Pocas horas después de haber soliviantado las redes sociales con un artículo que afirmaba que el juez que juzga a Maduro en Nueva York se esfuerza por ser imparcial “a pesar de ser un reconocido miembro de la comunidad judía”, haber retirado dicha frase discretamente y sin ofrecer disculpas, y de intentar salvar los muebles asegurando a Haaretz que “el antisemitismo es un problema real” y que el diario es sensible a esa cuestión, El País volvió a incurrir en un encuadre profundamente problemático, esta vez desde su edición de Cataluña.
En la ciudad de Barcelona, una plataforma trazó un mapa online señalando negocios judíos, empresas israelíes con intereses en España y compañías españolas o internacionales que operan en Israel. Incluso aparecían escuelas y restaurantes judíos, invitando a los usuarios a colaborar en lo que constituye un evidente acto de señalamiento antisemita. Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia lo calificó de “antisemitismo criminal organizado”.
El País publicó un artículo al respecto:
“La comunidad judía en Barcelona logra desactivar una web propalestina que señalaba sus negocios”.
Ya desde el titular, una web antisemita que señalaba a judíos, sus negocios y su escuela como posibles objetivos de ataques, se presentaba como una aséptica ‘web propalestina’
Pero lo realmente sorprendente es que un artículo sobre el señalamiento de judíos no se publicó bajo los rótulos “Antisemitismo” o “Discriminación”, sino que inicialmente apareció bajo “Genocidio”.

Tras varias protestas y sensible al escándalo desatado pocas horas antes por su desafortunado comentario acerca del juez imparcial a pesar de ser judío, y probablemente consciente de que no hay nada que certifique un supuesto “genocidio” en Gaza, el diario decidió cambiar el rótulo a “Matanza en Gaza”.

Es decir, ante actos antisemitas, el diario lo presentaba de manera a que, de algún modo, pudieran parecer justificados. La categorización no solo carece de relación directa con el contenido de la noticia —que informa sobre una comunidad local—, sino que además convierte al colectivo perseguido en protagonista de un marco ajeno, diluyendo su condición de víctima, y conviertiéndolo en verdugo de si mismo.
Este nuevo episodio resulta especialmente llamativo por producirse inmediatamente después de que responsables del diario aseguraran a Haaretz que el antisemitismo es una preocupación real para El País. Sin embargo, la reiteración de este tipo de encuadres dificulta sostener que se trate de errores aislados o descuidos.
Cuando una y otra vez se introduce a “los judíos” en marcos de sospecha, violencia o culpabilidad colectiva, no estamos ante fallos técnicos, sino ante un patrón editorial que merece reflexión seria. Porque el problema no es solo lo que se corrige, sino lo que sigue publicándose.
Parafraseando al propio diario, casi podríamos decir que El País se esfuerza por parecer profesional pese a ser antisemita.