Quizás no sea pereza, sino que las reglas torcidas que se ha inventado el antisemitismo para gritar “lobo” cada vez que tiene a tiro el término “Israel” y “sionista” – esto es, judío – son de inviable aplicación en otros conflictos, otras realidades; si así se hiciese, más pronto que tarde terminarían por volverse en contra de sus creadores: el relativismo y obvia chapuza del engendro los ahorcaría.

Y en eso anda, en definitiva, buena parte de la sociedad occidental. Si el populismo siempre hizo del empobrecimiento su proteína para su perpetuación, el islamismo hace de la pobreza intelectual occidental, la suya. Las universidades de élite convertidas en ferias de la bobería con su pancarta, consigna, kufiya y su banderita palestina: la claudicación de todo aquello que se dice defender. Y el islamismo convertido en una suerte de moda, de alucinación colectiva por la brutalidad, la sumisión a la más rudimentaria forma de coexistir.

El todo, resulta en una anteojera – que más se parece a una mortaja prematura – que oculta mejor que nunca el sufrimiento de los inocentes en otras partes del mundo (los que no sirven a la “causa”, a la entelequia). Inocentes que no le festejaron las siniestras ‘gracias’ a Hamás o a Hizbulá. Ni que mantuvieron rehenes en sus hogares. Ni que, sabiendo de la red de túneles, no sólo no dijeron nada, sino que ni osaron en asaltarlos buscando refugio. Porque, para que Hamás y Yihad Islámica Palestina y tantos otros cultos asesinos ocurrieran con tanta alevosía, con tanto acaparamiento de recursos, con tanta impunidad, hacía falta, sí, temor, obediencia, pero sobre todo, mucho apoyo.

En fin, que este colectivo y demente happening antisemita permite obviar más y mejor cualquier injusticia, para centrarse en la fabricación de una “causa” que, de tan vieja, de tan conocida, nadie puede confundir con el altruismo.

Mencionaba Bauman ya en 2007 que “alrededor de 900 mil refugiados huidos de las masacres inter tribales de los campos de batalla de las guerras civiles libradas durante décadas en Etiopía y Eritrea, se hallan desperdigados por las regiones septentrionales de Sudán (incluyendo el tristemente conocido Darfur), siendo este mismo país empobrecido y devastado por la guerra. Están mezclados con otros refugiados que recuerdan con horror los campos de la muerte de Sudán meridional. En virtud de una decisión de la agencia de la ONU, respaldado por las organizaciones benéficas no gubernamentales, ya no son refugiados y, por tanto, no tienen derecho a ayuda humanitaria. […] La nueva tarea de sus guardianes humanitarios consiste, por tanto, en hacer que se marchen… En el campamento de Kassala, primero se cortó el suministro de agua y luego se inició la expeditiva mudanza de los internos fuera del perímetro del campamento, el cual, al igual que sus hogares en Etiopía, se arrasó por completo para evitar cualquier intento de retorno”.

Eso sucedía mientras la UNRWA acaparaba fondos, incrementaba el número de “refugiados” – los inventaba, vamos, mediante una definición ad hoc y falsificación de cifras -, y creaba o alimentaba la desquiciada ilusión de “regresar” a lo que hoy es Israel.

Cada vez más, el turbio accionar de muchas ONG y de la propia ONU empuja a pensar que el humanitarismo tiene mucho de negocio, sobre todo, emotivo y político-ideológico.

Bauman, que no se refería a la UNRWA – sobre todo porque se hubiese quedado corto – también se preguntaba si acaso la figura del cooperante humanitario, contratado o voluntario, ¿no es un importante eslabón en la cadena de la exclusión? “[Michel] Agier se pregunta si el trabajador humanitario no es un «agente de exclusión de coste mínimo» y, lo que todavía es más importante, un dispositivo destinado a descargar y disipar la ansiedad del resto del mundo, a absolver la culpa y a calmar los escrúpulos de los espectadores, así como a mitigar la sensación de urgencia y el miedo a la contingencia”. Acaso, como en ningún otro conflicto, en ninguna otra situación, ONG y agencias de la ONU y otros gobiernos no sólo realicen este papel respecto de los palestinos, sino, sobre todo, como una suerte de concesión, de cesión, de capitulación ante el islamismo: entregamos Israel a cambio de que no actuéis en nuestro suelo.

En cualquier caso, la hipotética cobarde estrategia no habría funcionado. Igualmente, parecen incidir en ella: los fondos dedicados a la dudosa labor de ONG y agencia internacionales, así lo indican; como también las declaraciones, de tres cuatros perfil derecho, que se realizan de cara al público. Ni hablar de tantos medios, bochornosamente entregados a una mezcla de prácticas rentadas para alumnos mediocres, bloguerismo de pésima calidad y difusión de comunicados de Hamás, la República Islámica, Catar y su órbita de correveidiles, entre otros contaminadores de la información.

Sí, tiempos estercoleros, estos. Tiempos en los que el “bajo costo” (low cost) ha devenido bajo raciocinio y alto prejuicio; en que la alta política ha caído en las bajezas clásicas – revestidas con la mediocridad desesperada de la época – del populismo y sus traiciones consustanciales.

No conviene asirse a lo que parece sólido; a la imitación de virtud que se ofrece al precio de saldo del acatamiento o el silencio. Conviene, quizás, sostenerse de los saberes contrastados, de los hechos, y de los valores derivados de la razón.

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