La narrativa tiene numerosas y extraordinarias ventajas sobre la realidad. Esto es, sobre los hechos y su ordenamiento cronológico, sus vínculos contextuales, y sus contradicciones. Precisamente, al no ajustarse a un valor de verdad más allá de la mera enunciación, es fácil de practicar: ni siquiera hacen falta contundentes declaraciones; tan sólo basta con reducirlo todo a pegadizos y brevísimos eslóganes o estereotipos del tema que se pretenda estar abordando; ni el léxico, por ende, precisa de las complicaciones propias de las explicaciones concienzudas. Todo ello, junto con la ausencia del filtro de la razón crítica, lo hace fácilmente divulgable, es decir, convertible en una tendencia a la cual se hace imperioso adherir para ser parte de la comunidad.
Si esa narrativa, además, se ha utilizado recurrentemente a lo largo de la historia, y sus tropos se han instalado cada vez como ciertos readaptados (o ni siquiera) a las necesidades y sensibilidades de los tiempos, su propagación e imposición como hecho incontestable está garantizado. El antisemitismo da sobrada y oscura cuenta de ello.
De hecho, uno de sus libelos, el de sangre, ha sido actualizado para culpar al estado judío de los crímenes más peregrinos. Entre ellos, el de guerra – el de “genocidio”, específicamente – ha demostrado ser de suma utilidad. Aunque se le vean las hilachas vulgares de lo fraudulento llevado adelante en una coreografía infame. Aunque tal acusación no sea ni siquiera original. Aunque sea tan evidentemente propagandístico.
Trillado libelo
Año 1983. “No cabe duda de que se ha iniciado una nueva fase en la campaña de genocidio de Israel contra el pueblo palestino…”
Año 2001. Infame Conferencia de Durban. “Declaró a Israel culpable de «crímenes racistas, incluidos crímenes de guerra, actos de genocidio y limpieza étnica»”.
Año 2010. “Durante visita del presidente sirio Bashar al Assad a Caracas, Chávez declaró que Siria y Venezuela tienen como “enemigos comunes al imperio yanqui y al Estado genocida de Israel”.
“Chávez también ha acusado públicamente que Israel ha cometido un genocidio contra los palestinos y que su régimen fascista “se parece mucho a los nazis”…”.
Año 2014. “Mahmoud Abas denuncia “genocidio” de Israel en Gaza”
Año 2014. “Aquí estamos frente a la liquidación deliberada de miembros de un grupo por su nacionalidad, etnia o religión. Y eso, según el mismo Estatuto de Roma, se llama genocidio”.
Año 2016. Un profesor de Filosofía de la Universidad de Zaragoza escribía que “… quienes callan ante estas atrocidades, quienes, incluso, son cómplices de las mismas, al identificarse políticamente con un estado genocida, acusen a una revista satírica de posiciones cercanas al nazismo”. La acusación en ese caso para sanear el antisemitismo.
Desde 1948 en adelante, esta adaptación del libelo de sangre se ha utilizado contra Israel una y otra vez. Pero ha sido a partir de octubre de 2023 cuando esta acusación se desparramó, legitimada, como un soplo de esporas que colonizaba casi cada aspecto de la vida política y civil occidental. Servía, como siempre ha servido el antisemitismo, a los más diversos propósitos y a los más disímiles actores. A políticos corruptos, a periodistas activistas, a artistas con pretensiones de ejercer el magisterio moral, a islamistas, a dictaduras variopintas; y a un holgado etcétera de aprovechados.
Versión contemporánea
El siniestro y brutal ataque indiscriminado del culto genocida Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023 pareció paralizar a los miembros de la docilidad sincronizada para con el islamismo.
Pero en cuento vieron la posibilidad, se aferraron a una mentira – la atribución de un misil palestino caído en el estacionamiento del hospital Al Ahli en Gaza – para revertir el curso de los hechos y de su percepción. Y, claro, los números de Hamás, ni más ni menos. Allí estaba la infaltable y descarada de la UNRWA – y tantas ONG que hacen de coro multiplicador -, entregada las necesidades del infame grupo en términos de propaganda. También numerosísimos “periodistas” y medios de comunicación dijeron presente para voluntariosamente amplificar el libelo que antes no había alcanzado a prender masivamente – o al menos, tan descaradamente.
Las “pruebas” de las que se agarran como náufragos de una moral ya rota y por debajo de la línea de la flotación, son lamentables: de no responder al relato dogmático, que sólo admite fieles y que impone el temor de la exclusión o del oprobio social, no sería posible publicarlos como documentos o valoraciones pretendidamente serias.
Esa fraudulenta seriedad la venía a ofrecer, cómo no, siempre solícita, la Organización de Naciones Unidas. Un foro en el que el antisemitismo ha obtenido la pátina de diplomacia, honorabilidad, evidencia y derecho internacional. Como, por ejemplo, en noviembre de 1975, cuando su Asamblea General pasó una resolución que igualaba al movimiento de autodeterminación judío (sionismo) con el racismo, y que ponía “en marcha medio siglo de demonización dirigida contra el Estado de Israel, que no ha hecho más que intensificarse con el paso del tiempo”. Entonces, la organización internacional se ponía al servicio de la Unión Soviética y sus aliados. Hoy los amos son otros.
El papel (recurrente) de la ONU
Demasiados medios se hicieron eco – o, más bien, se convirtieron en obedientes difusores – del último “informe” de la ONU acusando a Israel de ser un estado criminal. No fueron más allá de los dichos. Es decir, no hicieron su trabajo – indagar, verificar, contrastar…
Un informe de UN Watch indicaba que la denominada “Comisión Pillay, encargada de ser un organismo independiente de investigación, elaboró un informe que no es más que propaganda a favor de Hamás disfrazada de lenguaje jurídico. El informe socava gravemente la investigación internacional, el derecho internacional y el sistema de las Naciones Unidas en su conjunto”.
Entre otras cosas, el extenso y detallado reporte explicaba que:
“La intención genocida solo se establece cuando no hay otra inferencia razonable. Las pruebas de víctimas civiles generalizadas, destrucción extensa o retórica incendiaria no son suficientes; lo que se requiere es la prueba de que las muertes y el sufrimiento fueron el resultado de una política deliberada para exterminar a un pueblo. Establecer tal intención es uno de los elementos más difíciles del derecho internacional, y la acusación de genocidio contra Israel fracasa en este umbral incluso antes de considerar las distorsiones del informe sobre su conducta en Gaza”.
La comisión debe su nombre a Navi Pillay, una vieja conocida en esto de macularle la imagen a Israel. “Famosa por el papel que desempeñó en la defensa del festival de odio antisemita que fue la Conferencia ‘Antirracista’ de Durban. […] Las credenciales antiisraelíes de Pillay son incuestionables. Como se señala en una carta de UN Watch a la ONU en la que se pide a Pillay que dimita de la COI, Pillay declaró a Israel culpable incluso antes de cualquier investigación. Ha firmado peticiones para “sancionar al Israel del apartheid”, así como apoyado el movimiento antisemita BDS.
Otro de los “comisionados”, Chris Sidoti, tiene un historial de “trabajar estrechamente con organizaciones de derechos humanos árabes y palestinas” y es un “amigo y aliado cercano” de la notoriamente antiisraelí Comisión Independiente Palestina para los Derechos Humanos (PICHR, por sus siglas en inglés), la “institución nacional de derechos humanos” de la Autoridad Palestina. Para dar una idea del tipo de organización que es la PICHR, esta ha descrito los ataques con piedras como “derechos naturales” de los palestinos.
Y el tercero, Miloon Kothari, “en 2002, como relator especial de la ONU sobre vivienda adecuada, Kothari mintió para entrar en Israel, alegando que estaba simplemente de visita a título personal, cuando en realidad estaba allí para preparar un informe antiisraelí en su calidad de relator especial de la ONU”. Incluso mintió a los funcionarios de la ONU, insistiendo en que “no sería un estatus de visita oficial”. “Este incidente puso de manifiesto no sólo una clara falta de imparcialidad y objetividad, sino también una clara falta de integridad personal”. Kothari dejó claro que consideraba a todos los israelíes como “colonos”.
Volviendo al informe de UN Watch sobre el texto de la Comisión de Investigación del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (plagado de dictaduras, teocracias y violadores seriales de los derechos humanos), se señalaba que este último:
“Es fatalmente deficiente: su razonamiento es profundamente erróneo, su base probatoria poco fiable y su metodología poco sólida. Interpreta selectivamente y de forma errónea las declaraciones de los líderes israelíes, acepta cifras no verificadas de víctimas de Hamás, ignora el uso sistemático de escudos humanos por parte de Hamás, se basa en informes mediáticos no verificados (como los de Al-Jazeera) y da por sentado que las muertes de civiles en Gaza son únicamente el resultado de ataques deliberados por parte de Israel. Sus omisiones son igualmente llamativas. El informe borra a Hamás como beligerante activo; a lo largo de sus 72 páginas, nunca reconoce que las FDI se enfrentan a una fuerza de combate de 30 000 efectivos que construyó un campo de batalla fortificado con 500 kilómetros de túneles. Tales deficiencias despojan al documento de credibilidad jurídica y lo hacen indistinguible de la propaganda revestida de lenguaje jurídico”.
La amplia mayoría de los medios ignoraron análisis profundos como este. Pero, eso sí, en su lugar, se aferraron de declaraciones realizadas por instituciones cuya única seriedad o credibilidad reside en el título que se dan a sí mismas. Ni el criterio para aceptar miembros ni el de sus dichos merecen la más mínima atención.
De tal guisa, medios, gobiernos, entes y expertos en todo y en nada, compraron y agrandaron el respaldo a otra acusación, en forma de “resolución académica”, contra Israel, por parte de la grandilocuentemente autoproclamada “Asociación Internacional de Investigadores sobre el Genocidio” (IAGS por sus siglas en inglés).
La cuestión es que tal organismo no es, de hecho, una asociación de investigadores sobre el genocidio. El analista de CAMERA David Lipman lo aclaraba:
“Resulta que el único requisito para ser miembro de la IAGS es tener una tarjeta de crédito válida para pagar la cuota de afiliación. El directorio de miembros, ahora oculto en el sitio web de la asociación, revelaba numerosos miembros no académicos, miembros sin especialidad concreta en «estudios sobre genocidio» y otros detalles cuestionables (por ejemplo, 80 de los 500 miembros tenían su sede en Irak). Para demostrarlo, varios investigadores pudieron afiliarse a la IAGS utilizando identidades falsas, entre ellas «Mo Cookie» (con una imagen de perfil del monstruo de las galletas de Barrio Sésamo), «Sheev Palpatine» (con una imagen de perfil del emperador Palpatine de La guerra de las galaxias) y «Adolf Hitler palestino». Si estas cuentas se hubieran creado solo una semana antes, Mo Cookie y el palestino Adolf Hitler habrían figurado entre los «principales estudiosos del genocidio» citados por la CNN y por tantos otros medios”.
La narrativa… No, digámoslo de una vez, la propaganda – al servicio de intereses de políticos occidentales, de totalitarios de todo signo, de islamistas con ambiciones globales, de nostálgicos del brazo extendido y una larga ristra de imbéciles – lo admite todo. Hasta que las redacciones de los grandes medios las manejen activistas sin escrúpulos ni talento. Basta un vistazo a la tan reputada BBC, donde, según un informe interno filtrado a la prensa, “BBC News dio amplia cobertura a las noticias que presentaban [sistemáticamente] a Israel como el agresor, mientras que ocultaba las noticias que contradecían esa narrativa. Incluso la propia noticia exclusiva de la BBC de que los medios de comunicación habían malinterpretado ampliamente la sentencia del Tribunal Penal Internacional sobre el «genocidio» en Gaza fue ocultada”.
Un paseo por buena parte de los medios en español arrojará el mismo resultado. Después de todo, todos deciden beber de las mismas “fuentes”, publicar casi como si escribiera una persona para todos ellos.
Y es que, muchos de los que creen estar instrumentalizando el antisemitismo – para obtener visitas en sus webs, votos, distracciones -, son en realidad títeres de otros intereses.